
16.01.2026 10:31 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
El torero madrileño fue el gran protagonista este jueves de la tertulia de la Asociación El Toro de Madrid, en un acto cargado de emoción, memoria y verdad taurina, donde se reivindicó su figura como paradigma de una tauromaquia íntegra, centrada en el toro y sostenida por la ética, la entrega y la coherencia a lo largo de veinticinco años de alternativa.
Arbeláez – Colombia. El torero madrileño ha sido el protagonista este jueves de la tertulia de la Asociación El Toro de Madrid, en una cita que trascendió el formato habitual del encuentro para convertirse en un auténtico acto de reconocimiento a una trayectoria construida desde la fidelidad a una idea muy concreta y exigente de la Fiesta. No fue una tertulia más. Fue memoria, reflexión y reivindicación taurina.
Desde el primer instante quedó claro que la responsabilidad de presentar al protagonista no era menor. Así lo confesó quien abrió el acto con la palabra, reconociendo que su primera reacción ante la propuesta fue decir que no. Presentar a un torero como Fernando Robleño, por lo que representa para la afición y, de manera muy especial, para la afición venteña, resultaba una responsabilidad aplastante. No bastaba con enumerar datos ni con acudir a la hemeroteca. Hacía falta hablar desde la admiración, desde el respeto y desde el compromiso con una tauromaquia compartida.
Un consejo fraterno terminó por inclinar la balanza: “En su acto de homenaje y despedida de la asociación, merece que le presente alguien que le admire y le aprecie tanto como tú. Se lo debes”. Y así, “hasta las trancas”, comenzó un relato que evitó deliberadamente el camino fácil. Porque lo sencillo habría sido recordar que Fernando Robleño nació en San Fernando de Henares el 13 de septiembre de 1979, que debutó con picadores en Colmenar de Oreja el 4 de mayo de 1997, que tomó la alternativa en Torrejón de Ardoz el 20 de junio del año 2000, con Morante de la Puebla como padrino y El Juli como testigo, o que confirmó su alternativa en Madrid, el 22 de julio, con toros de Valverde, cortando una oreja. Datos ciertos, importantes, pero insuficientes para explicar al torero que se homenajeaba.
Porque Robleño es mucho más que una biografía. Es una manera de entender el toreo. Así lo ilustró una anécdota sencilla en apariencia, pero profundamente reveladora, ocurrida lejos del ruedo. Un semáforo en rojo en el Puente de Ventas, dos coches detenidos en paralelo y una conversación breve sobre un toro del Cura de Valverde y una oreja ganada con verdad en la confirmación de alternativa. Al ponerse el semáforo en verde y arrancar ambos vehículos, alguien pronunció una frase que hoy cobra pleno sentido: “No le pierdas la pista a este, va a ser torero y además va a ser torero de los nuestros.”
Hoy, cuando tras veinticinco años de alternativa el protagonista abandona los ruedos, que no el mundo del toro, por suerte para todos, esa expresión adquiere una dimensión casi ética. “Torero de los nuestros” no es una etiqueta complaciente: es una definición exigente. Significa haber sido fiel a una tauromaquia donde el centro es el toro, no el artificio; una Fiesta que no sabe de prensa rosa ni de frivolidad, pero sí de unión indisoluble entre ética y estética. Una tauromaquia que entiende que mostrar al toro al aficionado es una obligación moral.
Durante la tertulia se puso de relieve que Fernando Robleño ha sido siempre un torero que no permite que el caos se adueñe del ruedo. Su presencia impone orden, criterio y responsabilidad. Ha construido su carrera sentándose ante toros de enorme tamaño, máxima exigencia y comportamiento límite, esos que ponen al borde el corazón y la cabeza del diestro. Toros que no admiten ventajas ni atajos. Toros que definen a los toreros.
La Asociación El Toro de Madrid, fiel a su razón de ser, encontró en la figura de Robleño un espejo donde mirarse. Su trayectoria encarna la defensa del toro íntegro, de la emoción sin trampa, de la responsabilidad profesional asumida hasta las últimas consecuencias. No fue una despedida triste, sino un homenaje consciente, sereno y cargado de orgullo.
El acto concluyó con la sensación compartida de haber asistido a algo más que una tertulia: fue una lección de tauromaquia, de afición y de coherencia. Fernando Robleño deja los ruedos, sí, pero su legado queda instalado en la memoria de quienes creen que la Fiesta se sostiene sobre pilares firmes. Y eso, en los tiempos que corren, es quizá su mayor triunfo.








