Rabo y Verdad en Puertollano

Rabo y Verdad en Puertollano

04.05.2026  11:46 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

Reaparece la tauromaquia en Puertollano con una corrida de alto voltaje donde Emilio de Justo firmó la faena más maciza y técnica de la tarde, en un encierro de Luis Algarra de comportamiento diverso. Borja Jiménez arrasó con un rabo, mientras Alejandro Talavante dejó destellos de su toreo artístico.

Arbeláez - Colombia. La plaza de Puertollano volvió a latir con pulso mayor tras una década de silencio, y lo hizo con una corrida que, más allá de los trofeos, ofreció un profundo tratado sobre el temple, la administración de las embestidas y la lectura inteligente del encierro. El hierro de Luis Algarra presentó un conjunto bien armado, de seria lámina, que exigió oficio y cabeza: toros con transmisión desigual, algunos con motor inicial que se diluyó, y otros, caso del cuarto y el sexto, de nota alta, premiados con la vuelta al ruedo.

En ese contexto, la figura de Emilio de Justo emergió como eje vertebrador de la lidia. Su actuación no fue solo una suma de pases, sino una lección de gobierno del toro. Ya en el segundo, un ejemplar manejable, pero sin excesiva continuidad, el extremeño apostó por el toreo al natural, asentado y de trazo largo, buscando la profundidad por abajo y la colocación exacta en la línea del cite. Hubo firmeza en las zapatillas y mando en la muñeca, aunque la falta de remate con la espada, precisando descabello, dejó la obra en ovación.

Pero fue en el quinto donde Emilio de Justo desplegó su argumento mayor. Ante un toro con mayor codicia y mejor ritmo en la embestida, construyó una faena de estructura clásica: inicio por bajo para someter, series por ambos pitones con ajuste milimétrico y remates de pecho de gran autoridad. Hubo ligazón, limpieza y una lectura precisa de las distancias, exprimiendo cada viaje sin violentar la condición del animal. La estocada, ejecutada con verdad y en lo alto, rubricó una obra que valió las dos orejas y el reconocimiento de los tendidos más exigentes.

El juego del encierro, en su conjunto, puso a prueba la capacidad de los espadas para dosificar y entender las teclas de cada toro. Borja Jiménez, en estado de gracia, interpretó con rotundidad esa partitura. Si bien su primero acusó cierta pérdida de fuelle y tendencia a soltar la cara, el sevillano tiró de recursos y exposición para arrancar dos orejas, cimentadas en una faena de entrega y una estocada eficaz. Sin embargo, el clímax llegó con el sexto: un toro de mayor calidad, con clase en la embestida y fondo suficiente para el lucimiento. Jiménez lo entendió desde el primer muletazo, llevando la embestida cosida a la franela, con temple y largura, exprimiendo cada serie con ambición. La conjunción de toro y torero alcanzó su cénit en tandas de gran ligazón, coronadas con una suerte suprema que desató la concesión de dos orejas y rabo, mientras el astado recibía la vuelta al ruedo.

Por su parte, Alejandro Talavante dejó constancia de su concepto estético y personal. Ante el primero, un toro con clase, pero de escaso recorrido final, apenas pudo esbozar destellos de su toreo de inspiración. Sin embargo, en el cuarto, uno de los destacados del encierro, surgió la versión más reconocible del extremeño: muletazos de trazo suave, cadencia y expresión artística. La faena, de alto contenido plástico, perdió premio mayor por el uso de los aceros, quedando en una oreja pese a su calado en el público.

La corrida, en definitiva, fue un ejercicio de contrastes donde el comportamiento del ganado condicionó estrategias y resultados. En ese tablero, Emilio de Justo firmó la obra más sólida desde el punto de vista técnico, dominando los tiempos y las alturas con una tauromaquia de fondo clásico. Borja Jiménez capitalizó el momento con una actuación arrolladora, y Alejandro Talavante aportó el matiz artístico que completó una tarde de reencuentro entre la afición y la liturgia del toreo.

Puertollano no solo recuperó los toros; recuperó también la emoción de una plaza que, cuando el toro embiste y el torero entiende, se convierte en escenario de verdad.

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