
08.06.2026 04:49 p.m.
Redacción: William Cortés
Las imágenes de la encerrona retratan una tarde de entrega absoluta, donde la emoción apareció a ráfagas, entre muletazos de verdad, miradas de tensión y batallas sostenidas frente a toros sin fondo. Fotografías tomadas con sensibilidad y precisión, capaces de capturar la épica silenciosa de una corrida sin triunfo, pero cargada de autenticidad.
Madrid - España. Bajo la luz áspera de Madrid y el peso de una plaza entregada al acontecimiento, mi cámara fue encontrando algo más profundo que los trofeos: la verdad desnuda de una encerrona cuesta arriba. Hubo instantes de enorme belleza torera; un derechazo largo cosido al albero, una trinchera dibujada con pulso lento, un desplante roto de orgullo frente a un tendido expectante. Pero la tarde nunca terminó de romper. Los toros, faltos de raza o de fuerza, fueron apagando las opciones de triunfo mientras Borja Jiménez se mantenía firme, tragando parones, dudas y embestidas medidas. Y precisamente ahí nació el valor de las fotografías: en captar esos segundos donde el arte quiso abrirse paso aun cuando la materia prima no acompañaba.
Cada imagen conserva el eco de una batalla distinta. El gesto serio antes de entrar a matar, la muleta adelantada buscando someter embestidas inciertas, la tensión de los cites en corto y la emoción de una plaza que por momentos creyó en la hazaña. Hubo pellizcos artísticos, sí, de esos que no siempre terminan en orejas, pero que dejan huella en la memoria del aficionado. Desde el callejón, entre el polvo y el rugido seco de Las Ventas, las fotografías quedaron como testimonio de una tarde de enorme exposición y entrega total: una encerrona sin puerta grande, pero llena de verdad taurina.






























