
20.05.2026 06:02 p.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
La dura corrida de Saltillo y el exigente toro de Couto de Fornilhos dejaron en Las Ventas una tarde de máxima exigencia, marcada por la mansedumbre y la falta de entrega. En ese contexto, Juan de Castilla destacó por su firmeza, técnica y valor sereno ante dos toros complejos, siendo reconocido por un público madrileño que premió más la disposición y el aguante que los trofeos.
Arbeláez - Colombia. La undécima cita de la Feria de San Isidro 2026 dejó una de esas tardes que no se explican desde el triunfalismo fácil, sino desde el lenguaje severo de la autenticidad taurina. El hierro de Ganadería de Saltillo, acompañado por un áspero quinto de Couto de Fornilhos, propuso una corrida de lidia compleja, emocionalmente desgastante y técnicamente muy exigente, donde cada muletazo debía construirse desde la inteligencia y no desde la inspiración espontánea.
La plaza de Las Ventas volvió a demostrar por qué sigue siendo el termómetro definitivo del toreo de responsabilidad. Allí no bastan las formas; hace falta someter, entender y resistir. Y precisamente la resistencia fue la palabra que terminó definiendo el paso de la terna por el ruedo madrileño.
Desde la salida de “Caramelo”, el primero de la tarde, se advirtió que aquello no sería un festejo de complacencias. El toro de Saltillo tuvo transmisión, fondo y una embestida con emoción verdadera, aunque siempre dentro de la seriedad clásica del encaste. José Carlos Venegas encontró algunos momentos estimables, especialmente al natural, logrando acoplarse parcialmente a un animal que exigía mando y pulso firme. Fue una faena de dignidad más que de rotundidad, pero suficiente para despertar el reconocimiento de Madrid ante un torero que regresaba después de escasas oportunidades recientes.
Sin embargo, la corrida comenzó a endurecerse progresivamente. El segundo, “Jabalino”, enseñó pronto las condiciones que marcarían buena parte del encierro: mansedumbre, falta de entrega y embestidas descompuestas. Juan Leal sostuvo una actuación de enorme firmeza frente a un animal informal, sin clase y siempre buscando desentenderse de la pelea. El francés apostó por el cite frontal, por dejar la muleta puesta y por buscar el pitón contrario con un juego de piernas muy preciso. Hubo una serie al natural de mérito auténtico, especialmente por la capacidad de someter una embestida desagradecida y defensiva. Pero el toro terminó refugiándose descaradamente en su condición mansa, apagando cualquier posibilidad de emoción verdadera.
La tarde alcanzó uno de sus puntos de mayor interés con la aparición de “Granadino”, el tercero de la función, correspondiente al colombiano Juan de Castilla. El de Saltillo tuvo movilidad, cierta prontitud y una humillación inicial que permitió vislumbrar opciones. Juan de Castilla entendió desde el comienzo que el toro necesitaba estímulo continuo y decidió jugarse la carta del impacto emocional arrancando de rodillas en el centro del ruedo.
Aquellos primeros compases tuvieron eco inmediato en los tendidos. El toro acudió con inercia y transmisión, permitiendo una primera fase templada y ligada. Pero el fondo del animal no tardó en revelar sus limitaciones. La embestida comenzó a deteriorarse conforme aumentaba la exigencia, perdiendo recorrido y terminando los viajes con la cara arriba. Ahí apareció la dimensión más técnica del torero colombiano: lejos de descomponerse, intentó administrar las distancias, corregir alturas y mantener viva una faena condenada progresivamente por la falta de raza del astado.
No fue una labor de triunfo rotundo, pero sí de lectura inteligente y enorme compromiso. El público venteño percibió claramente el esfuerzo de Juan de Castilla por sostener una obra que se deshacía entre las manos. La ovación al toro y las palmas al torero terminaron reconociendo precisamente eso: la sinceridad del planteamiento y la voluntad de imponerse a las dificultades reales del encaste.
El cuarto, “Asturiano”, elevó aún más la tensión de la corrida. El animal desarrolló sentido, orientándose peligrosamente por dentro y lanzando viajes rectilíneos que terminaban devorando el terreno del torero. Otra vez José Carlos Venegas dejó una actuación honrada ante un enemigo prácticamente imposible para el lucimiento. La cuadrilla, especialmente Iván García y Fernando Sánchez, firmó uno de los grandes momentos de la tarde en banderillas, recibiendo una ovación merecidísima tras exponerse con una precisión extraordinaria frente a un toro de muy malas intenciones.
El quinto de Couto de Fornilhos confirmó definitivamente el carácter inflexible del festejo. “Aposentado” fue un manso integral: sin embroque, sin entrega y siempre con la intención de escapar de la pelea. Aun así, Juan Leal insistió en construir una faena seria, sin efectismos ni concesiones superficiales. El galo volvió a dejar patente una concepción sobria y honesta del toreo, intentando siempre conducir la embestida por abajo y alargando un trasteo cuyo metraje terminó siendo superior a las posibilidades reales del toro.
Y cuando parecía que la corrida ya había mostrado todas sus aristas, emergió “Meloso”, el sexto, un ejemplar de Saltillo que sintetizó toda la crudeza del encierro. Encastado, codicioso y extremadamente complejo, el toro exigía una lidia quirúrgica. No admitía el toreo clásico de permanencia en el sitio porque, sencillamente, se quedaba debajo y no terminaba el viaje. Era un animal para perder pasos, corregir terrenos y administrar los tiempos con precisión milimétrica.
Ahí volvió a aparecer la disposición absoluta de Juan de Castilla. El colombiano entendió rápidamente que cualquier exceso de quietud podía terminar en tragedia. La faena se convirtió entonces en un ejercicio de supervivencia técnica, donde cada cite debía hacerse con el toro parado y cada muletazo implicaba una rectificación inmediata de terrenos.
No hubo estética posible, pero sí verdad. Mucha verdad.
El toro, además, fue desarrollando aún más complicaciones conforme avanzaba la lidia. Perdió franqueza, redujo recorrido y comenzó a quedarse prácticamente en la jurisdicción del torero. Parte del público, fascinado por la aspereza del ejemplar, terminó poniéndose del lado del toro, algo habitual en Madrid cuando aparece un animal con personalidad y exigencia extrema. Juan de Castilla, lejos de desbordarse emocionalmente, sostuvo la pelea con serenidad y firmeza hasta la espada, donde la reiteración con los aceros terminó diluyendo cualquier opción de reconocimiento visible.
Pero las estadísticas finales jamás contarán por completo lo sucedido.
Porque esta fue una tarde donde el silencio no equivalió al fracaso. Fue una corrida de las que miden trayectorias interiores, capacidad de aguante y convicción profesional. Una corrida donde la terna quedó atrapada en un laberinto de mansedumbre, genio y violencia sorda, y donde solo sobrevivieron quienes entendieron que el protagonismo pertenecía al toro.
En ese contexto, Juan de Castilla dejó una impresión especialmente sólida. No por los trofeos inexistentes, sino por algo más difícil de conquistar en Madrid: el respeto de una plaza que detecta inmediatamente cuándo un torero pelea de verdad contra las circunstancias. Y el colombiano, frente a una corrida imposible de maquillar, peleó cada instante con autenticidad, recursos y determinación.








