
01.06.2026 05:09 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
La corrida de Aranjuez dejó mucho más que una sucesión de trofeos. Fue una tarde donde confluyeron la inspiración artística de Morante de la Puebla, la dimensión heroica de Roca Rey y la consagración rotunda de Pablo Aguado, en una plaza entregada a una dimensión del toreo cargada de emoción, estética y profundidad.
Arbeláez - Colombia. La corrida de San Fernando en Aranjuez terminó convertida en una de esas tardes que trascienden el resultado numérico y se instalan en la memoria por su contenido. No fue únicamente una función de orejas y rabos; fue una reivindicación del toreo como arte irrepetible, como emoción colectiva y como ejercicio de autenticidad frente a una época donde muchas veces prevalece la velocidad sobre la hondura. Bajo un lleno absoluto y con los acordes del Himno Nacional de España marcando el inicio de la ceremonia, la plaza vivió una dimensión taurina que pocas veces se alcanza en una sola tarde.
El hierro de Núñez del Cuvillo presentó un encierro desigual de hechuras y comportamiento, pero con dos toros de enorme categoría que permitieron el vuelo alto del toreo grande. Especialmente sobresalió el tercero, “Ponderoso”, un bravo ejemplar que tuvo la virtud más difícil: humillar con clase y sostener la emoción sin agotarse. Ese toro encontró delante a un Pablo Aguado en estado de plenitud espiritual. Lo suyo no fue una simple faena importante; fue una declaración de identidad artística. Desde el manejo del capote hasta la colocación de banderillas, todo tuvo el sello de quien comprende el toreo desde la naturalidad y el temple. La plaza entendió rápidamente que estaba asistiendo a una obra de dimensión mayor.
La faena de Aguado tuvo una profundidad inhabitual en el toreo contemporáneo. Cada muletazo nació desde el ajuste y murió detrás de la cintura, con el toro siempre cosido a la tela y sin ventajas. Hubo estética, sí, pero también estructura, gobierno y sentido del ritmo. El sevillano toreó despacio en una época acelerada, y por eso la plaza terminó rendida. Las dos orejas y el rabo no fueron una concesión sentimental, sino la consecuencia inevitable de una obra rotunda que ya queda inscrita entre las grandes actuaciones recientes en plazas históricas.
Pero la tarde no perteneció únicamente a Aguado. Morante de la Puebla confirmó nuevamente que atraviesa un momento de inspiración superior. Su reaparición en Aranjuez tuvo el aroma de los toreros capaces de cambiar el ambiente apenas pisan el ruedo. Al primero lo entendió desde la suavidad y el cuidado, administrando las fuerzas de un toro justo de poder. Sin embargo, fue en el cuarto donde apareció el Morante más profundo, ese que convierte cada pase en un acontecimiento emocional. Bajo los sones de “Caridad del Guadalquivir”, la plaza entró en una atmósfera casi litúrgica. El sevillano llevó siempre la embestida gobernada, enganchada y sometida, sin brusquedad ni inercias. Aquello no fue solamente torear; fue componer música con la muleta.
La dimensión de Morante en Aranjuez tuvo además un valor simbólico enorme. En tiempos donde el espectáculo muchas veces exige velocidad y efectismo, él volvió a imponer la pausa, el gusto y la naturalidad como caminos de emoción verdadera. Las dos orejas del cuarto fueron el reconocimiento visible de una obra cargada de sensibilidad y jerarquía.
En medio de esa tarde de inspiración, Roca Rey volvió a representar el rostro de la ambición irreductible. Su lote quizá fue el menos propicio del festejo, especialmente un quinto que terminó viniéndose abajo cuando la faena parecía tomar vuelo. Sin embargo, el peruano convirtió las dificultades en argumento. Desde las verónicas de rodillas hasta el inicio de faena por cambiados por la espalda, todo tuvo el sello de quien no negocia la entrega. Cuando el toro perdió fuelle, Roca Rey apostó por las cercanías y el compromiso físico, sosteniendo la emoción desde el valor seco y la determinación absoluta. La fuerte ovación que recibió tuvo el peso del reconocimiento a un torero que jamás se resigna.
Lo verdaderamente importante de Aranjuez fue la sensación colectiva que quedó instalada al final de la corrida. La plaza salió con la percepción de haber vivido algo diferente, una de esas tardes donde coinciden el toro con posibilidades, los toreros inspirados y una afición dispuesta a dejarse emocionar. Porque el toreo grande no aparece todos los días. Necesita verdad, personalidad y riesgo. Y en Aranjuez coincidieron las tres cosas.
La corrida de San Fernando terminó así convertida en un manifiesto taurino: el arte sigue vivo cuando existen toreros capaces de interpretar el toreo desde su identidad y no desde la estadística. Morante aportó la hondura estética, Aguado firmó la consagración artística y Roca Rey recordó que la épica sigue siendo indispensable. Entre todos construyeron una tarde que ya pertenece al territorio de las grandes emociones taurinas.








