
15.03.2026 06:47 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
La Feria de la Magdalena en Plaza de Toros de Castellón concluyó con una corrida de Domingo Hernández marcada por la mansedumbre del encierro y un viento persistente que condicionó el lucimiento de los diestros Alejandro Talavante y Juan Ortega. Pese a la escasa transmisión del ganado, ambos matadores mostraron oficio, temple y disposición en una tarde de lucha constante contra las adversidades del ruedo.
Arbeláez – Colombia. La tarde final de la Feria de la Magdalena se vivió en la histórica Plaza de Toros de Castellón con un ambiente expectante y más de media entrada en los tendidos. El cartel reunía a dos toreros de estilos contrastados, pero igualmente respetados por la afición: el extremeño Alejandro Talavante, de concepción artística y valor seco, y el sevillano Juan Ortega, paradigma de la torería clásica y del temple pausado. Sin embargo, la corrida del hierro de Domingo Hernández no ofreció el juego esperado para coronar la feria. La tónica general fue la mansedumbre, la falta de entrega y un comportamiento irregular que obligó a los toreros a poner más voluntad que lucimiento. A ello se sumó un viento traicionero que complicó seriamente el manejo del capote y la muleta, convirtiendo cada intento de faena en un desafío técnico.
UN INICIO COMPLICADO PARA TALAVANTE
El festejo se abrió con un toro de presencia ofensiva que, pese a mostrar cierta humillación inicial, evidenció pronto una embestida descompuesta. Talavante trató de conducirla con firmeza desde los medios, intentando someter al animal por abajo y darle, largura a los muletazos. Sin embargo, el viento desordenaba los engaños y el toro carecía de continuidad. El extremeño, consciente de las limitaciones del oponente, optó por abreviar tras intentar encauzar su embestida sin éxito. Dejó una estocada efectiva, resolviendo con profesionalidad una papeleta que ya desde el inicio anticipaba una tarde cuesta arriba.
ORTEGA FRENTE AL MANSO SEGUNDO
El segundo ejemplar confirmó los presagios. De hechuras bastas y comportamiento claramente defensivo, el toro se mostró huidizo en varas y protestón en la embestida. A pesar de ello, Juan Ortega dejó ver destellos de su personalidad torera. El sevillano logró ligar una tanda de gran pureza en medio de las dificultades, colocando la muleta con precisión quirúrgica y templando con suavidad una embestida irregular. Por momentos pareció que la faena podía tomar vuelo, pero la condición del toro y el vendaval que agitaba los engaños terminaron por diluir una obra que insinuó más de lo que finalmente pudo concretar.
EL TERCERO: UNA CHISPA BREVE
El tercer toro de la tarde permitió el momento más esperanzador del festejo. Talavante logró arrancar una serie profunda por el pitón derecho, sometiendo al animal con mando y ligazón. Aquellos muletazos, largos y asentados, despertaron al público que hasta entonces observaba con cierta frialdad el desarrollo de la corrida. No obstante, el toro pronto acusó su falta de casta y terminó rajándose hacia tablas, apagando el posible despegue artístico de la faena. El matador insistió con inteligencia, intentando extraer lo poco que quedaba en el animal, pero la obra terminó diluyéndose.
ORTEGA, SIN MATERIA PRIMA EN EL CUARTO
El cuarto de la tarde confirmó la línea general del encierro. Falto de clase y con escasa transmisión, el toro no permitió a Ortega desarrollar su concepto del toreo. El sevillano lo intentó con paciencia y colocación, pero el viento y la deslucida condición del animal imposibilitaron cualquier intento de expresión artística.
INCIDENTE Y SOBRERO EN EL QUINTO
El quinto toro evidenció problemas físicos desde los primeros compases, lo que provocó protestas en los tendidos y su posterior devolución. En su lugar salió un sobrero del mismo hierro que, aunque mostró algo más de presencia y disposición inicial, pronto acusó falta de fuerza. Talavante se mantuvo firme en su empeño, intentando estructurar una faena basada en el sometimiento y la técnica. Pero el toro carecía de recorrido y se defendía constantemente, lo que terminó por desesperar a parte del público. El extremeño, fiel a su carácter competitivo, prolongó su intento más allá de lo aconsejable, sin lograr revertir la condición del animal.
UN SEXTO IMPOSIBLE
El cierre correspondió a Juan Ortega con un toro que confirmó definitivamente el tono manso de la corrida. Sin fijeza, correteando por el ruedo y con tendencia a refugiarse en tablas, el animal apenas permitió momentos de continuidad. Aun así, el sevillano dejó ver su elegancia natural en algunos muletazos aislados, tratando de encauzar una embestida que nunca llegó a romper. Su disposición y su concepto clásico quedaron patentes, aunque el material con el que tuvo que lidiar resultó claramente insuficiente para el lucimiento.
UN CIERRE SIN TRIUNFO, PERO CON DIGNIDAD TORERA
La corrida concluyó sin trofeos, pero con la sensación de que ambos toreros se mantuvieron fieles a su concepto pese a las circunstancias adversas. En tardes como esta, donde la bravura no aparece y el viento convierte cada pase en un riesgo, el oficio y la voluntad cobran un valor especial. La Feria de la Magdalena se despidió así con un epílogo áspero, recordando que en el toreo no siempre manda la inspiración. A veces, el mérito reside simplemente en mantenerse firme en el ruedo, buscando el arte incluso cuando el toro y el viento parecen negarlo todo. Y en Castellón, esa tarde, la torería tuvo que abrirse paso entre la mansedumbre y el vendaval.








