
07.09.2026 12:00 p.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
El periodismo colombiano despide a Juan Guillermo Ríos y Darío Silva-Silva, dos hombres que hicieron de la palabra un oficio, una vocación y una forma de dejar huella en la memoria del país. Sus muertes, ocurridas este 6 de septiembre de 2026, enlutan a generaciones de comunicadores y recuerdan que algunas voces, aunque abandonen para siempre los micrófonos y las cámaras, continúan hablando desde la memoria colectiva.
Arbeláez – Colombia. Hay jornadas en las que una profesión entera parece quedarse sin palabras. Este 6 de septiembre de 2026 es una de ellas para el periodismo colombiano. En cuestión de horas, el país conoció la partida de Juan Guillermo Ríos y Darío Silva-Silva, dos figuras de enorme trayectoria que, desde escenarios diferentes, hicieron de la comunicación una parte esencial de sus vidas. La coincidencia de sus fallecimientos convierte esta fecha en una jornada especialmente dolorosa para quienes entienden el periodismo no solamente como una ocupación, sino como un oficio de responsabilidad pública, memoria y servicio.
La noticia tiene, además, una particular resonancia cuando se mira desde el lenguaje de la tauromaquia. El periodismo, como el toreo, exige preparación, temple, conocimiento del terreno, capacidad para interpretar los movimientos del adversario y, sobre todo, valor para permanecer en la arena cuando las circunstancias se tornan difíciles. Juan Guillermo Ríos y Darío Silva-Silva fueron dos protagonistas de diferentes ruedos de la comunicación colombiana, cada uno con su estilo, sus convicciones, sus momentos de triunfo y también con las dificultades propias de una profesión ejercida durante décadas turbulentas de la historia nacional.
En la plaza del periodismo colombiano queda hoy un silencio profundo. No porque la profesión haya perdido su voz, sino porque han partido dos hombres que ayudaron a construir parte de la historia de esa voz colectiva. Sus nombres están vinculados a épocas en las que la radio y la televisión tenían una capacidad extraordinaria para reunir al país alrededor de una noticia, cuando un periodista podía convertirse en una presencia familiar dentro de millones de hogares y cuando la palabra pronunciada desde un micrófono tenía un peso social difícil de comparar con el actual universo fragmentado de las plataformas digitales.
JUAN GUILLERMO RÍOS: UNA VOZ QUE LLEGÓ A MILLONES DE COLOMBIANOS
Juan Guillermo Ríos nació en Medellín en 1951 y comenzó su carrera periodística en 1970, vinculado a Caracol Radio. Con el paso de los años transitó por diferentes medios y espacios de comunicación, hasta convertirse en una de las figuras más recordadas de la televisión informativa colombiana. Su nombre quedó especialmente ligado al histórico Noticiero de las 7, programa que dirigió y presentó durante una época en la que la televisión nacional tenía una capacidad de convocatoria que hoy resulta difícil de imaginar.
Aquella televisión tenía pocos canales y no existían las redes sociales ni la comunicación instantánea que caracteriza al presente. La noticia llegaba a los hogares a una hora determinada y millones de personas se reunían frente a la pantalla para conocer lo ocurrido durante la jornada. En ese escenario, Ríos alcanzó niveles de audiencia extraordinarios, superiores al 70 % y reportados por algunas fuentes por encima del 75 %, convirtiéndose en uno de los rostros periodísticos más reconocibles de aquella generación.
Su importancia no se explica únicamente por las cifras de audiencia. Detrás de aquellos números había una relación de confianza entre el periodista y el público. Ríos logró convertirse en una presencia cotidiana dentro de los hogares colombianos, y su manera de presentar las noticias terminó asociándose con una época en la que la televisión desempeñaba un papel central en la formación de la opinión pública.
Su carrera, además, fue mucho más extensa que su paso por el Noticiero de las 7. Trabajó en radio y televisión, estuvo vinculado a medios como Caracol Radio, Caracol Televisión y Revista Semana, dirigió las emisoras de la Policía Nacional y posteriormente estuvo al frente de Noticias de Radio Santa Fe. También ejerció como profesor universitario y asesor de comunicaciones de ministros y gobiernos, extendiendo así su experiencia más allá de los estudios de televisión y las cabinas de radio.
En términos taurinos, podría decirse que Ríos conoció prácticamente todos los tercios de una larga corrida profesional. Estuvo frente a las cámaras, detrás de los micrófonos, en la dirección de medios, en la formación de nuevos periodistas y en el asesoramiento comunicativo de importantes instituciones. Su recorrido revela la dimensión de una generación que aprendió el oficio en tiempos en los que la experiencia, la intuición y el contacto directo con la realidad eran herramientas fundamentales para ejercer el periodismo.
UNA VIDA QUE TAMBIÉN CONOCIÓ LA CORNADA
La trayectoria de Juan Guillermo Ríos no estuvo marcada solamente por los éxitos profesionales. Su vida también estuvo atravesada por episodios de enorme dificultad. En la década de 1990 enfrentó un cáncer que puso en riesgo su existencia y consiguió sobreponerse a una enfermedad que lo llevó a atravesar momentos especialmente complejos.
Aquella experiencia añade otra dimensión a su historia. Porque si algo enseña la tauromaquia es que el valor no consiste en desconocer el peligro, sino en saber enfrentarlo. Ríos conoció sus propias cornadas de la vida y tuvo la capacidad de levantarse para continuar su camino. Esa resistencia terminó siendo también parte de la historia que dejó entre quienes lo conocieron y siguieron su trayectoria.
Su muerte, ocurrida este domingo en Medellín, fue confirmada por su hijo, el periodista Andrés Ríos. Las informaciones difundidas por medios nacionales señalan que el comunicador atravesaba diferentes problemas de salud y murió acompañado por sus seres queridos. Tenía 75 años según los reportes de Caracol Radio y otras publicaciones que reseñaron su fallecimiento.
Hay algo especialmente simbólico en recordar ahora una de las expresiones que identificaron su paso por la televisión. Durante años, al terminar sus emisiones, Ríos acostumbró despedirse de los televidentes con un mensaje que terminó formando parte de su identidad pública: “paz, amor y buen genio”.
Hoy esas palabras adquieren una resonancia distinta. El hombre que durante años las pronunció para cerrar la jornada informativa ya no está frente a las cámaras, pero su despedida permanece como parte de la memoria sentimental de quienes alguna vez lo escucharon. El periodista cerró definitivamente su transmisión, pero dejó grabada una voz que pertenece ya a la historia de la televisión colombiana.
DARÍO SILVA-SILVA: DEL RUEDO PERIODÍSTICO AL PÚLPITO
Mientras el país comenzaba a conocer la noticia de la muerte de Ríos, otra figura de gran trayectoria también emprendía su último viaje. Darío Silva-Silva, nacido en Tarqui, Huila, en 1938, falleció a los 88 años. Su vida tuvo una característica singular: comenzó y se desarrolló durante décadas en el periodismo, pero posteriormente tomó un camino profundamente ligado a la fe cristiana, la teología y la formación espiritual.
Antes de convertirse en pastor y fundador de Casa Sobre la Roca, Silva-Silva ejerció durante cerca de tres décadas el periodismo político en Colombia. Su trayectoria estuvo relacionada con la radio y la televisión y ocupó posiciones de relevancia dentro de los medios. En RCN Radio cubrió acontecimientos de enorme trascendencia nacional, entre ellos la toma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero, dos episodios que marcaron profundamente la historia contemporánea del país.
Su trabajo periodístico también recibió reconocimiento. En 1987 compartió con Francisco Tulande el Premio Simón Bolívar en la categoría de investigación radial por el trabajo La otra Colombia en Nueva York. Ese reconocimiento constituye una muestra de la dimensión que alcanzó su ejercicio profesional antes de emprender una transformación radical en su vida.
Pero en 1987 ocurrió el cambio de rumbo. Silva-Silva abandonó el ejercicio tradicional del periodismo y dedicó su vida al ministerio cristiano. Junto con su esposa, Esther Lucía Ángel, fundó en Bogotá la iglesia Casa Sobre la Roca, inicialmente con un grupo de 72 personas. Con el paso de los años, aquella pequeña comunidad se convirtió en una organización de considerable presencia nacional e internacional.
UN CAMBIO DE TERCIO, PERO NO DE VOCACIÓN
La historia de Darío Silva-Silva tiene una lectura particularmente interesante desde la perspectiva de la comunicación. No dejó de ser un hombre de la palabra cuando abandonó el periodismo; cambió el escenario desde el cual utilizaba esa palabra. Pasó de las salas de redacción, los micrófonos y la cobertura de acontecimientos políticos al púlpito, la escritura religiosa, la enseñanza bíblica y el acompañamiento espiritual.
Fue, en cierto sentido, un verdadero cambio de tercio. El periodista que había pasado décadas preguntando, investigando y contando los acontecimientos de Colombia comenzó a dedicar su voz a interpretar la existencia desde una perspectiva espiritual. El micrófono siguió siendo una herramienta, pero la finalidad había cambiado.
Durante décadas estuvo al frente de Casa Sobre la Roca y desarrolló una extensa labor como pastor, escritor, teólogo y evangelista. La congregación destacó, tras conocerse su muerte, su dedicación a la enseñanza y al acompañamiento espiritual de miles de familias en Colombia y otros lugares del mundo.
Su vida demuestra que una vocación comunicativa puede cambiar de escenario sin perder su esencia. El periodista y el pastor fueron dos facetas de un mismo hombre acostumbrado a comprender que la palabra tiene consecuencias y que una voz puede influir profundamente en quienes la escuchan.
DOS PERIODISTAS, DOS DESTINOS Y UNA MISMA HUELLA
La muerte casi simultánea de Juan Guillermo Ríos y Darío Silva-Silva genera una coincidencia que trasciende el dato cronológico. Ambos pertenecieron a una generación de comunicadores que ejerció el periodismo cuando la radio y la televisión constituían grandes escenarios de encuentro nacional. Ambos conocieron el poder de una audiencia masiva y ambos comprendieron que detrás de cada noticia existían seres humanos, conflictos, esperanzas y tragedias.
Sin embargo, sus caminos terminaron siendo diferentes. Ríos permaneció ligado al periodismo y a la formación de nuevas generaciones de comunicadores, mientras Silva-Silva tomó la decisión de abandonar los medios para concentrarse en una misión religiosa. Uno continuó toreando en la plaza informativa; el otro cambió de ruedo y encontró en la fe el escenario para continuar ejerciendo su capacidad de comunicación.
La diferencia de sus caminos no disminuye la importancia de ninguno. Por el contrario, permite comprender la amplitud de lo que significa dejar una huella en la comunicación. El legado de un periodista no se mide solamente por la cantidad de noticias que contó, sino por la manera como consiguió permanecer en la memoria de quienes lo escucharon.
Y tanto Juan Guillermo Ríos como Darío Silva-Silva consiguieron algo que ningún archivo digital puede garantizar: permanecer en la memoria humana.
EL PERIODISMO COLOMBIANO PIERDE PARTE DE SU MEMORIA
La partida de estos dos hombres también obliga a mirar hacia una época que poco a poco se convierte en historia. La generación de Ríos y Silva-Silva ejerció su profesión en un país atravesado por violencia, desigualdad, transformaciones políticas y profundas crisis sociales. Fueron años en los que contar la realidad colombiana significaba, muchas veces, enfrentarse a acontecimientos que desbordaban cualquier guion.
En ese contexto, el periodista tenía que aprender a caminar por terrenos difíciles, a distinguir la información de la propaganda, a preguntar cuando otros preferían guardar silencio y a sostener la responsabilidad de comunicar incluso cuando la realidad era dolorosa.
Esa es quizás una de las grandes lecciones que dejan ambos. El periodismo puede cambiar de tecnologías, plataformas y formatos, pero su esencia continúa siendo la misma: buscar la verdad, comprender la realidad y ponerla al servicio de una sociedad que necesita estar informada.
Hoy existen redes sociales, transmisiones en directo, inteligencia artificial y millones de fuentes compitiendo por la atención del público. Pero ninguna tecnología reemplaza completamente el criterio, la ética, la experiencia y la responsabilidad de quien cuenta una historia.
Por eso la muerte de figuras como Ríos y Silva-Silva debe ser también una oportunidad para recordar el valor del oficio. Las nuevas generaciones de periodistas reciben una herencia que no está únicamente en los archivos, sino en las experiencias de quienes abrieron camino antes de que existiera el ecosistema digital que hoy parece dominarlo todo.
CUANDO LLEGA EL ÚLTIMO TERCIO
En una corrida, el último tercio concentra una enorme carga simbólica. Es el momento en que el torero enfrenta la parte definitiva de la faena y debe demostrar aquello que ha construido durante toda la tarde. Después llega el silencio, la reflexión y, finalmente, la memoria de lo ocurrido en la plaza.
Con Juan Guillermo Ríos y Darío Silva-Silva sucede algo parecido. Sus faenas profesionales han llegado al final, pero la historia de sus vidas permanece abierta en la memoria de Colombia.
Ríos deja el recuerdo de aquella televisión que consiguió reunir a millones de personas alrededor de una pantalla, de sus años en la radio, de su trabajo en distintos medios, de su labor académica y de su capacidad para superar momentos personales extraordinariamente difíciles.
Silva-Silva deja el recuerdo de un periodista que cubrió algunos de los episodios más dolorosos de Colombia, que recibió reconocimiento por su trabajo investigativo y que posteriormente transformó radicalmente su existencia para dedicarse al ministerio cristiano y fundar una congregación que alcanzó presencia internacional.
Dos faenas distintas, pero igualmente trascendentes. Dos hombres que conocieron la plaza, sintieron la presión de la audiencia y comprendieron el poder de una voz.
LA ÚLTIMA OVACIÓN
Colombia despide a Juan Guillermo Ríos y Darío Silva-Silva en una jornada que quedará registrada en la memoria del periodismo nacional. Sus muertes no significan solamente el final de dos vidas largas y productivas; representan también la despedida de dos protagonistas de una generación que ayudó a construir la comunicación moderna del país.
El periodismo está acostumbrado a contar las despedidas de los demás. Esta vez le corresponde contarse a sí mismo una de sus páginas más dolorosas. Hoy las cámaras, los micrófonos, las redacciones y las cabinas de radio parecen guardar un minuto de silencio por dos hombres que durante décadas hicieron parte del paisaje informativo y cultural de Colombia.
En lenguaje taurino, quizá no haya mejor manera de entender este momento que hablando de una faena cumplida. Cada uno enfrentó sus propios toros, conoció la exigencia de la plaza, recibió el reconocimiento del público y atravesó momentos en los que la vida misma pareció ponerlos contra las tablas.
Ahora llega la hora de la memoria.
Juan Guillermo Ríos se marcha dejando detrás una trayectoria de más de cinco décadas y la imagen de un periodista que convirtió la televisión en un punto de encuentro para millones de colombianos. Darío Silva-Silva se marcha después de haber recorrido un camino singular que comenzó en el periodismo, pasó por la investigación y la radio, y terminó convirtiéndose en una extensa obra espiritual y religiosa.
El país queda con sus recuerdos, sus enseñanzas y sus historias. Queda también con la responsabilidad de conservar la memoria de quienes, desde distintos lugares, contribuyeron a contar lo que Colombia era y lo que Colombia estaba viviendo.
Porque las voces pueden apagarse, pero las palabras que dejaron sembradas continúan resonando.
Y cuando finalmente se vacía la plaza, cuando se apagan las luces y cuando el público comienza a marcharse, queda solamente aquello que verdaderamente importa: la memoria de la faena.
Este 6 de septiembre de 2026, el periodismo colombiano perdió a dos de sus protagonistas. Juan Guillermo Ríos y Darío Silva-Silva partieron a la eternidad, pero dejaron una obra que no termina con su último suspiro.
La corrida continúa.
Los micrófonos siguen abiertos.
Las cámaras continúan encendidas.
Y las nuevas generaciones tendrán ahora la responsabilidad de recoger el capote de quienes se fueron y salir nuevamente al ruedo de la información con ética, valor, verdad, responsabilidad y respeto por la palabra. Que la tierra les sea leve y que la memoria de Colombia conserve para siempre sus nombres.








