Andrés Roca Rey y el Misterio de la Fe

Andrés Roca Rey y el Misterio de la Fe

21.02.2026  11:00 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

En un gesto cargado de simbolismo, Andrés Roca Rey entregó al Papa León XIV, el Miércoles de Ceniza en el Vaticano, el capote de paseo del Señor de los Milagros. Más que un obsequio, fue una ofrenda que une fe, liturgia y tauromaquia, y que reabre el debate sobre el profundo misterio espiritual que subyace en el ritual de la muerte en el ruedo.

Arbeláez – Colombia. La tauromaquia, entendida en su dimensión más honda, no es únicamente lidia ni espectáculo: es rito. Y todo rito, en su esencia, participa de un misterio. El pasado miércoles de ceniza (18 de febrero), ese misterio encontró un eco singular en la Plaza de San Pedro cuando Andrés Roca Rey, figura indiscutida del escalafón, fue recibido por Papa León XIV al término de la Audiencia General en el Vaticano.

No fue una audiencia de cortesía ni un saludo circunstancial. El diestro limeño acudió con un presente que trasciende lo ornamental: el capote de paseo del Señor de los Milagros, advocación central de la religiosidad popular en el Perú y emblema devocional que acompaña cada octubre a la multitudinaria procesión limeña. En términos taurinos, el capote de paseo no es herramienta de lidia; es estandarte, declaración estética y espiritual con la que el matador se presenta ante el público al hacer el paseíllo. Es, en cierto modo, la primera oración del torero en la plaza.

Entregar ese capote en Miércoles de Ceniza, jornada que inaugura la Cuaresma y recuerda la fragilidad del hombre, no puede leerse sino como un acto profundamente simbólico. La ceniza es memoria de polvo y destino; el ruedo, arena donde la vida se mide en instantes y la muerte no es metáfora sino posibilidad tangible. Entre ambas realidades se tiende un puente invisible: el de la conciencia de finitud y la necesidad de trascendencia.

Roca Rey explicó que deseaba que el Vaticano conservase un recuerdo del mundo del toro entendido como expresión cultural. Pero sus palabras fueron más allá de la diplomacia cultural: pidió oración y bendición para los taurinos, especialmente para quienes se juegan la vida en el albero. En esa súplica directa, sin retórica, se transparenta el nervio íntimo del oficio: el torero no desafía a la muerte desde la soberbia, sino desde la aceptación ritual de un riesgo que se asume bajo la mirada de Dios.

Porque la lidia, en su estructura clásica, posee una arquitectura casi litúrgica. El paseíllo es procesión; el brindis, ofrenda; la faena, diálogo dramático entre el hombre y el toro; la estocada, acto final que exige pureza técnica y verdad interior. El silencio previo al cite se asemeja al recogimiento antes del sacramento; el temple, a la virtud cardinal que doma el instinto sin negarlo. En ese sentido, el rito taurino no glorifica la muerte, sino que la integra en una dramaturgia donde el hombre, consciente de su límite, busca sentido.

El gesto adquiere mayor densidad si se considera el vínculo del Pontífice con el Perú, país donde vivió durante años. Ese lazo biográfico convierte la escena en algo más que protocolario: es el encuentro de dos trayectorias unidas por la misma tierra y por una religiosidad que en Lima se expresa tanto en la procesión morada del Señor de los Milagros como en la solemnidad de Acho cuando suena el clarín. La fe popular latinoamericana no disocia cultura y devoción; las entreteje.

Depositar el capote en manos del Papa fue, por tanto, una afirmación identitaria. En tiempos donde la tauromaquia es discutida y a menudo incomprendida, el torero optó por el lenguaje de los símbolos. No llevó estadísticas ni argumentarios jurídicos; llevó un objeto cargado de historia, bordado con la iconografía de una devoción que convoca multitudes. En la tradición taurina, el capote de paseo suele bordarse con escenas sagradas, vírgenes o cristos, como recordatorio de que el matador no actúa solo: se encomienda.

“El honor y el orgullo” que expresó el diestro no se limitan al reconocimiento personal. Al dejar ese capote en el Vaticano, fijó una idea: la tauromaquia, para quienes la viven desde dentro, no es simple confrontación con el toro bravo, sino una forma de asumir el misterio de la vida y de la muerte bajo el amparo de la fe. En el ruedo, cada cite es un acto de confianza; cada muletazo templado, un instante de armonía entre razón e instinto; cada estocada en lo alto, una culminación que exige verdad absoluta.

La muerte del toro, acto culminante de la lidia, no puede desligarse de su dimensión ritual. Técnicamente, es el momento de mayor responsabilidad: el matador debe ejecutar la suerte suprema con pureza de línea, rectitud de trayectoria y precisión anatómica. Éticamente, implica respeto a la bravura del animal y a la tradición. Espiritualmente, confronta al hombre con el misterio último. En esa conjunción reside la densidad simbólica que Roca Rey quiso poner bajo la custodia del Sucesor de Pedro.

Desde ahora, el capote del Señor de los Milagros queda en el Vaticano como signo concreto de cercanía entre dos biografías y dos mundos que, lejos de excluirse, dialogan. No es un gesto abstracto: tiene nombres propios, tiene patria y tiene plegaria. Y en ese tejido de fe y oficio se revela, quizá, el gran misterio que la tauromaquia guarda en su entraña: que, frente a la certeza de la muerte, el hombre busca trascendencia; que en la arena se juega la vida, pero en la fe se encuentra el sentido.

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