Raquel Martín: El Miura Que Abrió Una Puerta

Raquel Martín: El Miura Que Abrió Una Puerta

09.09.2026  01:09 p.m.

Resumen: Héctor Esnéver Garzón Mora

Raquel Martín hizo historia en Calasparra al convertirse en la primera mujer en cortar una oreja a un novillo de Miura. Más allá del trofeo, su actuación representa la conquista de un territorio taurino reservado durante décadas a los nombres que aceptaban los desafíos ganaderos más ásperos. En la Feria del Arroz, la novillera no necesitó concesiones: se ganó el triunfo desde la colocación, el temple, la firmeza y la autoridad con la que sometió a un hierro legendario.

Arbeláez – Colombia. Hay tardes de toros que terminan cuando el último novillo abandona el ruedo y otras que, por alguna razón, continúan creciendo en la memoria. Lo sucedido el 8 de septiembre de 2026 en Calasparra pertenece a esta segunda categoría. La tarde tenía suficientes ingredientes para ser una fecha de importancia: el cierre de la XXXV Feria Taurina del Arroz, un desafío ganadero entre Miura y Fuente Ymbro, una plaza de reconocida exigencia torista y tres novilleros obligados a demostrar que el oficio no se construye únicamente con voluntad, sino también con capacidad para resolver aquello que el toro plantea. Pero entre todos los acontecimientos de la jornada terminó imponiéndose un nombre: Raquel Martín.

Lo verdaderamente trascendente no está únicamente en la oreja. En tauromaquia, un trofeo puede ser circunstancial; la manera de conquistarlo es lo que permanece. Y la actuación de Martín frente al primer Miura tuvo precisamente ese componente. Recibió al novillo con suavidad, pasó por un tercio de varas en el que el animal recibió un puyazo y, ya con la muleta, encontró el camino para construir una faena asentada, limpia y, sobre todo, gobernada desde la colocación y el temple. Las mejores tandas llegaron por el pitón derecho, donde la novillera consiguió acompasar las embestidas y alargar los muletazos sin convertir la faena en una sucesión mecánica de pases.

Ahí comienza la verdadera lectura de la tarde. A un Miura no se le puede torear únicamente con repertorio; hay que entenderlo. El hierro de Zahariche conserva dentro de la tauromaquia una dimensión que excede la simple clasificación ganadera. Su nombre evoca exigencia, imprevisibilidad, vigilancia permanente y una lidia en la que el torero no puede permitirse demasiadas licencias. Incluso cuando el animal ofrece posibilidades, éstas suelen exigir que el espada las descubra y las aproveche con rapidez. Por eso, frente a un ejemplar de esta procedencia, la virtud de Martín no estuvo en intentar hacer una faena de laboratorio, sino en leer lo que tenía delante y construir desde esa realidad.

La novillera entendió que aquella tarde no necesitaba demostrar que podía torear un Miura como si fuera otro encaste. Necesitaba demostrar algo más difícil: que podía torear al Miura que le había correspondido. Esa diferencia parece pequeña, pero separa la voluntad del conocimiento, la exposición del oficio y el valor del toreo.

Y entonces apareció la espada. Una estocada casi entera puso fin a la faena y provocó una petición mayoritaria que terminó traduciéndose en la concesión de la oreja. El pañuelo del palco certificó un triunfo; la historia se encargó de darle otra dimensión. El Club Taurino de Calasparra reconoció posteriormente a Martín con una mención especial precisamente por convertirse en la primera mujer en cortar una oreja a un novillo de Miura.

Pero reducir lo ocurrido a una cuestión de género sería, paradójicamente, restarle valor al propio acontecimiento. Raquel Martín no entró en la historia por ser mujer; entró porque toreó y triunfó ante un Miura. Su condición de mujer convierte el dato en extraordinario desde la perspectiva histórica, pero el fundamento de la hazaña sigue siendo estrictamente taurino: había que ponerse delante, lidiar, mandar, templar, matar y convencer.

Y eso es precisamente lo más poderoso de la escena. Durante mucho tiempo, la presencia femenina en la tauromaquia ha tenido que convivir con una mirada que, en ocasiones, ha querido convertir a la torera en excepción antes que en profesional. Calasparra acaba de ofrecer una respuesta contundente a esa mirada. El toro no entiende de discursos, de cuotas ni de simbologías: exige sitio, valor, técnica y capacidad. Y delante del primer Miura de la tarde, Martín tuvo que responder con las mismas herramientas con las que habría tenido que responder cualquier novillero anunciado en semejante compromiso.

Por eso el antecedente adquiere una dimensión mayor. Antes de la tarde histórica, la propia organización de la feria ya había presentado a Martín como la primera mujer en aceptar el desafío Miura-Fuente Ymbro. El cartel, por tanto, no fue un accidente de última hora ni una circunstancia casual: representaba la voluntad de la novillera de asumir un compromiso que, por su naturaleza ganadera y por el escenario de Calasparra, exigía una respuesta de máxima responsabilidad.

La plaza, además, no regalaba nada. La Feria del Arroz se ha construido una identidad alrededor del toro serio, las ganaderías de distinto comportamiento y la capacidad de los novilleros para enfrentarse a hierros que no siempre encuentran acomodo en los circuitos más comerciales. En ese contexto, una oreja tiene un valor particular. No es solamente una recompensa estadística: es la consecuencia de haber convencido a un público que conoce el toro y que sabe distinguir entre la entrega aparente y la verdadera capacidad.

Martín todavía tendría que volver a la cara del toro. En su segundo, de Fuente Ymbro, volvió a mostrar oficio, buena colocación y capacidad para meter al animal en la muleta. El novillo no ofreció las mismas posibilidades para el triunfo, pero la novillera volvió a estar por encima de las circunstancias y terminó dando una vuelta al ruedo después de una fuerte petición.

Ese segundo capítulo resulta importante porque impide interpretar la oreja del Miura como una simple inspiración pasajera. La regularidad dentro de una tarde difícil es una de las primeras señales del oficio que distingue a una novillera con futuro. Una buena faena puede nacer de la conjunción perfecta entre toro y torero; una tarde de autoridad necesita algo más: capacidad para sostener el nivel cuando cambian las condiciones.

Y mientras Martín escribía su página histórica, la tarde mostraba también la otra cara de la tauromaquia. Jesús Romero resultó herido de gravedad por su primero, sufriendo una cornada en el tercio superior del muslo derecho con afectación de fascia y abductor hasta el fémur, según el parte médico difundido después del festejo. El percance recordó, en mitad del triunfo, que el toreo continúa siendo una profesión en la que el precio del error puede ser físico y brutal.

Esa circunstancia dota todavía de mayor profundidad a la actuación de Martín. Porque mientras la plaza vivía el júbilo de la oreja, el ruedo también había mostrado su cara más amarga. En una tarde de toros, la gloria y el riesgo comparten el mismo albero. El triunfo de la novillera no fue construido en un escenario ficticio, sino dentro de la misma realidad en la que otro compañero sufrió una cornada grave.

Hay, finalmente, algo que Calasparra ha dejado claro: los acontecimientos históricos de la tauromaquia no siempre llegan precedidos por grandes anuncios; algunas veces se anuncian con un cartel y se confirman con una muleta. Raquel Martín llegó a una plaza que había decidido colocarla ante uno de los nombres más cargados de historia del campo bravo. Salió al ruedo, recibió al Miura, lo lidió, lo toreó, lo mató y cortó una oreja.

Lo demás pertenece ya a la memoria. Porque podrá discutirse la calidad exacta del novillo, la dimensión artística de la faena, la generosidad o severidad del palco o incluso el valor estadístico de un trofeo. Lo que no podrá discutirse es el dato histórico: una mujer ha cortado una oreja a un novillo de Miura. Y esa mujer se llama Raquel Martín.

Calasparra, tierra de arroz y de afición exigente, le ha puesto fecha y escenario a ese acontecimiento. Miura le ha puesto el apellido ganadero. La oreja le ha puesto el sello del triunfo. Pero será el tiempo el que determine la verdadera dimensión de aquella tarde.

Por ahora basta con reconocer lo esencial: Raquel Martín no pidió que le abrieran una puerta. Se puso delante de un Miura y la abrió toreando.

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