Roca Rey: Del Susto a La Gloria en Arlés

Roca Rey: Del Susto a La Gloria en Arlés

14.09.2026  11:24 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

Andrés Roca Rey convirtió un dramático percance en una demostración de valor, dominio y capacidad de recuperación en Arlés. Tras quedar a merced del quinto toro durante unos angustiosos instantes, el peruano volvió a la cara del animal, retomó la faena y terminó conquistando dos orejas y rabo, además de salir por la Puerta Grande junto a Marco Pérez.

Arbeláez - Colombia. En Arlés, donde la tradición taurina francesa convierte cada gran festejo en un encuentro entre historia, arte y emoción, Andrés Roca Rey terminó protagonizando una de esas tardes que trascienden el resultado de los trofeos. La jornada tuvo todos los ingredientes de una corrida de máxima intensidad: un toro con transmisión, un torero dispuesto a asumir los terrenos más comprometidos y un público que vivió con angustia y expectación cada instante de la lidia. El susto, la cogida, la dificultad para librarse del astado y la posterior recuperación de Roca Rey transformaron la faena en un relato de valor y superación, antes de que la muleta volviera a tomar el mando y condujera al peruano hacia un triunfo de enorme significado.

UNA TARDE MARCADA POR EL RIESGO Y LA EMOCIÓN

La Corrida Goyesca de la Feria del Arroz de Arlés tenía desde el comienzo una especial significación dentro del calendario taurino francés. El histórico anfiteatro de la ciudad acogió un cartel integrado por Juan Ortega, Andrés Roca Rey y Marco Pérez, ante toros de Jandilla y Vegahermosa, en un festejo que terminó ofreciendo diferentes registros del toreo y, especialmente, una actuación de enorme intensidad protagonizada por el diestro peruano.

La tarde adquirió una dimensión todavía mayor cuando Roca Rey se enfrentó al quinto de la corrida, un ejemplar de Vegahermosa que presentó condiciones suficientes para exigir al torero y, al mismo tiempo, permitirle desarrollar una faena de gran profundidad. El animal, de importante presencia y con capacidad de transmisión, reclamaba precisión en los terrenos, firmeza en los cites y una lectura permanente de sus reacciones. Roca Rey entendió desde el comienzo que no estaba ante una embestida para administrar con comodidad, sino frente a un toro que exigía mando, colocación y exposición.

El peruano ya había dejado una primera tarjeta de presentación con su primer toro, al que cortó una oreja, pero sería en su segundo turno cuando la tarde alcanzaría su punto máximo de dramatismo. El quinto toro, identificado como “Vicioso”, de 540 kilos, terminó siendo reconocido con la vuelta al ruedo, confirmando que la faena de Roca Rey tuvo como contrapunto un animal con movilidad, transmisión y condiciones para el lucimiento.

EL PERCANCE QUE ESTREMECIÓ LOS TENDIDOS

Roca Rey inició la faena dispuesto a aprovechar las posibilidades del astado. La muleta comenzó a conducir las embestidas con firmeza y el torero fue ganando terreno conforme avanzaba la lidia. El diestro peruano se caracteriza precisamente por llevar el concepto de la quietud y la cercanía hasta terrenos donde la distancia entre el triunfo y el percance resulta extremadamente reducida, y en Arlés volvió a asumir ese compromiso.

Sin embargo, en uno de los momentos de mayor exposición, el toro encontró al torero y lo prendió, provocando una escena de enorme tensión en los tendidos. El astado consiguió alcanzar a Roca Rey y lo sometió a una violenta acción, dejándolo durante unos instantes en una situación verdaderamente comprometida frente a las astas. La plaza pasó rápidamente del entusiasmo propio de una faena que crecía en intensidad a la preocupación que siempre genera una cogida.

El percance tuvo además un componente especialmente angustioso porque Roca Rey tuvo dificultades para librarse del toro. El animal consiguió mantenerlo comprometido y lo zarandeó con violencia antes de que el torero pudiera recuperar el control de la situación. Fueron momentos en los que quedó nuevamente de manifiesto la naturaleza imprevisible de la tauromaquia: un muletazo puede convertirse en una situación límite en apenas una fracción de segundo.

LA CAPACIDAD DE SOBREPONERSE

Fue entonces cuando apareció uno de los aspectos más relevantes de la actuación de Roca Rey. Después de sufrir el percance, el torero tuvo que enfrentarse no solamente al dolor físico y al lógico impacto de la cogida, sino también a la necesidad de recuperar inmediatamente la concentración. En el toreo, después de una voltereta o una cogida, volver a colocarse delante del mismo animal implica superar una barrera psicológica que no resulta visible para el público, pero que forma parte esencial de la profesión.

Roca Rey se recompuso y volvió a la cara del toro. Esa decisión cambió definitivamente el carácter de la faena. El torero no permitió que el percance terminara de apoderarse de la tarde y, después de recuperar el sitio, volvió a plantear la lidia desde la firmeza y el dominio. La muleta volvió a encontrar la embestida y el peruano consiguió reconstruir una faena que, por unos instantes, había quedado suspendida por la violencia del percance.

Ese regreso tuvo un enorme valor taurino porque significó que el torero no permitió que el miedo modificara su concepto de la lidia. El toro había demostrado que podía hacer daño y que la distancia escogida por Roca Rey implicaba un riesgo considerable, pero el diestro decidió mantener su apuesta y continuar toreando.

CUANDO EL VALOR SE CONVIERTE EN ARGUMENTO

La grandeza de una faena no se mide únicamente por la cantidad de muletazos, la estética de las series o el resultado de la espada. Hay tardes en las que determinados acontecimientos terminan otorgándole a la actuación una dimensión diferente. Lo sucedido en Arlés pertenece precisamente a esa categoría, porque el percance se incorporó inevitablemente al argumento de la faena.

Roca Rey había sido derribado y puesto en una situación comprometida por el toro, pero consiguió regresar a los terrenos donde se había producido el accidente. Volver a ponerse delante del mismo animal después de haber sido prendido constituye una de las expresiones más contundentes del valor taurino, porque supone aceptar nuevamente un riesgo que acaba de manifestarse de manera concreta.

El torero volvió entonces a mandar sobre la embestida, buscando llevar al toro sometido y aprovechar sus condiciones. La faena recuperó ritmo e intensidad y el público comenzó a reconocer que estaba presenciando algo más que una actuación técnicamente destacada. Se estaba produciendo una verdadera lucha entre la voluntad del torero y la capacidad del toro para imponer sus propias condiciones.

EL QUINTO, PROTAGONISTA DE UNA FAENA DE MÁXIMA INTENSIDAD

El comportamiento de “Vicioso” resultó determinante para que la faena alcanzara semejante dimensión. La vuelta al ruedo concedida al ejemplar de Vegahermosa reflejó la importancia de su comportamiento durante la lidia. No se trató, por tanto, de un simple elemento secundario dentro del triunfo del torero, sino de un toro que tuvo la capacidad de transmitir emoción y exigir respuestas.

Roca Rey aprovechó esa condición para desarrollar una faena basada en la proximidad, el mando y la intensidad. Conforme el animal iba siendo sometido, el torero consiguió recuperar el control emocional de la situación y llevar nuevamente la faena hacia terrenos de máxima exposición. El público respondió a esa entrega y el ambiente del anfiteatro francés fue creciendo hasta alcanzar uno de los momentos culminantes del festejo.

La actuación adquirió así una doble lectura. Por un lado, estaba el torero que buscaba aprovechar las condiciones de un buen toro; por otro, estaba el hombre que acababa de vivir un momento de enorme peligro y que, pese a ello, había decidido continuar. Esa combinación de técnica, valor y capacidad de recuperación terminó convirtiéndose en el principal argumento de la tarde.

LA ESPADA PUSO EL BROCHE AL TRIUNFO

Una vez reconstruida la faena y alcanzado nuevamente el nivel de intensidad que Roca Rey pretendía, llegó el momento de la suerte suprema. El peruano culminó su actuación con decisión y consiguió que la espada acompañara el esfuerzo realizado durante la lidia.

La respuesta del público fue contundente. Dos orejas y rabo para Roca Rey, que completaba así una tarde de enorme repercusión y cerraba su actuación con tres orejas y un rabo. El resultado numérico era extraordinario, pero la importancia de la tarde estaba también en todo aquello que había sucedido antes de que los trofeos llegaran a sus manos.

El triunfo no podía desligarse de la cogida. El valor de la actuación estaba precisamente en que el torero había conseguido transformar un momento de angustia en una faena triunfal. El mismo toro que puso a Roca Rey en una situación límite terminó convirtiéndose en el animal con el que el peruano alcanzó los máximos trofeos.

UNA PUERTA GRANDE CON SIGNIFICADO ESPECIAL

La jornada terminó con Roca Rey y Marco Pérez a hombros, después de una corrida en la que ambos consiguieron abrir la Puerta Grande. Marco Pérez también había protagonizado una actuación importante, mientras Juan Ortega aportaba su particular concepto artístico a un festejo que terminó ofreciendo variedad de estilos y emociones.

Sin embargo, la imagen de Roca Rey después del percance quedó inevitablemente grabada como uno de los momentos centrales de la Goyesca. El torero había pasado en pocos minutos de estar plenamente asentado en la faena a quedar a merced del toro y posteriormente a recuperar el sitio para culminar su actuación con los máximos trofeos.

En una profesión donde la frontera entre el éxito y el fracaso puede ser tan estrecha como la distancia entre el pitón y la muleta, esa capacidad de sobreponerse adquiere una importancia extraordinaria. Roca Rey demostró en Arlés que el valor no consiste únicamente en ponerse delante del toro, sino también en saber reaccionar cuando el toro consigue imponerse momentáneamente.

UNA TARDE QUE HABLA DEL CARÁCTER DE ROCA REY

La trayectoria de Andrés Roca Rey está marcada por una forma de entender el toreo en la que la exposición ocupa un lugar fundamental. El peruano ha construido buena parte de su personalidad torera sobre la capacidad de asumir terrenos comprometidos, reducir distancias y mantener una extraordinaria quietud frente a animales que pueden cambiar de comportamiento en cuestión de segundos.

Lo ocurrido en Arlés encaja perfectamente dentro de esa personalidad. El percance demostró que el riesgo que asume Roca Rey no es una cuestión meramente retórica. El toro puede encontrar al torero, derribarlo y ponerlo en una situación de auténtico peligro. La diferencia está en la respuesta posterior.

En esta ocasión, el peruano consiguió recuperar la concentración, regresar a la cara del toro y continuar construyendo la faena hasta convertirla en un triunfo rotundo. La capacidad de sobreponerse al susto terminó siendo tan importante como los propios muletazos que condujeron a los trofeos.

ARLÉS, TESTIGO DE UNA ACTUACIÓN PARA LA MEMORIA

La Goyesca de Arlés dejó una de esas tardes que difícilmente pueden resumirse solamente mediante una estadística. Es cierto que Roca Rey cortó tres orejas y un rabo y salió por la Puerta Grande, pero detrás de esa cifra existe una historia mucho más intensa: la de un torero que se encontró con la cara más dura de la profesión, sufrió una aparatosa cogida, tuvo dificultades para librarse del toro y, aun así, consiguió recomponerse para regresar al sitio.

La tauromaquia volvió a mostrar en Arlés su doble condición. Por un lado, la belleza de una faena construida con temple, mando y ligazón; por otro, la crudeza de una profesión en la que el toro conserva siempre la última palabra. Roca Rey experimentó ambas dimensiones en una misma faena y consiguió salir victorioso de la confrontación.

El quinto de Vegahermosa terminó siendo reconocido por su comportamiento y el torero recibió los máximos honores. Esa coincidencia resume perfectamente la grandeza de la tarde: un toro con fuerza y transmisión frente a un torero dispuesto a asumir el máximo compromiso.

Al final, cuando Roca Rey abandonó el ruedo a hombros, la imagen tenía un significado especial. No era solamente la fotografía de un triunfador después de una gran faena. Era también la de un torero que había tenido que levantarse física y emocionalmente después de un duro percance, recuperar el sitio y volver a imponer su muleta.

Por eso, la actuación de Andrés Roca Rey en Arlés quedará asociada no únicamente a las orejas y al rabo, sino a la manera en que consiguió conquistar esos trofeos después de atravesar uno de los momentos más comprometidos de la tarde. El susto no terminó con la faena; terminó convirtiéndose en parte de su grandeza.

Y quizá ahí resida la verdadera dimensión de lo sucedido en el anfiteatro francés: el toro puso a prueba al torero, el percance puso a prueba al hombre y Roca Rey respondió como figura del toreo, reponiéndose, recuperando el mando y convirtiendo la dificultad en triunfo.

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