Óbito: ¡Adiós, José María!

Óbito: ¡Adiós, José María!

02.09.2026  07:44 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

Fusagasugá despide hoy, con el corazón enlutado y la memoria puesta en los ruedos, a José María Herrera Caicedo, taurino de convicción y hermano del reconocido torero fusagasugueño Jorge Herrera. Su partida, ocurrida en Cartagena después de afrontar quebrantos de salud, enluta a una familia de profunda tradición y deja entre los aficionados el recuerdo de un hombre que hizo de la fiesta brava una pasión de vida.

Arbeláez – Colombia. Hoy, cuando el clarín del recuerdo vuelve a sonar, Fusagasugá se viste de silencio para despedir a uno de los suyos. José María Herrera Caicedo regresa simbólicamente a la tierra que lo vio nacer, para cerrar allí, entre familiares, amigos y aficionados, la faena de una vida marcada por el cariño a su familia y una inquebrantable pasión por la fiesta brava.

UNA ÚLTIMA FAENA BAJO EL CIELO DE LA ETERNIDAD

Hay despedidas que no se escriben únicamente con palabras. Algunas necesitan el silencio de una plaza después del último clarín, el respeto de los tendidos puestos en pie y esa emoción profunda que se apodera del aficionado cuando comprende que acaba de concluir una faena irrepetible.

Hoy, 2 de septiembre, la vida taurina y familiar de Fusagasugá vuelve la mirada hacia uno de sus hijos para acompañarlo en sus honras fúnebres. Se trata de José María Herrera Caicedo, quien falleció en la ciudad de Cartagena, donde había establecido su residencia desde hacía varios años, luego de afrontar quebrantos de salud.

José María perteneció a una familia de reconocida tradición en Fusagasugá, tierra a la que estuvo profundamente ligado desde sus primeros años. Aunque las circunstancias de la vida lo llevaron lejos de la ciudad que siempre llevó consigo, su vínculo afectivo con la llamada Ciudad Jardín permaneció intacto. Hoy, precisamente, es esa tierra de sus amores la que recibe su memoria y la transforma en recuerdo permanente.

Pero hablar de José María sin hablar del toro sería dejar incompleta su historia.

Porque José fue taurino de verdad. No de los que observan la fiesta desde la barrera únicamente cuando llega el festejo, sino de aquellos aficionados que convierten la tauromaquia en conversación, sentimiento, controversia, defensa y forma de entender la vida. El mundo de los toros ocupó durante décadas un lugar privilegiado en su existencia.

Fue un hombre de carácter definido, generoso en el trato, apasionado en sus convicciones y dispuesto siempre a dar la cara por aquello que consideraba justo dentro de la fiesta. Su manera de vivir la tauromaquia no admitía medias tintas: cuando había que defenderla, salía al ruedo de la opinión con la misma determinación con la que un torero se planta frente al burel.

Podía generar debate, provocar conversación y sostener con firmeza sus posiciones, pero detrás de aquella personalidad franca y directa existía algo que difícilmente podía ponerse en duda: su amor auténtico por el toro y por todo cuanto representa la cultura taurina.

UNA FAMILIA MARCADA POR LA TAUROMAQUIA

El apellido Herrera tiene además un capítulo especialmente significativo en la historia taurina de Fusagasugá. José María fue hermano de Jorge Herrera, torero fusagasugueño de reconocida trayectoria, circunstancia que hizo todavía más estrecho su vínculo con los ruedos.

Desde esa cercanía familiar, José conoció de primera mano los sacrificios, ilusiones, incertidumbres y emociones que acompañan a quienes deciden ponerse delante de un toro. Y aunque no fuera él quien empuñara el capote para ejecutar una verónica ni quien tomara la muleta para buscar la embestida por el pitón contrario, vivió la tauromaquia con la intensidad de quien entiende que la fiesta también se siente desde la barrera, desde la conversación entre aficionados y desde la defensa permanente de sus valores.

Por eso su partida tiene hoy una lectura especial para quienes conocieron esa faceta suya. Se marcha un hombre, pero queda el aficionado cabal, el conversador taurino, el defensor apasionado de una tradición y el integrante de una familia que ha estado vinculada a la cultura del toro.

CARTAGENA FUE SU ÚLTIMO RUEDO

El destino quiso que sus últimos años transcurrieran en Cartagena. Allí, lejos de Fusagasugá, se produjo su fallecimiento como consecuencia de los quebrantos de salud que venía afrontando.

La distancia geográfica, sin embargo, no puede borrar las raíces. Hay lugares que uno habita y otros que uno lleva dentro. Para José María, Fusagasugá fue siempre ese segundo territorio: el de los recuerdos, la familia, las tradiciones y los afectos que ni el paso del tiempo ni los kilómetros consiguieron apagar.

Y ahora, en una suerte de último viaje, su nombre regresa simbólicamente a esa tierra que lo vio nacer, aunque las circunstancias no permitieran que fuera allí donde concluyera su existencia.

HOY SE CUMPLEN SUS HONRAS

El cartel que anuncia sus exequias marca el momento definitivo de esta despedida. La ceremonia religiosa está prevista para este miércoles 2 de septiembre, a las 11:00 de la mañana, en la Iglesia Nuestra Señora de Belén, en Fusagasugá, después de la velación realizada en la Funeraria Pompas Fúnebres La Paz.

Posteriormente, sus restos serán conducidos al cementerio de Fusagasugá, Nuestra Señora de Belén, donde tendrá lugar su inhumación.

Y allí, frente al silencio solemne de quienes llegan a despedirlo, la metáfora taurina adquiere toda su dimensión: José María llega al último tercio de su existencia.

Ya no habrá que buscar la mejor colocación en el ruedo ni esperar el momento preciso para una nueva embestida. No habrá clarines anunciando el siguiente tercio. La faena terrenal ha terminado.

Queda, entonces, la memoria.

VUELTA AL RUEDO EN HOMBROS

Si la vida de un taurino pudiera despedirse como se despide una gran faena, José María merecería hoy una de esas salidas que solamente reciben quienes dejaron huella en los tendidos.

Una vuelta al ruedo imaginaria, pero profundamente sentida.

Los sombreros al aire.

Los claveles rojos cayendo sobre la arena.

Las mantillas acompañando el silencio.

Las lágrimas de las Manolas.

La cuadrilla reunida en respeto.

Y una ovación larga, sonora y sincera desde los tendidos celestiales.

Porque hay aficionados que no necesitan haber vestido el traje de luces para comprender la grandeza de una plaza. Hay quienes llevan la tauromaquia en la conversación, en la sangre familiar, en la defensa de una tradición y en esa emoción inexplicable que produce escuchar un clarín antes de que aparezca el toro.

José María fue uno de ellos.

Y quizá por eso su despedida pueda imaginarse también como un ofrecimiento final a la Virgen de la Macarena, patrona de tantas ilusiones taurinas y figura inseparable del imaginario de los hombres de la fiesta. Ante ella, en ese ruedo definitivo donde ya no existen dolores ni quebrantos, José María emprendería su última faena con la serenidad de quien ha cumplido su tiempo en la arena.

LA AFICIÓN NO OLVIDA

En el mundo taurino existe una verdad que trasciende temporadas, carteles y plazas: el aficionado puede desaparecer físicamente, pero nunca abandona del todo los tendidos.

Permanece en las conversaciones de quienes lo conocieron, en las anécdotas compartidas, en las discusiones sobre toros y toreros, en los recuerdos de una época y, sobre todo, en la pasión que consiguió transmitir a quienes alguna vez se sentaron a escucharlo.

Ese será también el legado de José María Herrera Caicedo.

Hoy Fusagasugá baja simbólicamente el volumen de sus tendidos para despedirlo. La familia recibe el abrazo de quienes comparten su dolor y la afición taurina reconoce la pérdida de uno de los suyos.

Que suene el clarín por última vez. Que se abra la puerta grande del cielo y que José María emprenda esa última salida en hombros, acompañado por los recuerdos de su Fusagasugá querida, por el cariño de los suyos y por la pasión taurina que lo acompañó durante toda su vida.

La arena queda vacía, pero la memoria permanece.

A su esposa Cecilia Vergara, a su hijo César Rodrigo Herrera, a sus nietos, hermanos, sobrinos y demás familiares, llegue nuestra más sentida voz de solidaridad y condolencia.

Descansa en paz, José María. La afición te despide con el pañuelo blanco en alto.

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