
14.09.2026 11:22 a.m.
Resumen: Héctor Esnéver Garzón Mora
Emilio de Justo volvió a conquistar Valladolid con una actuación de tres orejas, cimentada en la entrega, el temple y la capacidad para aprovechar las mejores embestidas de su lote. El extremeño encontró en el quinto, un toro de El Vellosino con clase, transmisión y recorrido, el colaborador que necesitaba para redondear una tarde de plena disposición y abrir nuevamente la Puerta Grande del Coso del Paseo de Zorrilla.
Ubaté – Colombia. La tercera corrida de la Feria de la Virgen de San Lorenzo de Valladolid terminó llevando el nombre de Emilio de Justo, que volvió a demostrar la especial conexión que mantiene con el coso vallisoletano. El diestro de Torrejoncillo firmó una tarde de notable entrega y ambición, cortó una oreja de su primero y las dos del quinto, y terminó abandonando la plaza a hombros en una jornada en la que el comportamiento del encierro estuvo lejos de ofrecer uniformidad. La corrida anunciada inicialmente de Garcigrande tuvo que ser sustituida y finalmente se lidiaron cinco toros de El Vellosino y uno de La Purísima, un conjunto desigual de presentación y juego en el que sobresalió claramente el quinto.
Desde que apareció el segundo de la tarde, perteneciente a La Purísima, De Justo dejó patente que no había llegado a Valladolid dispuesto simplemente a cumplir con el compromiso. Lo recibió con el capote a una mano y fue construyendo un saludo en el que hubo soltura y variedad, antes de llevarlo al caballo. Ya con la muleta, el extremeño tuvo que administrar las condiciones de un animal manejable pero que no terminó de mantener la misma intensidad durante toda la faena. Brindó el trasteo a Mario Navas, ausente del cartel por lesión, y encontró especialmente por el pitón izquierdo algunos de los pasajes más destacados de una labor que fue creciendo conforme consiguió afianzar la embestida. Hubo muletazos largos, ligazón y una disposición constante, hasta cerrar la faena con una estocada que, tras sonar un aviso, le permitió pasear la primera oreja de la tarde.
Pero lo verdaderamente importante estaba todavía por llegar. Cuando apareció el quinto, De Justo entendió desde el primer momento que tenía delante una oportunidad de las que pueden cambiar el signo de una corrida. No quiso esperar y se fue a la puerta de chiqueros para recibirlo a porta gayola, continuando después con un saludo capotero de gran compromiso. El toro de El Vellosino mostró mejores condiciones que sus hermanos: tuvo movilidad, transmisión y una embestida con calidad que permitió al torero desplegar una tauromaquia mucho más ambiciosa.
El inicio de la faena de muleta volvió a confirmar las intenciones del torero. De Justo comenzó de rodillas y asumió desde el principio la responsabilidad de una faena que exigía estar muy metido en la suerte, antes de asentarse y comenzar a correr la mano por los dos pitones. El toro tenía la virtud de acudir con transmisión y permitir que los muletazos alcanzaran los tendidos, mientras el extremeño, muy entregado, buscaba prolongar las series y mantener la emoción. Hubo momentos de notable encaje, con el torero metido en los terrenos del toro y aprovechando una embestida que pedía mando y decisión. La faena tuvo, según las crónicas, más intensidad que reposo, pero consiguió algo esencial en tauromaquia: la comunicación directa entre el torero, el toro y una plaza completamente entregada.
La estocada, aunque trasera y tendida según las distintas reseñas, fue suficiente para que el presidente atendiera la petición y concediera las dos orejas, mientras el toro recibía reconocimiento en el arrastre. Con ese doble trofeo, De Justo aseguraba una nueva salida a hombros de Valladolid y confirmaba una relación especialmente fructífera con una plaza que se ha convertido en uno de los escenarios más favorables de su trayectoria reciente. Tres orejas en el esportón y una nueva Puerta Grande terminaron convirtiendo su actuación en la gran noticia de la tarde.
Lo relevante de la actuación de Emilio de Justo va más allá del resultado numérico. En una corrida marcada por la desigualdad del ganado y por la falta de fuerza o transmisión de varios ejemplares, el torero supo distinguir perfectamente cuándo había que construir la faena y cuándo había que apretar el acelerador. Su primer toro le exigió oficio y capacidad para sacar partido de una embestida que fue perdiendo fuelle; el quinto, en cambio, le permitió expresarse con mayor amplitud y convertir la disposición en una faena de triunfo. Esa lectura de los tiempos de la corrida, unida a su capacidad para asumir riesgos, explica buena parte de la dimensión de su tarde.
La actuación adquiere todavía mayor valor si se contempla el contexto del festejo. La sustitución de los toros inicialmente anunciados de Garcigrande por ejemplares de El Vellosino y La Purísima alteró las expectativas de la corrida, mientras el conjunto resultó desigual tanto en presencia como en comportamiento. El quinto terminó siendo el animal de mayor calidad y transmisión, pero antes de encontrarlo De Justo ya había demostrado que venía dispuesto a competir y a buscar el triunfo. No esperó a que la corrida le regalara las condiciones: trabajó el primero y aprovechó con autoridad el mejor toro que salió por la puerta de toriles.
La tarde tuvo también otros protagonistas. Morante de la Puebla se encontró con el lote de menores posibilidades y dejó algunos detalles de su particular tauromaquia, especialmente frente al cuarto, aunque sin opciones reales de redondear una faena de triunfo. El sevillano escuchó silencio en su primero y una ovación en el segundo. David de Miranda, que sustituyó al lesionado Mario Navas, protagonizó un debut importante en Valladolid al cortar una oreja con fuerte petición de la segunda frente al tercero, mientras fue ovacionado en el sexto después de una labor técnicamente solvente ante un animal de escasa transmisión.
Sin embargo, el nombre de la jornada quedó definitivamente escrito en blanco y oro. Emilio de Justo volvió a demostrar que Valladolid es una plaza en la que su tauromaquia encuentra un eco especial, y lo hizo desde una actitud que define a los toreros que aspiran a las grandes tardes: disposición desde el primer capotazo, capacidad para sobreponerse a las dificultades y decisión absoluta cuando aparece un toro que permite soñar con el triunfo. El resultado: tres orejas y una nueva Puerta Grande, resume la dimensión estadística de la tarde, pero no alcanza por sí solo a explicar lo sucedido en el ruedo.
Porque en Valladolid, ante una corrida de juego desigual, De Justo supo leer el toro, medir la faena y después entregarse sin reservas cuando el quinto le abrió la puerta del triunfo. El extremeño volvió a salir a hombros del Coso de Zorrilla y dejó una de esas actuaciones que no necesitan artificios para permanecer en la memoria: una tarde de entrega, mando, inspiración y ambición, sostenida por la capacidad de un torero que conoce perfectamente la importancia de aprovechar las oportunidades cuando el toro decide concederlas.








