
20.06.2026 03:35 p.m.
Redacción: Juan Pablo Garzón Vásquez
La segunda corrida de la Feria de Hogueras de Alicante dejó mucho más que un balance de trofeos. La tarde evidenció la vigencia de tres conceptos distintos de entender la tauromaquia: la inspiración artística de Morante de la Puebla, la solvencia técnica de José María Manzanares y el poder avasallador de Roca Rey. Frente a un encierro de Álvaro Núñez de interesantes matices y a un viento persistente que condicionó el desarrollo del festejo, las figuras encontraron caminos distintos para imponer su personalidad y convertir la corrida en uno de los acontecimientos más relevantes del serial alicantino.
Lenguazaque - Colombia. La Feria de Hogueras vivió una de esas tardes que trascienden el simple reparto de trofeos para instalarse en el terreno de las conclusiones taurinas. El lleno absoluto registrado en Alicante no sólo respondió a la presencia de tres máximas figuras del escalafón; fue también el escenario donde quedó patente que la tauromaquia actual continúa sosteniéndose sobre tres pilares fundamentales: la inspiración, la técnica y el poder.
La corrida de Álvaro Núñez, ganadería que atraviesa un momento de especial atención por parte de aficionados y profesionales, ofreció precisamente el material necesario para poner a prueba esas tres dimensiones del toreo. Hubo toros de notable condición, otros de mayores limitaciones y varios ejemplares que exigieron una lectura precisa de sus embestidas. Todo ello agravado por un enemigo invisible pero constante: un viento incómodo que condicionó terrenos, distancias y planteamientos durante gran parte de la tarde.
Dentro de ese contexto, el nombre que terminó imponiéndose con mayor fuerza fue el de Roca Rey, cuya actuación volvió a demostrar por qué ocupa un lugar privilegiado en la cúspide del toreo contemporáneo. Más allá de las tres orejas obtenidas, el peruano ofreció una exhibición de autoridad y capacidad de sometimiento. Su labor frente al tercero tuvo un componente especialmente revelador. El toro, poseedor de una bravura vibrante y una entrega excepcional, encontró delante a un torero dispuesto a asumir el mando absoluto de la lidia. Allí apareció el concepto que define buena parte de la tauromaquia de Roca Rey: la capacidad de imponerse incluso cuando las circunstancias parecen conspirar contra la obra.
El viento robó limpieza a numerosos pasajes de la faena, pero no logró disminuir la sensación de dominio. Cada muletazo por el pitón derecho surgió gobernado desde la firmeza, la colocación y una mano baja que terminó por estructurar una faena de enorme repercusión emocional. Alicante asistió a una de esas actuaciones que explican la conexión tan intensa que el torero peruano mantiene con los públicos de nuestro tiempo.
Pero quizá aún más significativo fue lo ocurrido con el sexto. Cuando el toro redujo su entrega y buscó refugio en tablas, la faena parecía destinada a perder intensidad. Sin embargo, Roca Rey volvió a evidenciar una de sus mayores virtudes: la negativa absoluta a aceptar la derrota argumental de una lidia. Persiguió opciones donde apenas quedaban posibilidades, intentó reconstruir la emoción y mantuvo la tensión dramática hasta el momento de la estocada. Esa actitud constituye hoy uno de los grandes valores diferenciales de su tauromaquia.
Por su parte, José María Manzanares protagonizó una actuación de enorme importancia estratégica. El alicantino no sólo consiguió abrir la puerta grande en su plaza; lo hizo demostrando madurez, oficio y una comprensión muy precisa de las condiciones que planteó su lote.
Su segundo toro exigía firmeza en el embroque y claridad en los planteamientos. La faena encontró momentos de especial interés cuando el torero logró reunir mando y ajuste sobre la mano derecha, mostrando una versión sólida y convincente. Sin embargo, fue ante el quinto cuando emergió con claridad el peso de la experiencia.
Aquel toro, condicionado físicamente tras un percance en varas, requería una administración extremadamente delicada de sus posibilidades. La tentación del exceso podía haber conducido rápidamente al fracaso. Manzanares entendió la situación con inteligencia, redujo exigencias y construyó una faena basada en la suavidad, la medida y la sensibilidad técnica. Fue una lección de conocimiento ganadero y capacidad de adaptación. En una época donde muchas veces se valora únicamente el resultado numérico, actuaciones como ésta recuerdan que la verdadera dimensión de un torero también se mide por su capacidad para interpretar correctamente a cada animal.
La tarde dejó igualmente una lectura muy interesante sobre la figura de Morante de la Puebla. El sevillano atravesó dos escenarios radicalmente distintos. El primero de su lote, deslucido y carente de opciones claras, provocó una rápida renuncia artística que generó división entre los tendidos. Sin embargo, el cuarto permitió contemplar nuevamente ese universo creativo que convierte a Morante en un torero irrepetible.
Su recibo capotero modificó por completo la atmósfera de la plaza. En pocos minutos consiguió transformar una tarde que parecía escapársele en una demostración de personalidad estética. Allí apareció el Morante que conecta con las raíces más profundas del toreo clásico, el que convierte cada lance en una evocación histórica y cada gesto en una declaración de principios.
Aunque el toro no terminó de desarrollar toda la raza necesaria para sostener mayores cotas de emoción, el maestro sevillano logró dejar una obra impregnada de torería. Incluso cuando el viento volvió a convertirse en protagonista, nunca desapareció la sensación de autenticidad que acompaña a sus actuaciones más inspiradas. La oreja obtenida tuvo un significado que fue mucho más allá del trofeo material: representó el reconocimiento a una concepción artística del toreo que sigue siendo imprescindible para comprender la Fiesta.
La corrida de Alicante deja, por tanto, una conclusión especialmente relevante. Mientras algunos discursos insisten en presentar la tauromaquia contemporánea como un espectáculo uniforme, esta tarde demostró exactamente lo contrario. Morante aportó el arte, Manzanares la inteligencia técnica y Roca Rey el poder avasallador de las grandes figuras.
Esa diversidad de conceptos fue precisamente la que convirtió la corrida en un acontecimiento de gran interés taurino. Alicante no presenció únicamente una sucesión de faenas premiadas. Asistió a una demostración práctica de que el toreo sigue encontrando su riqueza en la coexistencia de estilos distintos, todos ellos capaces de emocionar cuando aparecen respaldados por verdad, compromiso y autenticidad.
Y esa, probablemente, sea la noticia más importante que deja esta intensa tarde de Hogueras: la tauromaquia continúa viva porque sigue siendo capaz de ofrecer múltiples caminos para alcanzar la emoción.








