Morante Incendia Jerez

Morante Incendia Jerez

16.05.2026  03:23 p.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

La Feria del Caballo de Jerez de la Frontera cerró con una corrida de enorme contenido artístico y taurino, marcada por la obra magistral de Morante de la Puebla, la solidez y el oficio de José María Manzanares y la pureza expresiva de Juan Ortega, frente a un encierro de Álvaro Núñez que ofreció bravura, matices y emoción en una tarde de gran dimensión taurina.

Arbeláez - Colombia. La plaza de toros de Plaza de toros de Jerez de la Frontera vivió una de esas tardes que trascienden el resultado estadístico para instalarse en la memoria colectiva de la afición. El cierre de la Feria del Caballo 2026 dejó mucho más que trofeos; dejó una auténtica lección de interpretación del toro bravo, sensibilidad artística y dominio de los terrenos.

El encierro de Álvaro Núñez tuvo el mérito de exigir constantemente a los toreros. No fue una corrida cómoda ni lineal. Hubo toros nobles, otros encastados, uno claramente manso y un sexto ejemplar bravo y completo que elevó el nivel del festejo. Precisamente ahí radicó la importancia de la tarde: cada espada debió resolver problemas distintos desde su propio concepto del toreo.

LA DIMENSIÓN ARTÍSTICA DE MORANTE

Si hubo un nombre que terminó monopolizando el ambiente de Jerez fue el de Morante de la Puebla. El sevillano firmó una actuación de inspiración superior, especialmente frente al cuarto toro, donde construyó una faena fuera de cualquier libreto convencional.

Desde el inicio entendió que el toro exigía inteligencia antes que imposición. El animal, manso pero encastado, salía suelto de los engaños y obligaba a un planteamiento de máxima paciencia. Ahí apareció el Morante más profundo y más torero. Toda la obra transcurrió prácticamente en tablas, dominando las distancias mínimas, jugando con los vuelos de la muleta y enseñando a embestir al toro sin violencia.

La grandeza de la faena estuvo en la manera de someter al animal desde la suavidad. Morante no peleó con el toro; lo convenció. Cada muletazo tuvo intención, pausa y una colocación milimétrica. El sevillano toreó con el pecho por delante, cargando la suerte y llevando las embestidas cosidas a la franela con un temple extraordinario.

Cuando la faena alcanzó la zurda, la plaza entró en ebullición. Surgieron naturales de enorme profundidad, cargados de misterio y abandono, de esos que sólo aparecen cuando el torero entra en un estado de inspiración absoluta. Jerez rugía mientras Morante esculpía el toreo sobre un palmo de terreno, ralentizando las embestidas hasta convertirlas en pura expresión artística.

La obra tuvo además un enorme trasfondo técnico. El cigarrero entendió perfectamente las querencias del toro, nunca lo obligó fuera de sus posibilidades y administró las alturas con sabiduría. Ahí estuvo la diferencia entre una figura histórica y un torero convencional.

Pero el sevillano ya había dejado muestras de su dimensión en el primero de la tarde. Frente a un toro noble pero justo de poder, realizó un recibo capotero sencillamente antológico. Las verónicas ganando terreno y el quite por delantales tuvieron aroma de toreo eterno. Más tarde, con la muleta, apostó por el valor sereno y el temple largo para sostener una embestida que se agotaba rápidamente.

Aunque el toro carecía de transmisión, Morante estuvo muy por encima de las condiciones del animal, exponiendo siempre y encontrando muletazos de enorme mérito en terrenos comprometidos.

LA SOLVENCIA Y EL GOBIERNO DE MANZANARES

La tarde de José María Manzanares confirmó nuevamente la importancia de la madurez y el oficio dentro de la tauromaquia contemporánea. El alicantino no se dejó llevar por la improvisación; construyó cada faena desde la inteligencia y la precisión técnica.

Su primero fue un toro encastado que fue creciendo en transmisión conforme avanzaba la lidia. Manzanares tuvo la virtud de entenderlo desde el principio. Lo llevó siempre toreado, sin brusquedades, administrando alturas y tiempos para afianzar la embestida.

La faena se edificó principalmente sobre la mano derecha, donde el torero encontró largura y profundidad. Las tandas finales tuvieron gran ligazón, temple y empaque, conectando con fuerza en los tendidos por su limpieza y rotundidad.

Además, toda la labor estuvo marcada por la torería clásica que caracteriza al alicantino: firmeza de plantas, verticalidad y un concepto elegante del toreo fundamental. La estocada, ejecutada con pureza, terminó rubricando una obra de notable peso específico.

Con el quinto, posiblemente el toro más deslucido del encierro, apareció el Manzanares más firme y poderoso. El animal no regaló absolutamente nada. Se quedaba corto, se defendía y buscó las zapatillas en varias ocasiones.

Lejos de descomponerse, Manzanares tiró de oficio y capacidad lidiadora, apostando por el pitón derecho pese a las dificultades iniciales. La faena tuvo un mérito enorme porque se sostuvo sobre la autoridad del torero y no sobre la condición del toro.

El alicantino terminó imponiéndose gracias a dos tandas finales de gran contundencia, ligadas y mandonas, rematadas con un pase de pecho de extraordinaria torería que terminó de convencer al público jerezano.

LA SENSIBILIDAD DE ORTEGA ANTE LOS MATICES DEL TORO BRAVO

Por su parte, Juan Ortega dejó una actuación marcada por la sensibilidad, el gusto y la capacidad de interpretar los matices del encierro de Álvaro Núñez.

El sevillano tuvo enfrente un lote muy distinto entre sí. El tercero presentó complicaciones evidentes: poca continuidad, tendencia a quedarse corto y brusquedad al final de los muletazos. Aun así, Ortega dejó momentos de enorme belleza.

El inicio de faena fue sencillamente magistral. Los ayudados por alto y los pases por bajo tuvieron una lentitud y una estética deslumbrantes, marcando desde el comienzo el tono artístico de la obra. Aunque el toro nunca terminó de entregarse, Ortega logró naturales aislados de exquisita factura y una tanda final por derechazos muy ligada que despertó con fuerza a los tendidos.

Sin embargo, fue en el sexto donde apareció el Ortega más completo y rotundo. Desde el saludo capotero quedó clara la comunión con el toro. Las verónicas tuvieron largura, suavidad y cadencia, rematadas con adornos de enorme plasticidad.

El quite posterior fue otra demostración de inspiración: tafalleras, cordobinas y una revolera ejecutadas cargando la suerte y con absoluto sentido del ritmo taurino.

Ya con la muleta, Ortega entendió perfectamente las exigencias del bravo sexto. El toro pedía temple, mano baja y continuidad. Y el sevillano respondió con una faena de enorme pureza conceptual.

Los naturales surgieron profundos, ligados y ralentizados, toreando muy despacio y llevando siempre al toro cosido a la muleta. Ortega no buscó el efectismo; buscó la verdad del toreo clásico, y por momentos la encontró con una autenticidad conmovedora.

UNA TARDE QUE REIVINDICÓ LA GRANDEZA DEL TOREO

La corrida de Jerez dejó también una reflexión importante sobre la dimensión cultural y artística de la tauromaquia. Cuando el toro bravo ofrece contenido y los toreros se comprometen con autenticidad, el espectáculo alcanza una profundidad difícil de igualar.

Morante de la Puebla representó el misterio y la genialidad irrepetible; José María Manzanares, la solidez y el dominio técnico; y Juan Ortega, la sensibilidad estética y el temple como forma de expresión.

Enfrente, la corrida de Álvaro Núñez aportó emoción, variedad y exigencia, ingredientes indispensables para que la tauromaquia alcance su máxima dimensión.

La Feria del Caballo 2026 cerró así con una tarde de fuerte contenido taurino, artístico y emocional. Una corrida que no será recordada únicamente por las orejas concedidas, sino por haber mostrado, en toda su amplitud, la eterna capacidad del toreo para emocionar, conmover y convertir la bravura del toro en arte verdadero.

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