
06.04.2026 02.24 p.m.
Redacción: Juan Pablo Garzón Vásquez
La Feria de Pascua de Arlés 2026 se consolidó como un referente del toreo contemporáneo, con faenas de alto nivel técnico, toros de diverso juego y una notable respuesta del público. El ciclo dejó triunfos rotundos, actuaciones de gran calado y una demostración clara del momento que atraviesan varias figuras del escalafón.
Lenguazaque – Colombia. Arlés volvió a latir con fuerza taurina en una Feria de Pascua que, más allá de los trofeos, dejó una huella profunda en la afición por su contenido técnico, su variedad ganadera y la entrega de los actuantes. El coso francés se erigió, una vez más, en escenario de exigencia, donde la pureza del cite, el ajuste en el embroque y la verdad en la muleta marcaron el pulso de tres tardes intensas y reveladoras.
El ciclo arrancó con una corrida de matices contrastados en la que el hierro de Garcigrande aportó animales de interés desigual, pero con momentos de gran transmisión, junto a aportaciones de José Cruz y Blohorn. José María Manzanares abrió plaza con un toro de embestida creciente, al que entendió desde los terrenos medios, estructurando una faena de trazo largo, cadencia y empaque, rubricada con una estocada efectiva que le valió el primer trofeo del serial. Su segundo turno, sin embargo, se diluyó en un contexto donde, pese a la estética y el gusto, el prolongado tiempo de muerte del astado enfrió los tendidos.
La dimensión artística de la jornada la firmó Alejandro Talavante, que bordó el toreo en dos registros distintos: primero, con una obra de exquisita lentitud y gobierno sobre el pitón izquierdo, donde el temple se impuso como argumento central; y después, con una faena de plenitud, en la que la ligazón, el ajuste y la inspiración confluyeron en una obra maciza, coronada con las dos orejas tras una estocada entera de ejecución clásica. Fue una lección de tauromaquia sentida, donde el extremeño mostró su capacidad para interpretar las embestidas desde la inteligencia emocional y la técnica depurada.
Marco Pérez, por su parte, dejó patente su disposición y valor frente a un lote de escaso lucimiento. Especialmente meritoria fue su labor ante el sobrero de José Cruz, donde, pese a las complicaciones estructurales del astado y un percance sin consecuencias graves, logró construir una faena de corte clásico, hilvanando tandas con limpieza en el trazo. La espada le privó de mayor reconocimiento, pero su concepto quedó expuesto ante la afición.
El segundo festejo elevó el listón en cuanto a exigencia ganadera con la presencia del hierro de Torrealta, encastado y con fondo, obligando a los espadas a sacar a relucir recursos, firmeza y capacidad lidiadora. Daniel Luque emergió como un torero en estado de madurez plena, firmando dos actuaciones de alto contenido. En su primero, pese a la falta de acierto con el acero, dejó una obra de precisión quirúrgica, donde sometió las embestidas inciertas mediante una muleta poderosa y templada. Pero fue en el cuarto donde alcanzó la rotundidad: dominio absoluto, series ligadas con ambas manos y una estocada letal que puso en sus manos las dos orejas.
Emilio de Justo evidenció su solvencia técnica ante un lote exigente, destacando su capacidad para estructurar faenas con sentido y pulso frente a animales de comportamiento irregular. Su concepto basado en el temple y la colocación le permitió arrancar una oreja de mérito, aunque la espada volvió a condicionar el resultado final en su segundo turno.
Tomás Rufo, en tanto, confirmó su progresión con dos actuaciones de peso. Supo sobreponerse a la violencia de un percance y a la irregularidad de su primero, mostrando aplomo y conocimiento de los terrenos. En el sexto, ante un toro con transmisión y movilidad, construyó una faena compacta, de muletazos por abajo y dominio progresivo, que le valió un nuevo trofeo y el reconocimiento de la plaza.
El cierre del ciclo tuvo un claro protagonista: El Rafi, quien se erigió en el nombre propio de la feria tras una actuación de gran calado frente a la corrida portuguesa de Murteira Grave. Su toreo al natural, profundo y sentido, conectó con los tendidos desde la autenticidad, logrando una faena de máxima entidad en el sexto, donde la conjunción entre mando, temple y colocación desembocó en un triunfo de dos orejas. Antes, ya había mostrado su capacidad de imponerse a un astado complejo, construyendo una obra de mérito basada en la técnica y el valor.
Jesús Enrique Colombo dejó su sello de entrega en todos los tercios, destacando su versatilidad y su capacidad para conectar con el público, mientras que Manuel Escribano evidenció firmeza y oficio frente a un lote condicionado, sin terminar de redondear por el manejo de los aceros.
Más allá de los resultados numéricos, la Feria de Pascua de Arlés 2026 destacó por su coherencia estructural, la diversidad de encastes: Garcigrande, José Cruz, Blohorn, Torrealta y Murteira Grave, y la respuesta de una afición entendida, que supo valorar tanto la estética como la lidia integral. El minuto de silencio inicial, cargado de simbolismo, recordó la dimensión cultural y humana de la tauromaquia, enmarcando un ciclo donde tradición y presente caminaron de la mano.
Arlés no solo fue escenario de triunfos, sino laboratorio de tauromaquia auténtica: un espacio donde el toreo se midió en su verdad más exigente y donde la emoción brotó desde la pureza del arte y el riesgo. Una feria, en definitiva, que reafirma su lugar como cita imprescindible en el calendario taurino internacional.








