
30.03.2026 07:09 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
El mundo taurino colombiano se viste de luto tras la partida de Ángela María Mejía Vallejo y Aura Lucía Mera, dos figuras esenciales que, desde el arte y la palabra, defendieron con pasión, inteligencia y sensibilidad la tauromaquia. Su legado queda inscrito en la memoria cultural de la fiesta brava.
Arbeláez - Colombia. El paseíllo de la vida ha tenido, en estos días, un silencio inusitado. La tauromaquia colombiana, tan acostumbrada al clamor de los tendidos y al eco de los clarines, hoy se recoge en un respetuoso minuto de duelo por la partida al ruedo eterno de dos mujeres irrepetibles: Ángela María Mejía Vallejo y Aura Lucía Mera. Dos nombres que no solo honraron la fiesta, sino que la entendieron en su dimensión más profunda: como arte, como liturgia y como expresión viva de identidad.
Ángela María Mejía Vallejo, antioqueña de raíz y sensibilidad infinita, fue mucho más que una aficionada. Fue artista en el sentido más amplio del término: pintora de trazo firme, poetisa de alma encendida y cantora de emociones que encontraban en el toro bravo una fuente inagotable de inspiración. Su obra quedó sellada de manera indeleble en un mural que adorna la puerta de cuadrillas de la plaza "La Macarena" de Medellín, hoy denominado "Centro de Espectáculos" espacio simbólico donde confluyeron el miedo, el valor y la esperanza antes de cada lidia. Allí, su legado dialogó con cada paseíllo, como si sus pinceles aún acompañaran a los toreros en su tránsito hacia lo incierto.
Madre del novillero Sánchez Mejías, su vida estuvo íntimamente ligada al rito taurino, no desde la barrera distante, sino desde la entraña misma del compromiso, del sacrificio y del amor por una tradición que exige entrega absoluta. Su figura representó esa tauromaquia íntima, silenciosa, pero esencial: la de quienes sostienen la fiesta desde la sensibilidad y la cultura.
Apenas el tiempo permitía asimilar esta pérdida, cuando desde Cali llegó el otro golpe certero, como un natural profundo que cala en el alma: la muerte de Aura Lucía Mera. Periodista de raza, escritora lúcida y columnista de pensamiento firme, fue una de las voces más sólidas en la defensa de la tauromaquia en Colombia. Su pluma no se limitó a narrar; interpretó, argumentó y dignificó la fiesta con una altura intelectual pocas veces vista.
Aura Lucía no fue una aficionada superficial. Fue una taurina cabal, de convicciones profundas, capaz de entender la complejidad del toro bravo, la incertidumbre de la lidia y la dimensión estética del toreo. Su visión trascendía la polémica fácil; construía desde el conocimiento, la vivencia y el respeto. En cada texto, en cada columna, se percibía una comprensión casi mística del ritual taurino, al que concebía como un acto irrepetible donde confluyen arte, riesgo y verdad.
Su presencia en ferias como la de Latacunga evidenciaba una afición auténtica, de esas que cruzan fronteras y se alimentan del contacto directo con el toro en el campo y en la plaza. Su vínculo con el periódico "El País de Cali" consolidó una tribuna desde la cual defendió la tauromaquia con argumentos sólidos, alejados de la estridencia, pero cargados de profundidad.
En su pensamiento, el toro de lidia no era simplemente un animal, sino un símbolo de bravura, de pureza genética y de misterio. Comprendía la selección, la crianza y la liturgia que rodea su existencia, y desde allí construyó una defensa que apelaba tanto a la razón como a la emoción. Su mirada integraba el respeto por el animal, la admiración por el torero y la valoración del ganadero, tejiendo una visión completa del universo taurino.
Con su partida, se apaga una voz, pero no su eco. Queda su palabra como testimonio, como documento vivo de una época en la que la tauromaquia encontró en ella una aliada lúcida y valiente.
La coincidencia temporal de estas dos despedidas no es menor. Es como si el destino hubiese decidido reunir en un mismo cartel celestial a dos mujeres que, desde trincheras distintas, defendieron una misma pasión. Una desde el lienzo y la emoción estética; la otra desde la palabra y el pensamiento crítico. Ambas, sin embargo, unidas por una devoción sincera hacia el toro bravo y su liturgia.
Hoy, el paseíllo se hace hacia lo eterno. Seguramente, en ese ruedo sin tiempo, Ángela María pinta atardeceres de albero infinito, mientras Aura Lucía escribe crónicas que narran faenas inmortales. Y allí, donde no existe el miedo ni la incertidumbre, ambas continúan siendo taurinas, porque la tauromaquia, como ellas lo entendieron, no termina en la plaza: trasciende, permanece y se convierte en memoria viva.
El mundo del toro en Colombia pierde dos referentes insustituibles, pero gana dos guardianas eternas de su esencia. Que su recuerdo siga siendo faro en tiempos de dificultad y motivo de inspiración para quienes creen en la grandeza de esta tradición.








