De Reparto: Donde se Decide la Lidia

De Reparto: Donde se Decide la Lidia

02.02.2026  05:11 a.m.

Redacción: Andrey Gerardo Márquez Garzón

La suerte de varas y el tercio de banderillas siguen siendo los grandes incomprendidos por buena parte del público. En esta tarde quedó claro que allí se define el toro, se mide su bravura real y se desnuda la dificultad de cada embestida, muchas veces lejos del ruido del tendido.

Lenguazaque – Colombia. En una plaza llena de miradas expectantes y juicios inmediatos, no siempre se escucha lo que de verdad ocurre en el ruedo. La tauromaquia, en su complejidad más profunda, exige algo más que emoción: demanda conocimiento, lectura y respeto por los tiempos de la lidia. Hay momentos que no arrancan ovaciones ni generan polémica, pero que son decisivos para entender lo que vendrá después. Entre ellos, la suerte de varas y el tercio de banderillas siguen siendo los grandes olvidados por un sector del público, pese a ser los que revelan, sin maquillaje, la auténtica condición del toro y la verdad del torero.

LA VERDAD QUE EL PÚBLICO NO SIEMPRE VE

Hay una verdad incómoda en la tauromaquia moderna: muchos aficionados miran, pocos entienden. Y donde más se nota esa distancia entre lo que ocurre en el ruedo y lo que se interpreta desde el tendido es en la suerte de varas y en las banderillas, dos tercios que no admiten impostura y que condicionan de manera definitiva el devenir de la lidia. Esta tarde fue un tratado práctico de esa realidad.

La vara no es un trámite ni un castigo mecánico. Es el primer examen serio del toro. Allí se mide la bravura, la fijeza, la prontitud y, sobre todo, la capacidad de humillar con el caballo delante. Cuando el picador se juega el tipo, aguanta la embestida y coloca el puyazo en lo alto, está escribiendo la primera página del comportamiento del burel.

En el primero de la tarde, Juan Sebastián García dejó constancia de ello con una gran vara, bien señalada, en lo alto, aguantando con firmeza la arrancada del toro. Fue un puyazo de verdad, de los que ordenan la lidia. En la brega, José Calvo entendió el momento exacto: ni más ni menos, lo justo para no romper al animal. Las banderillas, a cargo de Arley Gutiérrez y Brian Valencia, mostraron disposición y ejecución correcta, en un toro que ya empezaba a enseñar su manera de medir.

El segundo toro elevó el listón de la exigencia. William Torres firmó una vara extraordinaria, ajustada a todos los cánones clásicos: colocación, reunión y salida limpia. Sin embargo, el toro presentó dificultades en la brega, exigiendo a Andrés Herrera una intervención solvente y de oficio. En banderillas se vio otro de los grandes malentendidos del público: no todos los pares lucen igual porque no todos los toros embisten igual. Jhon Jairo Suaza dejó un buen par, mientras que Brian Valencia, correcto en la ejecución, se encontró con un toro que se quedaba corto, dejando los rehiletes demasiado adelantados, un detalle que solo el ojo experto valora en su justa dimensión.

El tercero de la tarde volvió a demostrar que la bravura no es uniforme. Edgar Arandia aguantó con firmeza la embestida en una muy buena vara, clave para que el toro no se descompusiera. Iván Darío Giraldo llevó la brega con temple y conocimiento, dejando al animal en el sitio justo. El propio matador Jesús Enrique Colombo asumió el tercio de banderillas, entendiendo que ese toro pedía mando, exposición y lectura precisa de los tiempos.

En el cuarto, Reinario Bulla dejó una vara de mérito, aunque la falta de ajuste a contra querencia dejó una sombra técnica que condicionó el resto de la lidia. Aquí se vio otra verdad incómoda: un toro mal colocado en varas es un toro que luego plantea problemas. Arley Gutiérrez estuvo diligente y oportuno en la brega. José Calvo colocó un buen par de banderillas, mientras que Brian Valencia no encontró fortuna al martillar los rehiletes, más por las condiciones del toro que por falta de voluntad.

El quinto toro fue quizá uno de los más complejos del festejo. Juan Sebastián García dejó una vara desprendida, rectificando a tiempo y midiendo con inteligencia al burel, algo que el tendido rara vez valora. En la brega, Jhon Jairo Suaza estuvo templado y oportuno, cuidando cada embroque. Las banderillas fueron un auténtico ejercicio de supervivencia taurina: Andrés Herrera colocó el único par posible, condicionado por un toro áspero, la luz cambiante y un piso comprometido. Ahí no hubo espacio para el lucimiento, solo para la verdad.

El sexto de la tarde cerró el festejo con otra lección silenciosa. Juan Sebastián García cumplió en varas. Antony Dicson destacó en la brega, entendiendo que el toro pedía tacto más que fuerza. Colombo invitó a Brian Valencia al tercio de banderillas, gesto torero y generoso, pero la suerte no acompañó. Finalmente, el propio matador venezolano culminó el tercio, dejando claro que cuando el toro no se presta, la experiencia marca la diferencia.

MÁS ALLÁ DEL APLAUSO

Esta tarde dejó una enseñanza clara: la suerte de varas define al toro y las banderillas revelan su dificultad real. No todos los pares son iguales, no todas las varas pesan lo mismo, y no todos los silencios del público significan error. Muchas veces, en esos momentos incomprendidos, es donde se está jugando la lidia verdadera, la que no siempre se ve, pero que siempre se siente en el ruedo.

Porque la tauromaquia no es solo emoción inmediata; es técnica, lectura, riesgo y verdad. Y quien aprende a mirar esos detalles, empieza de verdad a entender el toreo. 

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