
17.07.2026 05:26 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
En una noche histórica en Campo Pequeño, Morante de la Puebla y Fermín Bohórquez demostraron que el toreo alcanza su máxima expresión cuando la técnica se convierte en lenguaje artístico. Lisboa no solo asistió a un festejo de categoría; contempló una profunda reflexión viva sobre las distintas dimensiones del arte taurino: la inteligencia, el temple, la reunión, la inspiración y la verdad como fundamentos de una tauromaquia destinada a trascender el tiempo.
Arbeláez - Colombia. Existen plazas donde se celebran corridas de toros y existen escenarios donde la Tauromaquia adquiere categoría de patrimonio espiritual. Campo Pequeño, con su solemnidad arquitectónica, la sensibilidad de su afición y el profundo respeto por cada uno de los tercios, volvió a confirmar que representa uno de los grandes laboratorios artísticos del toreo universal. Allí no basta con cumplir; allí cada actuación es sometida al juicio de una afición que distingue con precisión la diferencia entre ejecutar una suerte y convertirla en una obra de arte.
La apertura de la temporada portuguesa dejó una conclusión que supera ampliamente el resultado estadístico del festejo: la Tauromaquia sigue evolucionando gracias a quienes son capaces de interpretar el toreo desde dimensiones artísticas completamente distintas, pero igualmente trascendentes. En esa construcción sobresalieron dos nombres que, desde especialidades diferentes, terminaron dialogando en un mismo idioma: Morante de la Puebla y Fermín Bohórquez.
Si Bohórquez reivindicó la pureza clásica del rejoneo, Morante volvió a demostrar que el toreo de a pie continúa siendo un territorio donde la imaginación todavía puede descubrir caminos desconocidos.
MORANTE: LA DIMENSIÓN ESTÉTICA QUE TRANSFORMA LA LIDIA EN CREACIÓN
Hablar de Morante de la Puebla ya no consiste únicamente en valorar una faena. Su toreo ha entrado en un estadio donde cada comparecencia invita a analizar la propia naturaleza del arte taurino.
Mientras otros toreros construyen faenas sobre la regularidad de las embestidas, Morante parece alimentarse precisamente de las dificultades que presentan los toros. Su mayor virtud no consiste únicamente en interpretar lo que sucede delante del animal, sino en descubrir posibilidades que permanecen ocultas para cualquier otro lidiador.
Frente a un ejemplar con querencias marcadas y tendencia a desentenderse de la lidia, el sevillano edificó una obra sustentada en la inteligencia técnica, el conocimiento del comportamiento animal y un dominio absoluto de los tiempos del muletazo. Cada pase surgió como consecuencia de una lectura perfecta de la condición del toro, administrando las distancias, los terrenos y los momentos con una sensibilidad extraordinaria. No fue una exhibición de cantidad. Fue una demostración de calidad conceptual.
Los muletazos nacieron donde el toro podía romper hacia adelante, prolongando cada embroque hasta convertir la embestida en una línea continua. El comienzo por alto, el temple administrado junto a tablas, la naturalidad de los remates y la profundidad de cada derechazo construyeron una obra donde la estética jamás apareció desligada de la eficacia.
Ahí reside precisamente una de las grandes dimensiones artísticas de Morante: hacer invisible la enorme complejidad técnica que sostiene cada una de sus creaciones.
LA INSPIRACIÓN TAMBIÉN PUEDE SER UNA DISCIPLINA
Existe una falsa creencia que atribuye exclusivamente a la inspiración los momentos cumbre del torero sevillano.
Sin embargo, lo sucedido en Lisboa demuestra exactamente lo contrario. La inspiración de Morante nace de una preparación intelectual permanente, de una memoria histórica del toreo prácticamente inagotable y de una capacidad única para interpretar la condición específica de cada toro.
Cuando recupera un pase antiguo, cuando remata una serie con una solución inesperada o cuando modifica completamente la estructura tradicional de una faena, no actúa movido por el azar. Construye un discurso artístico perfectamente argumentado. Por eso sus actuaciones producen la sensación de asistir a algo irrepetible. No porque improvise. Sino porque es capaz de reinventar constantemente el lenguaje clásico sin traicionar jamás sus principios fundamentales.
BOHÓRQUEZ: LA DIMENSIÓN CLÁSICA DEL REJONEO
La reaparición de Fermín Bohórquez adquiría una dificultad añadida: enfrentarse a una afición portuguesa que convierte el rigor en una auténtica tradición.
Lejos de dejarse condicionar por ese contexto, el rejoneador jerezano respondió recordando por qué su nombre permanece ligado a algunas de las páginas más brillantes del toreo a caballo contemporáneo.
Su actuación representó una reivindicación de la reunión, la colocación y la precisión como valores irrenunciables del rejoneo clásico.
Cada embroque respondió a una geometría perfectamente calculada, llevando al toro cosido al caballo con la mínima distancia posible y resolviendo las reuniones con absoluta limpieza.
Especial emoción despertó la recuperación de su legendario par a dos manos, ejecutado con una solvencia que demostró que las grandes expresiones del arte ecuestre nunca desaparecen; simplemente esperan el momento adecuado para reaparecer.
Más allá del éxito puntual, Bohórquez recordó que el verdadero rejoneo no consiste únicamente en dominar al toro desde el caballo, sino en conseguir que caballo, jinete y toro formen una única composición artística en movimiento.
DOS LENGUAJES DISTINTOS PARA UN MISMO CONCEPTO DE GRANDEZA
Resulta especialmente revelador comprobar cómo Morante y Bohórquez desarrollan planteamientos aparentemente diferentes que terminan conduciendo a un mismo destino.
Uno trabaja desde la inspiración plástica del toreo a pie. El otro desde la perfección técnica del toreo a caballo. Pero ambos coinciden en un principio esencial: El arte solo alcanza plenitud cuando nace del dominio absoluto de la técnica. No existe improvisación sin conocimiento. No existe emoción sin estructura. No existe belleza sin verdad.
Precisamente esa coincidencia convierte sus actuaciones en una extraordinaria lección sobre las múltiples dimensiones de la Tauromaquia contemporánea.
CAMPO PEQUEÑO VOLVIÓ A EJERCER COMO CAPITAL EMOCIONAL DEL TOREO
El lleno absoluto registrado en Campo Pequeño no únicamente refleja el atractivo del cartel.
Representa la extraordinaria vitalidad de una plaza donde el público continúa entendiendo la Tauromaquia como una manifestación cultural compleja, capaz de reunir tradición, exigencia, sensibilidad y conocimiento.
La presencia de figuras como Antonio Ribeiro Telles, la firmeza demostrada por Tomás Bastos, la bravura aportada por los ejemplares de Murteira Grave y el interesante comportamiento de los toros de Álvaro Núñez terminaron construyendo un festejo de enorme riqueza taurina.
Sin embargo, por encima de los resultados individuales quedó una sensación mucho más profunda.
Lisboa volvió a confirmar que el arte verdadero no entiende de fronteras ni de modalidades.
Porque cuando un torero como Morante de la Puebla convierte la muleta en un instrumento de creación irrepetible y un rejoneador como Fermín Bohórquez rescata la esencia más pura del clasicismo ecuestre, la Tauromaquia deja de ser únicamente un espectáculo para convertirse en una manifestación artística de dimensión universal.
Y esa, precisamente, fue la gran enseñanza que dejó Campo Pequeño: las grandes figuras no solo triunfan; amplían los límites del arte y obligan a replantear hasta dónde puede llegar la emoción cuando técnica, inspiración y verdad caminan unidas en el ruedo.








