Don Jerónimo Pimentel: Se Apaga un Temple Eterno

Don Jerónimo Pimentel: Se Apaga un Temple Eterno

17.03.2026  06:48 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

El mundo taurino despide con profundo pesar a Don Jerónimo Pimentel, figura recia y apasionada del toreo del siglo XX, cuya vida estuvo marcada por la entrega, el valor y una inquebrantable vocación. Su legado, forjado entre arenas de España y América, perdura como ejemplo de amor absoluto al toro bravo.

Arbeláez – Colombia. La tauromaquia viste de luto. Ha partido a la eternidad el diestro madrileño Jerónimo Pimentel, a los 97 años, cerrando así una vida larga, intensa y profundamente ligada al rito ancestral del toreo. Con su muerte no solo se extingue una existencia, sino que se apaga una de esas luces que alumbraron con autenticidad, coraje y romanticismo la historia del escalafón taurino del siglo XX. Nacido en la entraña torera de Cenicientos el 5 de marzo de 1930, Pimentel creció bajo la influencia de una tradición que no se aprende, sino que se respira, y desde muy temprano mostró ese poso de torería que distingue a los elegidos.

Su presentación en los ruedos madrileños en 1949 marcó el inicio de un camino que, aunque no exento de dificultades, estuvo siempre guiado por una firme convicción: ser torero. Tomó la alternativa en un periplo de aprendizaje que lo llevó desde Francia hasta la plaza de Las Ventas, donde confirmó su doctorado en 1952 bajo la liturgia solemne del toreo grande. De novillero dejó entrever maneras finas, un concepto clásico y una intuición natural para el temple; ya como matador, el destino le puso pruebas duras, espinas en forma de acero y circunstancias que no siempre le fueron propicias, pero jamás le apartaron del compromiso con su profesión.

Pimentel fue un torero de raza, de esos que entendían el toreo como una forma de vida y no como una simple profesión. Vivió tardes de gloria, como sus salidas en hombros por la Puerta Grande de Las Ventas, pero también conoció la crudeza del miedo, el silencio de los fracasos y la dureza de las cornadas. Entre sus recuerdos más intensos se encuentra aquella sustitución inesperada en Sevilla, donde, tras una noche festiva, debió enfrentarse a los temidos toros de Miura con apenas horas de preparación. Aquella tarde simboliza su carácter: improvisación, valor seco y entrega sin reservas.

Su biografía también está atravesada por la historia de España. La Guerra Civil dejó cicatrices en su memoria, marcando su infancia y condicionando su destino. Sin embargo, como él mismo reconocía, el toro fue su salvación y su condena: “un veneno del que es imposible salir”. Admirador de figuras como Manolete, con quien llegó a compartir vivencias en el campo, Pimentel se forjó en una época de gigantes, donde cada pase era un pulso con la muerte y cada tarde una prueba de verdad.

A finales de los años cincuenta, América se convirtió en su nuevo escenario. Colombia, Ecuador y Venezuela no solo fueron plazas donde ejerció su oficio, sino territorios donde consolidó su legado. Allí, más allá del traje de luces, desarrolló una destacada labor como ganadero, empresario y apoderado, contribuyendo al fortalecimiento de la fiesta brava en el continente. La fundación de la ganadería “El Paraíso” representa una de sus aportaciones más relevantes, un proyecto ganadero concebido con rigor y visión, nutrido de sangres selectas que buscaban perpetuar la bravura y la nobleza del toro.

Jerónimo Pimentel fue, además, un hombre de carácter indómito, fiel a sus principios, incluso cuando estos lo alejaban de las oportunidades más codiciadas. Rechazó apoderamientos influyentes, defendió su independencia y asumió las consecuencias de su rebeldía. Esa autenticidad, tan poco frecuente, le otorgó un lugar especial en la memoria taurina, no solo como torero, sino como personalidad íntegra dentro de un mundo exigente y competitivo.

En su madurez, lejos de los ruedos, pero nunca del espíritu taurino, siguió soñando con torear. Decía que aún se veía en Las Ventas, sintiendo el albero bajo sus pies, aunque al despertar agradecía que todo hubiera sido un sueño. Esa confesión encierra la esencia de su vida: un hombre que nunca dejó de ser torero, ni siquiera cuando el tiempo le impidió ceñirse el traje de luces.

Cenicientos, su cuna, lo honró en vida dando su nombre a la plaza de toros y creando un museo que guarda la memoria de sus gestas. Así, su legado no se disipa, sino que se transforma y permanece.

Hoy, el mundo del toro inclina la cabeza ante la figura de un hombre que vivió con intensidad cada embestida de la vida. Jerónimo Pimentel fue torero dentro y fuera de la plaza, un apasionado irreductible que encontró en el toro su destino y su razón de ser. Su partida deja un vacío profundo, pero también una herencia imborrable de valor, entrega y amor por la tauromaquia.

En este momento de dolor, los equipos periodísticos de www.enelcallejon.es y www.voyalostoros.com expresan, con el mayor respeto y sentimiento, sus más sinceras condolencias a toda la familia Pimentel, elevando un abrazo lleno de cariño, gratitud y solidaridad, deseando que encuentren consuelo en el orgullo de haber compartido la vida con un hombre grande, cuya memoria permanecerá viva en cada plaza, en cada muletazo y en cada latido del toreo eterno.

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