
26.05.26 05:29 p.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
Arbeláez - Colombia. La novillada de Conde de Mayalde en la Plaza de Las Ventas dejó mucho más que el simple balance estadístico de una tarde de San Isidro. Lo verdaderamente trascendente fue la confirmación de un encaste que, aun desde sus irregularidades, ofreció materia prima de enorme contenido para el toreo auténtico; y, sobre todo, la irrupción de un novillero capaz de entender que Madrid no concede nada a quien no se entrega desde el convencimiento absoluto. La tarde terminó explicándose desde tres ejes fundamentales: la movilidad y fondo de un encierro exigente, la actitud sin reservas de todos los actuantes y la rotunda decisión de Julio Méndez, que convirtió la plaza en un escenario de afirmación personal.
Conde de Mayalde presentó un conjunto de novillos finos de hechuras, ofensivos sin estridencias y cargados de posibilidades para quien estuviera dispuesto a interpretarlos desde la técnica y el sometimiento. No fue una novillada cómoda ni uniforme. Hubo mansedumbre, falta de fijeza y desigualdad en las embestidas; pero también apareció una cualidad fundamental para el toreo grande: la capacidad de repetir cuando el cite era limpio y la colocación correcta. Ese matiz separó a quienes simplemente lidiaron de quien verdaderamente toreó.
La corrida exigía claridad mental y firmeza estructural. El primero, complejo y sin entrega, obligó a Emiliano Osornio a insistir desde el concepto clásico, tratando siempre de llevar la embestida por abajo y con pureza, aunque el novillo jamás terminó de romper hacia adelante. Mucho más profundo fue lo realizado frente al cuarto, un utrero de más calidad que transmisión, con el que el mexicano construyó una faena de enorme sabor técnico, basada en el embroque, la verticalidad y el remate detrás de la cadera. Fue una labor de plaza grande, de las que exigen conocimiento antes que efectismo. Madrid, sin embargo, permaneció fría demasiado tiempo ante una obra que tuvo más verdad que estruendo.
Pedro Montaldo se encontró con un lote de comportamiento incierto y escasa duración. Su segundo obligaba a una lidia muy precisa por la variedad de sus embestidas y la falta de continuidad, mientras que el quinto, aun ofreciendo opciones, necesitaba mayor reunión y gobierno en los cites para terminar de romper. La disposición del novillero fue evidente, pero el oficio todavía aparece en construcción cuando el contexto exige imponerse sobre animales que no regalan nada. En cambio, sí dejó huella la intervención de Julio Méndez en los quites, especialmente por gaoneras y chicuelinas, exponiendo siempre más valor que búsqueda ornamental.
Pero la tarde cambió de dimensión con la presentación del abulense. Julio Méndez comprendió desde el primer instante que el tercero no admitía dudas. “Babieco” tenía mansedumbre, sentido y poder, pero también una transmisión extraordinaria cuando alguien lograba someterlo. Ahí apareció la diferencia entre acompañar una embestida y gobernarla. El inicio de rodillas fue una declaración de intenciones, no desde el tremendismo, sino desde la convicción de que había que imponer autoridad emocional antes incluso de estructurar la faena. Y cuando el novillo encontró mando, temple y distancia exacta, surgió el verdadero argumento de la tarde.
Méndez toreó con una serenidad impropia de una presentación venteña. Vertical, relajado de hombros, asentado en la arena y siempre colocado en el sitio donde la embestida podía romper hacia adelante. Hubo especialmente una dimensión muy madura en la forma de ligar sin violentar, dejando siempre la muleta puesta para encadenar el siguiente viaje. Madrid percibió de inmediato que aquello no nacía del arrebato juvenil, sino de un concepto interiorizado. El novillo, que había manseado descaradamente en varas, terminó descubriendo en la muleta un fondo extraordinario de ritmo y recorrido. Y el novillero supo administrarlo sin precipitar nunca la obra.
La conexión con los tendidos no llegó por acumulación de pases, sino por autenticidad. Las bernadinas finales elevaron la tensión ambiental, pero el verdadero peso de la faena había nacido mucho antes, en la capacidad de Julio Méndez para llevar siempre al novillo toreado y no simplemente pasado. Allí apareció el eco de los toreros que entienden Madrid desde el compromiso y no desde la especulación. Las dos orejas no premiaron únicamente una actuación; sancionaron la aparición de un novillero con capacidad de estructurar emoción desde el mando.
Y todavía quedaba el sexto, donde volvió a aparecer la decisión desnuda del torero. Portagayola, exposición de rodillas, un fuerte volantín y la voluntad intacta. Ese gesto terminó de explicar toda la tarde de Julio Méndez: la determinación de quien entiende que el sitio en Madrid no se conquista esperando oportunidades, sino provocándolas. Aunque el novillo terminó viniéndose a menos, quedó nuevamente la sensación de un torero con sentido del temple, lectura de alturas y una natural facilidad para correr la mano con largura.
La novillada de Conde de Mayalde confirmó que todavía existen encastes capaces de ofrecer emoción verdadera cuando encuentran enfrente inteligencia y compromiso. Y Madrid, plaza que desnuda cualquier impostura, encontró en Julio Méndez algo que rara vez concede tan pronto: legitimidad. Porque más allá del triunfo, lo que quedó en el ambiente fue la sensación de haber asistido al nacimiento de una personalidad capaz de sostener el peso de una plaza que sólo reconoce a quienes torean desde la verdad.








