
19.01.2026 01:50 p.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
El torero colombiano Juan de Castilla recibió el alta hospitalaria el pasado sábado tras evolucionar de manera altamente favorable de las graves lesiones sufridas el 6 de enero en la Feria de Manizales, dejando la Clínica Santa Sofía en buenas condiciones generales y reafirmando, una vez más, la fortaleza de un torero forjado en la adversidad.
Arbeláez – Colombia. Juan de Castilla volvió a demostrar que el valor no termina cuando se abandona el ruedo. El pasado sábado, el diestro colombiano recibió el alta hospitalaria y salió de la Clínica Santa Sofía en buen estado general, culminando así una primera y decisiva etapa de recuperación tras el severo percance sufrido el 6 de enero en la Feria de Manizales, un episodio que marcó con dramatismo una de las jornadas más intensas del serial taurino colombiano.
Aquel día, el sino del toreo se manifestó con toda su crudeza. En plena lidia, Juan de Castilla fue alcanzado por una violenta cornada en el muslo derecho, a la que se sumó la fractura de tibia y peroné en la pierna izquierda, consecuencia directa de la brutalidad del impacto y de la condición astillada del pitón que lo prendió. El silencio que se apoderó de la plaza fue proporcional a la gravedad del percance, mientras el torero era evacuado con premura hacia el centro asistencial.
Desde su ingreso en la Clínica Santa Sofía, el equipo médico actuó con precisión quirúrgica y criterio especializado. La lesión ósea de la pierna izquierda requirió una intervención compleja que, según los controles radiológicos posteriores, resultó plenamente exitosa. La correcta alineación de la tibia y el peroné, junto con una fijación estable, permitió iniciar de manera temprana el proceso de movilidad, siempre bajo estrictas recomendaciones de prudencia. El torero ya se encuentra caminando, aunque consciente de que el tiempo biológico del hueso impone paciencia y respeto, valores tan necesarios en la enfermería como en el albero.
La cornada del muslo derecho presentó una dificultad añadida. El desgarro interno provocado por un pitón astillado obligó a mantener la herida abierta durante varios días para facilitar el drenaje y evitar complicaciones infecciosas, una decisión médica clave para garantizar una evolución limpia. Finalmente, el cierre quirúrgico se realizó con éxito, consolidando un proceso que, aunque doloroso, avanzó sin contratiempos mayores.
Durante los días de hospitalización, Juan de Castilla mantuvo una actitud de serenidad ejemplar. Lejos del desaliento, asumió el percance con una lectura madura, consciente de los riesgos inherentes a la profesión y agradecido por haber salido adelante dentro de la gravedad del cuadro. El torero supo encontrar el lado positivo del infortunio, entendiendo que el calendario taurino le ofrece ahora un margen para sanar sin la presión inmediata de los compromisos profesionales, algo que, de haber ocurrido en plena temporada, habría supuesto un golpe mucho más duro en lo físico y en lo anímico.
Recibido el alta hospitalaria el pasado sábado, Juan de Castilla se prepara para trasladarse a Medellín, donde continuará su proceso de recuperación acompañado de su familia, un pilar fundamental en este tramo del camino. Los especialistas han sido claros en las recomendaciones: evitar vuelos de larga distancia hasta mediados de febrero, debido al riesgo de trombosis asociado a los cambios de presión en cabina. Este periodo será aprovechado para intensificar la rehabilitación de la pierna fracturada y fortalecer progresivamente la musculatura afectada.
El caso de Juan de Castilla vuelve a poner en evidencia la dimensión humana del toreo, un oficio donde la gloria se conquista a base de entrega absoluta y donde la cornada no solo se mide en centímetros, sino también en carácter. Su evolución favorable no es solo un éxito médico, sino también una victoria del temple, de la cabeza fría y de la aceptación consciente del riesgo.
Hoy, aún lejos del traje de luces, Juan de Castilla ya ha ganado una de las faenas más importantes de su carrera: la de sobreponerse al percance con dignidad, paciencia y fe en el regreso. La afición lo sabe y lo espera, porque los toreros auténticos no se definen únicamente por cómo se juegan la vida frente al toro, sino también por cómo saben levantarse cuando la arena se tiñe de silencio.








