
27.07.2026 04:56 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
La última corrida de la Feria de la Madeleine 2026 dejó una lectura mucho más profunda que la reflejada por el marcador final. En una corrida de enorme exigencia técnica, marcada por la falta de opciones de varios ejemplares de Victorino Martín, el colombiano Juan de Castilla volvió a demostrar capacidad, inteligencia y una actitud inquebrantable frente a un lote prácticamente imposible. La tarde confirmó que el verdadero valor del torero no siempre se mide por los trofeos, sino por su capacidad para sostener el compromiso cuando el toro niega cualquier concesión.
Arbeláez - Colombia. La corrida que cerró la Feria de la Madeleine 2026, en Mont de Marsan, dejó una de esas tardes que obligan a analizar el toreo desde su esencia y no desde la estadística. El silencio que acompañó el paso de Juan de Castilla por el coso francés difícilmente refleja la dimensión de una actuación construida sobre los pilares más difíciles del oficio: la paciencia, la técnica, la inteligencia y la capacidad de insistir cuando prácticamente no existen posibilidades de triunfo.
Frente a una corrida de Victorino Martín que confirmó el prestigio de la divisa por su seriedad, trapío y complejidad, el espada colombiano asumió el compromiso de enfrentarse a un lote que nunca permitió el lucimiento abierto, obligándolo a resolver problemas en cada muletazo y a interpretar continuamente el comportamiento de sus adversarios.
El primero de su lote fue un ejemplar de gran presencia, pero de embestida incompleta, con medias arrancadas y una evidente tendencia a terminar los viajes sin entrega. Era uno de esos toros que exigen una permanente capacidad de improvisación, donde cualquier exceso de confianza termina convirtiéndose en una ventaja para el animal.
Fue precisamente allí donde apareció el aspecto más relevante de la actuación del colombiano. Lejos de desesperarse ante la falta de continuidad del toro, Juan de Castilla optó por la vía más compleja: intentar construir una faena desde la técnica y no desde las condiciones naturales del astado.
Con paciencia fue corrigiendo las inercias del Victorino, encontrando especialmente por el pitón izquierdo algunos momentos de mayor recorrido que no aparecieron de forma espontánea, sino como consecuencia directa del planteamiento inteligente del torero. No fueron embestidas regaladas; fueron respuestas arrancadas mediante colocación, toque y firmeza.
Ese mérito fue reconocido por los tendidos, conscientes del enorme esfuerzo realizado para mantener viva una faena que, por naturaleza del toro, nunca alcanzó continuidad. Sin embargo, la espada volvió a convertirse en la única asignatura pendiente, diluyendo cualquier posibilidad de transformar el reconocimiento moral en recompensa tangible.
La historia se repetiría con mayor crudeza en el sexto.
Cuando apenas comenzaba el desarrollo del último tercio de la corrida, el toro sufrió una lesión en los cuartos traseros que modificó completamente su comportamiento. Desde ese momento desapareció cualquier posibilidad de transmisión. El animal quedó reducido a una permanente actitud defensiva, incapaz de desplazarse con normalidad y refugiándose constantemente en la querencia.
En esas circunstancias, la lidia dejó de convertirse en una búsqueda artística para transformarse en un ejercicio de responsabilidad profesional. Juan de Castilla jamás renunció a intentar encontrar una mínima opción, administrando tiempos, distancias y alturas de la muleta con el objetivo de comprobar si el toro podía ofrecer alguna respuesta aprovechable.
Pero el diagnóstico era irreversible. El Victorino nunca pudo romper hacia adelante. No existía recorrido. No existía repetición. No existía posibilidad de construir una obra coherente. Lejos de forzar una situación imposible únicamente para prolongar la faena, el colombiano entendió rápidamente que el verdadero respeto al toro y al público consistía en no inventar una realidad inexistente. La única nota negativa volvió a llegar con el acero, donde la demora terminó por cerrar definitivamente cualquier expectativa de reconocimiento.
Más allá de su actuación, la corrida dejó interesantes conclusiones sobre el comportamiento del encaste.
Mientras algunos ejemplares permitieron vislumbrar momentos de calidad sin terminar de romper, otros confirmaron esa personalidad imprevisible que convierte a Victorino Martín en una de las ganaderías más respetadas del campo bravo. La sustitución del cuarto toro por un sobrero de José Cruz sirvió además como una auténtica lección ganadera, evidenciando las profundas diferencias entre comportamientos derivados de distintos encastes.
El sobrero mostró mayor claridad en sus desplazamientos y una lógica más previsible, especialmente por el pitón izquierdo, aunque terminó adoleciendo de falta de transmisión. Fue una demostración práctica de cómo la bravura puede expresarse bajo conceptos muy distintos dependiendo de la procedencia genética del animal.
Por su parte, Román aprovechó con inteligencia las mejores condiciones del segundo de la tarde, administrando con acierto la nobleza de un toro justo de fuerzas, mientras que en el quinto supo medir perfectamente los tiempos ante un ejemplar que exigía mando, toque firme y una faena corta para evitar que la falta de entrega terminara por diluir cualquier emoción. Ambas actuaciones fueron reconocidas con ovaciones.
Morenito de Aranda, por su parte, volvió a demostrar oficio y pundonor frente a dos toros nada fáciles, especialmente en su primero, al que exprimió hasta el límite pese a que nunca terminó de romper hacia adelante.
Sin embargo, si la tarde deja una lectura que trasciende el resultado oficial, esa pertenece a Juan de Castilla.
Porque existen corridas donde el triunfo depende de las condiciones del toro y otras donde el verdadero examen consiste en demostrar capacidad cuando esas condiciones simplemente no existen.
El torero colombiano volvió a situarse precisamente en ese segundo escenario: el más incómodo, el menos agradecido y, al mismo tiempo, el que mejor define la auténtica dimensión de un profesional del toreo.
Los silencios del acta final podrán ocultar los matices para quien únicamente consulte el resultado. Pero quienes analizaron la corrida desde el conocimiento técnico comprendieron que Juan de Castilla volvió a dejar constancia de una virtud cada vez más escasa en la tauromaquia contemporánea: no rendirse jamás ante un toro sin opciones, manteniendo intactos el compromiso, la inteligencia y la dignidad profesional hasta el último pase.








