Juan de Castilla Volvió a Sentirse Torero

Juan de Castilla Volvió a Sentirse Torero

31.08.2026  06:11 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

En una tarde de exigencia, Juan de Castilla encontró en Cuéllar algo mucho más valioso que dos orejas: recuperó la confianza, el mando y las sensaciones que hacen reconocible a un torero. Frente a una seria corrida de Saltillo, el colombiano convirtió el sexto en el escenario de un reencuentro consigo mismo y salió por la Puerta Grande como primer triunfador de la feria.

Arbeláez - Colombia. Hay tardes en las que las orejas cuentan la historia y otras en las que apenas son la consecuencia visible de algo mucho más profundo. La de ayer, 30 de agosto, en Cuéllar, pertenece a esta segunda categoría. Juan de Castilla no solamente cortó dos orejas y abrió la Puerta Grande: volvió a encontrarse con el torero que llevaba dentro. Y esa diferencia, en una profesión construida sobre la fragilidad de las sensaciones, tiene un valor infinitamente mayor que cualquier estadística.

Cuéllar ya había sido antes territorio de crecimiento para el colombiano. Allí encontró oportunidades cuando los contratos no sobraban y necesitaba abrirse camino a fuerza de verdad, disposición y capacidad. Ayer, sin embargo, la plaza parecía plantearle otro desafío. Ya no se trataba únicamente de conquistar un sitio en el escalafón, sino de recuperar algo mucho más íntimo después de una temporada dura y de un invierno marcado por el percance sufrido en Colombia. El reto era volver a confiar en el propio cuerpo, volver a mandar, volver a sentirse torero. Y el ruedo cuellarano terminó funcionando como una suerte de espejo: le devolvió la imagen de aquel torero que nunca había desaparecido, pero que necesitaba volver a reconocerse.

La elección de Saltillo para ese reencuentro no pudo ser más significativa. No era una corrida para construir triunfos desde la comodidad. El hierro exigía oficio, conocimiento de los terrenos, precisión en los toques y una capacidad especial para interpretar las embestidas. Fue una corrida de juego desigual, con reses que plantearon problemas diferentes y que obligaron a los toreros a ganarse cada pase. Precisamente por eso, lo ocurrido con Castilla adquiere mayor dimensión: su triunfo no nació de que el toro regalara la faena, sino de que el torero supo encontrarla cuando apareció la posibilidad.

Su primer enemigo, Salvador-44, ya había mostrado desde la salida una condición que invitaba a la esperanza. Más hecho, con viveza en la mirada y suficiente fondo para sostener una faena, tuvo nobleza y permitió al colombiano construir una actuación seria, sin artificios. Castilla entendió que no había necesidad de correr detrás del toro ni de adornar lo que todavía estaba por descubrir. Se colocó en el tercio, esperó y comenzó a medir cada embestida.

Aquella faena tuvo una virtud fundamental: la ausencia de ansiedad. El colombiano toreó desde la espera y no desde la precipitación. Cada pase parecía tener la finalidad de conocer un poco más al animal, de medir su recorrido, de comprobar hasta dónde podía llegar su fondo. Hubo ligazón, firmeza y una estructura compacta que reveló a un torero nuevamente asentado sobre sus plantas. La espada, sin embargo, cerró la puerta a un premio mayor. El pinchazo previo y una estocada con escasa eficacia hicieron que aquella primera obra quedara reducida al reconocimiento del público después del aviso.

Pero quizá aquella primera faena fue más importante de lo que decía el marcador. Allí comenzó el verdadero triunfo de Juan de Castilla. Porque antes de conquistar las dos orejas del sexto necesitaba recuperar las sensaciones. Y las encontró en el tercero.

El sexto fue otra historia. De hechuras menos agraciadas, playero y astifino, había protestado en varas y no parecía, sobre el papel, destinado a convertirse en el protagonista de la tarde. Sin embargo, los toros tienen la costumbre de desmontar los pronósticos. Aquel animal, precisamente el menos favorecido en su apariencia, terminó ofreciendo la condición que más necesitaba el torero: humillación y entrega en la embestida.

Y Castilla supo verlo.

Ahí estuvo una de las claves de la tarde. El colombiano no confundió humillación con facilidad. Entendió que detrás de aquella manera de meter la cara había una posibilidad de toreo profundo. Primero le dio distancia con la mano derecha, permitiendo que el animal tomara la muleta y se metiera en ella. Después, cuando llegó la hora de la izquierda, apareció el Castilla que tantas veces ha demostrado que sabe torear cuando consigue sentirse dueño de los tiempos.

La mano baja, el trazo largo y el temple fueron los argumentos de una faena que no necesitó gritos para imponerse. El colombiano se hundió en la arena, acompasó las embestidas y fue construyendo los muletazos desde la paciencia. No se trató simplemente de sacar pases: se trató de gobernar la velocidad del toro. Y ahí apareció una de las verdades más difíciles del toreo: el temple no consiste solamente en llevar despacio al toro, sino en conseguir que la embestida se someta al tiempo del torero.

Castilla lo consiguió.

La faena creció porque el torero dejó de luchar contra el toro y comenzó a dialogar con él. El sexto, que había empezado siendo una incógnita, terminó convertido en el socio perfecto para que el colombiano recuperara su lenguaje. Cada muletazo largo parecía borrar un poco de la incertidumbre acumulada durante los últimos meses. Cada pase ligado devolvía una dosis de confianza. Cada vez que la muleta se presentaba baja y adelantada, el torero parecía recuperar terreno sobre sí mismo.

Y cuando llegó la espada, llegó también la contundencia.

La estocada recibiendo fue el golpe definitivo de una faena que ya había ganado la tarde. La muerte del toro convirtió las sensaciones en trofeos y las emociones en una Puerta Grande. Dos orejas para Castilla, sí, pero sobre todo la confirmación de que aquel torero que había conocido la dureza del toreo seguía intacto en lo esencial.

Por eso sería injusto leer lo ocurrido únicamente desde el resultado. Dos orejas dicen que hubo triunfo; no explican por qué ese triunfo puede tener tanta importancia. La verdadera noticia está en la manera en que Juan de Castilla volvió a construir su tarde: primero desde la prudencia, después desde la confianza y finalmente desde el mando.

Mientras tanto, José Carlos Venegas volvió a demostrar que las corridas de las denominadas duras tienen en él un especialista fiable. Cortó una oreja de su primero después de enfrentarse a un Saltillo que nunca terminó de entregarse por completo, especialmente por el pitón derecho, y que tuvo momentos de mejor condición en los pases de pecho. El jienense pagó incluso con la rotura de la taleguilla la exigencia de la tarde. Su premio tuvo el valor de quien sabe que, ante determinados hierros, el triunfo empieza muchas veces por no ceder terreno.

Distinta fue la batalla de Gómez del Pilar, condenado a lidiar dos animales que exigieron más de lo que concedieron. El segundo de la tarde fue especialmente desasosegante: falto de fijeza, siempre encima del torero y con una embestida que obligaba a tirar de recursos, precisión y valor. El madrileño tuvo que llevarlo muy tapado y tocar con exactitud para evitar que el toro se le viniera encima. En las dos tandas centrales estuvo quizá lo más meritorio de su actuación: aguantar el envite cuando el toro convertía cada muletazo en un latigazo. El premio no llegó, pero el silencio del público no debería ocultar la dimensión del esfuerzo.

El quinto, por su parte, impuso desde su presencia. Serio, hondo, musculado y bien armado, fue de esos toros que obligan al torero a pensar antes de ejecutar. Gómez del Pilar atacó pronto, pero el animal midió, se paró y terminó convirtiendo la faena en una lucha cuesta arriba. No hubo premio, pero sí una constatación: la tarde de Cuéllar no regaló nada a nadie.

Y quizá por eso el triunfo de Juan de Castilla tiene todavía más peso.

Porque en una corrida fácil, dos orejas pueden ser una celebración. En una corrida de Saltillo, frente a toros que obligan a interpretar, corregir, dominar y arriesgar, dos orejas pueden convertirse en una declaración de intenciones. Castilla declaró que está de vuelta. No necesariamente porque haya desaparecido alguna vez, sino porque ayer volvió a mostrar esa versión suya que no necesita que el toro sea perfecto para que aparezca el torero.

Cuéllar volvió a cruzarse en su camino en un momento distinto de su carrera. La primera vez fue una plaza para abrirse paso. Ayer fue una plaza para reencontrarse. La primera vez necesitaba que Cuéllar creyera en él; esta vez necesitaba creer él mismo en Juan de Castilla.

Y eso cambia completamente el significado de una Puerta Grande.

Salir por la puerta grande puede ser el final de una tarde. Lo ocurrido ayer puede ser, en cambio, el comienzo de una nueva etapa. Porque hay triunfos que aumentan el número de orejas y hay otros que devuelven al torero algo que no aparece en ninguna estadística: la seguridad de saber que todavía puede mandar sobre la embestida, dominar sus tiempos y hacer que el toro pase por donde quiere su muleta.

Ayer, en Cuéllar, Juan de Castilla volvió a sentirse torero.

Y cuando un torero recupera esa sensación, las dos orejas son apenas la firma visible de un triunfo mucho más profundo.

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