Nimes: Hablando de Verdad Cerró

Nimes:  Hablando de Verdad Cerró

26.05.2026  11:05 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

La Feria de Pentecostés de Feria de Pentecostés de Nimes 2026 encontró en su última corrida una conclusión mucho más profunda que el simple balance de trofeos. La corrida de Pedraza de Yeltes obligó a los toreros a sostener la tarde desde la técnica, el oficio y la capacidad de construir emoción donde casi nunca hubo entrega plena del toro. Borja Jiménez y Clemente dejaron un cierre de feria que terminó hablando de autenticidad, capacidad lidiadora y madurez conceptual.

Arbeláez - Colombia. La última tarde de la Feria de Pentecostés de Nimes no se sostuvo desde la espectacularidad fácil ni desde el triunfalismo estadístico. Fue una corrida áspera en el fondo, exigente desde la condición de los animales y tremendamente reveladora sobre el momento que atraviesan dos toreros capaces de interpretar el toreo desde lugares muy distintos, pero unidos por una misma idea: no dejarse devorar por la falta de transmisión del encierro.

La corrida de Pedraza de Yeltes tuvo más complejidad que brillantez. Hubo movilidad intermitente, poco fondo en varios turnos y una evidente tendencia de algunos toros a apagarse demasiado pronto. Eso obligó a que la responsabilidad artística recayera casi por completo en los lidiadores. Ahí estuvo precisamente la importancia de la tarde: la feria cerró mostrando que el toreo verdadero comienza cuando el matador debe inventarse la emoción.

Desde esa lectura, el nombre de Borja Jiménez volvió a dejar una sensación de solidez competitiva extraordinaria. Su primero, manejable pero escaso de transmisión, exigía estructura, firmeza y una administración inteligente de los tiempos para mantener el interés de la faena. El sevillano entendió rápido que el toro no iba a regalar nada y decidió poner él mismo la intensidad emocional que faltaba en la embestida. Las tandas diestras tuvieron ajuste y largura, pero sobre todo tuvieron intención, algo fundamental cuando el enemigo no termina de romper hacia adelante. La oreja no llegó únicamente por la espada eficaz, sino por la capacidad de sostener el pulso de la obra sin materia prima rotunda.

Más reveladora todavía resultó su actuación frente al tercero y, especialmente, frente al quinto. Allí apareció el Borja más maduro, el torero que ya no depende exclusivamente de la explosión emocional sino de la inteligencia taurina. El tercero se vino abajo demasiado rápido y dejó una lidia deslucida en apariencia, pero técnicamente importante. Hubo que administrar alturas, distancias y terrenos para robar muletazos aislados de enorme mérito. Fue una faena silenciosa desde el tendido, pero rica en contenido para quien entiende la dimensión exacta del esfuerzo que suponía mantener en pie aquella embestida.

Con el quinto apareció quizá el momento taurino más serio de su actuación. El toro tenía más fondo y el sevillano lo percibió de inmediato. Hubo acople, hubo gobierno de la embestida y hubo continuidad. Por momentos la faena encontró esa ligazón que transforma el muletazo de recurso en expresión artística. Especialmente por el pitón derecho, Borja consiguió llevar al animal cosido a la tela con una cadencia mucho más limpia que en sus turnos anteriores. Sin embargo, la espada le negó un triunfo mayor y dejó todo reducido a una vuelta al ruedo que, lejos de sonar a premio menor, terminó teniendo aroma de reconocimiento profundo a una tarde de enorme compromiso técnico.

Pero si la corrida encontró una dimensión emocional distinta fue gracias a Clemente. El francés entendió perfectamente el contexto de la tarde: no podía esperar que los toros construyeran el espectáculo; debía construirlo él mismo desde la sensibilidad y el temple.

Su primero fue un sobrero incómodo, violento y con tendencia permanente a defenderse soltando la cara. Muchos se habrían entregado al desorden o al desencanto. Clemente eligió otro camino: ofrecer suavidad. Aquello tuvo enorme mérito porque el torero jamás perdió la compostura pese a la brusquedad del animal. La faena no alcanzó vuelo artístico, pero sí dejó una impresión muy poderosa de firmeza mental y responsabilidad profesional.

El cuarto apenas tuvo duración ni entrega. Sin embargo, ahí apareció un detalle fundamental que muchas veces separa a los toreros importantes de los simplemente efectistas: Clemente no abrevió ni se desentendió del problema. Intentó construir la embestida, dio tiempo al toro, probó alturas distintas y buscó muletazos aislados donde prácticamente no existía recorrido. Fue una labor sin premio, aunque enormemente significativa para entender su evolución.

Y entonces llegó el sexto. El último toro de la feria terminó siendo también el símbolo perfecto de la tarde: un animal manejable, pero que exigía precisión absoluta para romper hacia adelante. Clemente lo entendió con claridad. Comenzó a templar la embestida desde el toque suave y poco a poco consiguió algo que había faltado durante buena parte del festejo: continuidad emocional.

Las series diestras tuvieron largura, ajuste y sobre todo ritmo interno. El francés logró que el toro viajara más sometido y más entregado de lo que parecía posible al inicio de la faena. Hubo un cambio de mano ejecutado con una lentitud exquisita que terminó por incendiar el coliseo romano. No fue solamente un gesto estético; fue la demostración de que el torero había conseguido dominar el tiempo de la embestida. Ahí apareció el momento más rotundo del cierre ferial.

La estocada, prácticamente entera y recibiendo arriba, terminó de consolidar una oreja de enorme peso simbólico. Porque más allá del trofeo, Clemente dejó la sensación de haber encontrado en Plaza de toros de Nimes una dimensión artística mucho más madura, más consciente y más profunda.

Así terminó la Feria de Pentecostés: sin una salida grande multitudinaria, pero con algo quizás más importante para la tauromaquia contemporánea. Terminó reivindicando el valor del oficio, la inteligencia lidiadora y la capacidad de emocionar incluso cuando la bravura aparece apenas a retazos. En tiempos donde muchas tardes dependen exclusivamente del resultado numérico, Feria de Pentecostés de Nimes 2026 cerró recordando que el toreo auténtico sigue naciendo, sobre todo, de la dificultad.

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