
25.10.2026 07:19 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
La tercera tarde de la Feria del Señor de los Milagros de Acho, celebrada el sábado 24 de octubre, concluyó sin trofeos, pese a los pasajes de calidad que ofrecieron los matadores. El encierro de Carmen Lorenzo y El Capea, bien presentado, pero desigual y falto de transmisión en términos generales, condicionó el resultado. Tomás Rufo destacó con el toreo al natural, mientras que David de Miranda protagonizó el episodio más dramático de la jornada al sufrir una aparatosa voltereta ante el quinto.
Arbeláez – Colombia. La bicentenaria plaza de Acho volvió a ser escenario de una tarde en la que el toreo tuvo que abrirse paso entre las limitaciones del ganado. La expectación despertada por el cartel y la presencia de tres matadores con conceptos diferentes alimentaron el interés de los tendidos, pero el desarrollo del festejo confirmó que la voluntad de los toreros no siempre basta para transformar una corrida en una sucesión de faenas redondas. El toro, con su condición y su comportamiento, sigue siendo el protagonista indispensable de la fiesta.
El balance dejó una lectura que va más allá de la ausencia de orejas. Hubo momentos de temple, disposición y buen manejo de los engaños, aunque faltaron la continuidad y la transmisión necesarias para que las faenas alcanzaran mayor intensidad. En una plaza con tanta historia y exigencia como Acho, la calidad del toreo necesita encontrar correspondencia en la embestida del toro y en la eficacia con la espada. Esa combinación no terminó de producirse en una jornada que dejó detalles de interés, pero ningún triunfo rotundo.
UN ENCIERRO DE BUENA PRESENCIA, PERO FALTO DE TRANSMISIÓN
Los seis toros de Carmen Lorenzo y El Capea, lidiados en la tercera tarde de la feria, presentaron una estampa acorde con la categoría del coso limeño. El encierro tuvo seriedad y buena presencia, aunque ofreció un comportamiento desigual. Los ejemplares de Carmen Lorenzo, lidiados en primero y cuarto lugar, y los cuatro de El Capea, que ocuparon los turnos restantes, plantearon distintas exigencias a la terna. En líneas generales, fueron manejables, pero les faltó transmisión para sostener faenas de mayor calado.
El primer toro, justo de fuerzas, permitió a Fernando Adrián lucirse principalmente con el capote, antes de mostrar sus limitaciones en el último tercio. El cuarto tuvo nobleza y se desplazó, pero perdió las manos cuando el matador intentó exigirle mayor profundidad. Entre ambos ejemplares quedó patente una de las dificultades de la tarde: la necesidad de dosificar el esfuerzo y adaptar la intensidad del trasteo a la condición física de los animales.
Los cuatro toros de El Capea también ofrecieron comportamientos distintos. El segundo, soso y sin fijeza, apenas transmitió emoción, aunque permitió a David de Miranda alargar algunas embestidas mediante el temple. El tercero, noble y de buena clase, destacó por el recorrido y la calidad de sus acometidas, condiciones que Tomás Rufo aprovechó para ejecutar los pasajes más destacados de la jornada. El quinto, manso y reservón, planteó mayores dificultades, mientras que el sexto careció de codicia y transmisión suficientes para propiciar una faena de relieve.
La diferencia entre nobleza y transmisión resultó determinante en el balance ganadero. Un toro puede acudir con suavidad a la muleta y permitir la ejecución de buenos muletazos, pero, si no mantiene la codicia ni transmite emoción, la faena pierde intensidad. Eso ocurrió en varios momentos de la corrida, en la que los matadores tuvieron que emplearse para extraer lo mejor de sus oponentes sin encontrar la continuidad necesaria para redondear sus actuaciones.
El tercer ejemplar fue el que ofreció mayores posibilidades para el toreo fundamental. Su nobleza y su recorrido permitieron a Rufo alargar los muletazos, especialmente por el pitón izquierdo. La ovación que recibió en el arrastre reconoció sus condiciones, aunque también quedó de manifiesto que le faltó un punto de casta para sostener la emoción durante toda la faena. El encierro, en definitiva, tuvo presentación y algunos matices aprovechables, pero no alcanzó un nivel general de transmisión que favoreciera el triunfo de la terna.
FERNANDO ADRIÁN: DISPOSICIÓN ANTE DOS TOROS SIN FONDO
Fernando Adrián abrió la tarde con un ejemplar que tomó el capote con cierta energía, aunque pronto evidenció sus limitaciones físicas. El madrileño lo condujo hacia los medios y trató de encontrar la distancia adecuada para iniciar el trasteo. Sin embargo, la escasa fuerza del animal condicionó el desarrollo de la faena desde las primeras series, que no consiguieron adquirir continuidad ni alcanzar la intensidad necesaria para conectar con los tendidos.
Adrián procuró administrar las embestidas y evitar que el toro se viniera abajo, pero sus intentos no encontraron suficiente respuesta. La estocada trasera y un descabello pusieron fin a su actuación, que fue silenciada.
Con el cuarto, el torero mostró mayor rotundidad en los primeros compases de la faena. Comenzó por alto, asentado y con firmeza, antes de buscar el acoplamiento por el pitón derecho. Cuando intentó bajar la mano y exigir mayor profundidad, el toro perdió las manos, lo que obligó a reducir la exigencia y modificó el planteamiento inicial.
La falta de fondo del animal terminó por diluir las posibilidades de una labor que había comenzado con buenos argumentos. Adrián volvió a encontrarse con dificultades para redondear el trasteo y tampoco acertó a resolver la suerte suprema con la eficacia necesaria. Escuchó silencio, mientras el toro recibió pitos en el arrastre.
La actuación de Fernando Adrián estuvo condicionada por la escasa capacidad de sus dos oponentes para sostener el esfuerzo. El matador dejó disposición y algunos detalles de firmeza, pero no encontró el material necesario para construir una faena de mayor trascendencia.
DAVID DE MIRANDA: ENTREGA DESPUÉS DE LA VOLTERETA
David de Miranda afrontó su primer turno con un toro soso, sin fijeza y falto de transmisión. El diestro onubense entendió pronto que debía administrar las fuerzas del animal y evitar un sometimiento excesivo. Alargó las embestidas iniciales y consiguió dos series de derechazos limpios, ejecutados con suavidad y sentido de la distancia.
Cuando bajó la mano, el toro respondió con algo más de prontitud y recorrido, aunque sin alcanzar la viveza necesaria para elevar el tono de la faena. De Miranda resolvió con oficio las dificultades del ejemplar, pero la falta de emoción de la embestida terminó imponiéndose. Tras una estocada caída y varios descabellos, recibió palmas según una de las crónicas consultadas.
El momento más dramático llegó con el quinto de la tarde. El toro, manso y suelto, tardó en fijarse y desarrolló una embestida reservona, que exigía atención constante. De Miranda trató de sujetarlo y encontrar una vía para construir la faena, pero el animal descompuso el inicio del trasteo y, durante el segundo intento, lo prendió y lo lanzó al suelo en una aparatosa voltereta, con posteriores pisotones.
El percance estremeció los tendidos. Dolorido, el torero volvió a la cara del astado y continuó su labor hasta concluirla. Su decisión puso de manifiesto una firme voluntad de cumplir con el compromiso, aun cuando el comportamiento del toro dificultaba cualquier intento de lucimiento. La estocada quedó desprendida y la faena concluyó sin trofeos.
El episodio tuvo una dimensión que trascendió el resultado artístico. La entrega de De Miranda se hizo evidente en su decisión de regresar a la cara del toro después de la caída, pero el riesgo asumido no debe confundirse con las posibilidades reales de la faena. El quinto no ofrecía continuidad ni garantías para el toreo ligado y obligó al matador a permanecer atento a cada movimiento.
La voltereta convirtió su segundo turno en el episodio más angustioso de la tarde, aunque no le impidió terminar la lidia. Después pasó a la enfermería para ser atendido. La información publicada describió una herida contuso-cortante de dos centímetros en el cuero cabelludo, por lo que el percance no debe presentarse como si hubiera sido un simple susto sin consecuencias.
TOMÁS RUFO: EL NATURAL COMO ARGUMENTO
Tomás Rufo, que se presentaba en Acho, dejó los pasajes de mayor calidad artística de la corrida. Su primer toro, tercero del festejo, salió algo abanto y fue protestado por sus limitaciones de fuerza. Sin embargo, el animal mostró nobleza y una clase que el matador supo interpretar desde el comienzo de la faena.
Rufo inició el trasteo por alto y tanteó las condiciones del toro sin obligarlo en exceso. Después encontró la distancia adecuada para dejarlo embestir y fue alargando los muletazos, hasta conseguir series de mayor profundidad. Por el pitón derecho logró pasajes limpios, pero fue con la mano izquierda donde alcanzó los momentos más destacados de su actuación.
Los naturales, largos y templados, permitieron apreciar la calidad del recorrido. La muleta condujo la embestida con suavidad, mientras el torero mantuvo la colocación y el ritmo necesarios para dar continuidad al trazo. El toro llegó a humillar y a barrer la arena con el hocico, una condición que favoreció la expresión del toreo fundamental.
La faena, no obstante, no terminó de alcanzar la dimensión que prometían sus mejores pasajes. Al ejemplar le faltó casta para mantener la emoción y sostener la intensidad durante todo el trasteo. Rufo estuvo por encima de esas limitaciones, pero los fallos con la espada y el descabello le impidieron convertir su labor en un resultado de mayor reconocimiento. Su actuación fue silenciada, mientras el toro recibió una ovación en el arrastre.
Con el sexto, el diestro volvió a mostrar disposición, aunque encontró un animal sin codicia ni transmisión. Intentó extraer partido de las embestidas disponibles, especialmente por el pitón izquierdo, pero el toro no ofreció la continuidad necesaria para prolongar los momentos de mayor interés. Una estocada baja puso fin a su labor, que también fue silenciada.
Rufo dejó en los naturales la expresión más acabada del toreo de la tarde. Su actuación permitió comprobar que la lectura de las condiciones del toro, la elección de la distancia y el temple pueden transformar una embestida noble en muletazos de calidad. Sin embargo, también recordó que el acierto con la muleta debe completarse con la suerte suprema si se pretende traducir la labor en trofeos.
UNA TARDE DE DETALLES, SIN RECOMPENSA FINAL
La tercera tarde de la Feria del Señor de los Milagros concluyó sin orejas para Fernando Adrián, David de Miranda y Tomás Rufo. La asistencia rondó los tres cuartos del aforo y el festejo estuvo marcado por la desigualdad del encierro, la entrega de la terna y el percance sufrido por De Miranda. Antes del comienzo, los tres matadores y el ganadero Pedro Gutiérrez Moya, El Niño de la Capea, saludaron desde el ruedo.
El balance artístico dejó matices diferentes. Adrián se encontró con dos toros que no le permitieron desarrollar faenas de continuidad; De Miranda mostró temple con el primero y determinación ante las dificultades del quinto; y Rufo aprovechó la nobleza del tercero para firmar los mejores pasajes al natural. Ninguno consiguió redondear su actuación con la espada ni encontró las condiciones necesarias para alcanzar un triunfo.
La corrida también dejó una consideración importante para el desarrollo de la feria. La presentación del ganado constituye una condición esencial en una plaza de la categoría de Acho, pero no basta por sí sola para garantizar el interés del espectáculo. El toro debe ofrecer fuerza suficiente para sostener la faena, codicia para acudir a los engaños y transmisión para mantener la atención de los tendidos.
Cuando esas cualidades aparecen de manera desigual, el matador necesita ajustar el planteamiento, medir las distancias y administrar los tiempos. La técnica adquiere entonces un valor especial, aunque no siempre puede compensar la falta de fondo del oponente. En esta ocasión, hubo disposición, detalles de calidad y momentos de emoción, pero no la conjunción de factores que conduce al triunfo.
Acho continuará su feria con una cita de especial interés: la presentación de los toros de Victorino Martín, prevista para el domingo 25 de octubre, con Morenito de Aranda, Román y Joaquín Galdós en el cartel. La expectación se centra ahora en las posibilidades de un encierro de encaste y personalidades diferentes, ante una terna que tendrá la oportunidad de buscar el equilibrio entre la exigencia ganadera y la expresión artística.
La jornada del sábado no dejó puertas grandes ni trofeos que celebrar, pero sí una lección taurina reconocible: la disposición del torero, el oficio y el temple son indispensables, aunque necesitan un toro que permita desarrollar la faena y una espada que cierre el trabajo. En el ruedo, la voluntad abre caminos; la conjunción de toro, torero y suerte suprema es la que permite convertirlos en triunfo.








