4ª de Manizales: Tres Conceptos, un Encierro Desigual

4ª de Manizales: Tres Conceptos, un Encierro Desigual

09.01.2026  07:22 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

Una tarde marcada por la disparidad del encierro y por la personalidad irrepetible de la terna, donde cada espada impuso su concepto, su gusto y su manera de entender la torería, dejando claro que el arte de torear no es uniforme, sino profundamente humano.

Manizales - Colombia. La tauromaquia, cuando alcanza su verdadera dimensión, trasciende el simple enfrentamiento físico entre el hombre y el toro para convertirse en un acto de expresión artística cargado de simbolismo, riesgo y verdad. Torear no es ejecutar pases mecánicos ni reproducir figuras aprendidas frente al espejo; torear es expresar, es decir, es revelar la personalidad del torero a través de la lidia. En esa expresión confluyen la estética, la naturalidad, el ritmo y la armonía, elementos que, bien ensamblados, generan una emoción que se transmite al tendido de manera directa, casi visceral. Cada torero se define no solo por lo que hace, sino por cómo lo hace, y ese “cómo” es el que distingue al artista del mero ejecutor.

El gusto de torear, por su parte, nace de una motivación interna que va más allá de lo comercial o de la urgencia del triunfo inmediato. Es el disfrute íntimo del oficio, la capacidad de abandonarse al momento, de sentir y hacer sentir. Cuando el gusto se impone, el torero conecta con el toro y con el público desde la sensibilidad, afrontando el drama con inteligencia y valentía. Esa suma de expresión y gusto es lo que en el argot taurino se conoce como torería: una cualidad intangible, pero inconfundible, que se percibe en el gesto, en la colocación, en el silencio previo al muletazo y en la verdad con la que se afronta cada embestida.

Con ese telón de fondo se desarrolló la cuarta de Feria en la Monumental de Manizales, una tarde que comenzó con solemnidad y memoria. Al finalizar el paseíllo, el público se puso en pie para guardar un respetuoso minuto de silencio en honor a Rafael de Paula y Álvaro Domecq Romero, dos nombres inmortales de la tauromaquia que partieron a la eternidad el año anterior. Fue un instante de recogimiento que recordó que el toreo es también tradición, legado y continuidad histórica.

El encierro de Ernesto Gutiérrez mostró, sin embargo, las grandes diferencias que marcarían el desarrollo del festejo. El primero fue un toro abanto, noble pero limitado de casta, bravura y clase, un ejemplar que permitió, pero no terminó de romper. El cuarto, noble en apariencia, manseó durante toda la lidia, huidizo, reservón, desclasado, con arreones que deslucieron cualquier intento de construcción artística, lo que provocó pitos en el arrastre.

Mejor juego dieron los novillos del mismo hierro, aunque también con notables contrastes. El segundo, de lidia ordinaria y sin defectos físicos evidentes, fue devuelto a corrales por decisión del Palco Alto, generando sorpresa en los tendidos. El segundo bis sacó bravura y casta, fue noble, pero con teclas (complicaciones), y se ganó el aplauso en el arrastre. El tercero destacó por su bravura encastada, nobleza, fijeza y clase, con justa fuerza, siendo premiado con la vuelta al ruedo. El quinto, un auténtico novillo de vacas, fue bravo, pronto, encastado y enclasado, mereciendo también la vuelta al ruedo. El sexto, en cambio, manseó, resultó huidizo y de arreones, aportando poco al lucimiento.

Ante este material variado, la terna dejó patente que el toreo no se mide en una sola vara, sino en conceptos. Marco Pérez, de malva y oro, abrió plaza con un saludo a la verónica a pie juntos y un quite por chicuelinas que ya anunciaban su intención estética. En la muleta se acopló pronto a la condición del astado, hilvanando una faena de gran despaciosidad, temple y mando, cargada de torería y gusto. Fue un trasteo de inteligencia y sensibilidad, aunque la tizona no acompañó, quedando todo en palmas tras aviso. En el cuarto toro, de lidia ordinaria, dejó ver voluntad y honradez, arrancando muletazos de calidad dentro de las limitaciones del burel. Estocada y palmas.

Felipe Miguel Negret, vestido de burdeos y oro, planteó un concepto más técnico y algo resolutivo. Lanceó a la verónica con corrección y en la muleta firmó una faena de muletazos limpios, solventando cada circunstancia que planteó el novillo, aunque sin terminar de redondear las tandas ni de romper emocionalmente con el tendido. El fallo con el acero le costó caro y escuchó bronca tras aviso. Con el quinto, llevó al novillo a los medios con el capote y en la muleta construyó tandas templadas y variadas por ambas manos, mostrando competencia, aunque la estocada trasera y el verduguillo dejaron el resultado en división de opiniones.

Olga Casado, de grana y oro, aportó un concepto cargado de sensibilidad y gusto. Con su primero se lució con dos faroles y buenas verónicas en capa, y en la muleta hilvanó una faena templada, variada, ordenada y de notable gusto, que conectó con el público hasta escuchar el reconocimiento reservado en Manizales a las faenas memorables (Pasodoble Feria de Manizales). Dos pinchazos precedieron a una estocada efectiva, y paseó una oreja tras aviso. En el cierre de plaza, volvió a mostrarse generosa con el capote y, aunque en la muleta no logró tandas redondas, dejó constancia de su voluntad, honradez y porfía, arrancando muletazos de mérito. El acero no ayudó y, tras tres avisos, saludó desde el tercio. El llanto brotó espontáneo, pero el público supo reconocer su sensatez y su verdad.

Así, la tarde dejó una lección clara: el comportamiento del encierro condiciona, pero no determina por completo el resultado cuando enfrente hay toreros con concepto. Cada uno, desde su gusto y su torería, interpretó la lidia a su manera, demostrando que el toreo, como todo arte auténtico, no admite copias ni fórmulas únicas. En la diversidad estuvo la riqueza, y en la expresión personal, la emoción que justifica la fiesta.

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