
13.05.2026 05:27 p.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
La corrida de Partido de Resina dejó una de las tardes más ásperas y deslucidas del arranque de la Feria de San Isidro. La mansedumbre, la falta de raza y las embestidas defensivas condicionaron completamente el festejo en Plaza de Toros de Las Ventas. En medio del desencanto general, Antonio Ferrera sobresalió por su capacidad lidiadora, oficio y paciencia ante el único toro que permitió vislumbrar algunas opciones de lucimiento.
Arbeláez - Colombia. La quinta tarde del serial madrileño terminó convertida en una lección cruda sobre la diferencia que existe entre la mera presencia del toro y la auténtica bravura. El hierro de Partido de Resina llevó a Las Ventas una corrida seria por delante en varios ejemplares, con el sello racial y el respeto visual que siempre despierta esta histórica divisa, pero vacía de transmisión, casta y entrega en el último tercio. El problema no estuvo únicamente en la mansedumbre; el verdadero conflicto apareció en la ausencia de emoción en la embestida, en la imposibilidad de ligar los muletazos y en la continua sensación de que cada toro acudía al engaño más por obligación que por convicción.
Fue una corrida de embestidas inconclusas, de toros que se desplazaban sobre las manos, que salían sueltos del caballo apenas sentían la puya y que desarrollaban rápidamente sentido defensivo. El encierro jamás encontró el equilibrio entre fiereza y clase. Hubo aspereza, genio y complicaciones, pero faltó esa bravura encastada que permite construir faenas de profundidad. En Madrid, donde la emoción depende de la verdad de la embestida, aquello terminó pesando como una losa sobre el ambiente.
Desde el primero ya se percibía el tono gris de la corrida. Los toros de Partido de Resina acudían al cite con un embroque escaso, quedándose cortos y rematando siempre por arriba. Ninguno humilló con continuidad. Ninguno permitió abandonarse. Cada muletazo era un esfuerzo aislado y no el inicio de una estructura de faena. La corrida fue apagando lentamente a los tendidos, que pasaron del interés inicial al silencio espeso y a la frustración.
En ese contexto, Antonio Ferrera fue quien entendió mejor la naturaleza exacta del desafío. El extremeño no intentó imponer una faena imposible desde el primer momento; optó por algo mucho más complejo y mucho más torero: administrar los terrenos, medir las distancias y no violentar jamás la condición del animal. Su primero ya exigió inteligencia. Era un toro sin poder, de viajes cortísimos y embestida lineal, incapaz de repetir. Ferrera sostuvo la faena sobre el oficio puro, tratando siempre de provocar el embroque desde el pitón contrario y aceptando que cada pase debía surgir de manera aislada.
Aquello no podía tener vuelo artístico porque el toro nunca lo permitió, pero sí reveló la dimensión técnica del torero. En tardes así es donde se distingue al lidiador capaz de resolver problemas del simple ejecutor de pases. Ferrera entendió que el animal necesitaba tiempo, sitio y altura precisa de la muleta para evitar el derrote defensivo. Madrid quizá no premió aquella labor con entusiasmo, pero sí quedó la impresión de un torero plenamente consciente de las limitaciones de su oponente.
Con el cuarto llegó el único momento donde la tarde pareció abrir mínimamente una rendija de esperanza. “Capotero”, dentro de la tónica general, tuvo más embroque y cierta intención de seguir la tela, aunque siempre de uno en uno y muy condicionado por su querencia a tablas. El toro seguía siendo manso, esperaba arriba y exigía una lidia muy firme, pero al menos permitía construir pequeños pasajes de interés.
Ahí emergió lo más importante de la tarde. Antonio Ferrera planteó una faena de enorme paciencia y sentido de la medida. No hubo aceleración ni intención de atropellar al toro. Cada muletazo nació desde la colocación exacta, ofreciendo el pecho y esperando la reacción del animal. Especialmente al natural, Ferrera consiguió muletazos de mérito auténtico, de los que tienen valor precisamente porque nacen de un toro que no regala absolutamente nada. El extremeño apostó por las cercanías y por dejar la muleta puesta sin violentar nunca la condición del astado. Varias veces los enganchones rompieron la continuidad justo cuando la faena amenazaba con tomar vuelo, pero aun así fue lo más lúcido y torero de una corrida completamente cuesta arriba.
La actuación de Ernesto Javier “Calita” quedó atrapada por la imposibilidad de sus toros. Su primero tuvo mejor presencia y cierta fijeza inicial, pero terminó diluyéndose rápidamente en una embestida sin fondo ni celo. El quinto, más apagado todavía, embestía con el pitón de fuera y salía desentendido de la muleta, imposibilitando cualquier ligazón. Calita mostró disposición y firmeza, intentando siempre bajar la mano y conducir las embestidas con largura, pero los toros jamás permitieron esa transmisión indispensable para conectar con Madrid. Fue una tarde ingrata para el mexicano, obligado a pelear más contra la falta de raza que contra el peligro mismo.
Muy complicada también resultó la comparecencia de Jesús Enrique Colombo, quien vivió un auténtico examen de exposición y entrega. El tercero desarrolló genio sin clase, con arrancadas violentas y defensivas que obligaban a ganarle constantemente la cara. En banderillas, el venezolano tuvo que asumir riesgos evidentes ante un toro que medía, esperaba y derrotaba arriba. Aun así, insistió en buscar lucimiento donde prácticamente no existía materia prima.
El sexto fue directamente un imposible. Un toro reservón, sin entrega, orientado y extremadamente difícil para banderillear. Colombo optó por el compromiso y la voluntad, aunque el animal jamás quiso embestir con claridad. La bronca al presidente por el cambio de tercio terminó siendo una muestra más del desconcierto ambiental de una tarde donde el público también luchaba por encontrar argumentos de emoción.
Al final, la corrida dejó una reflexión profunda sobre el momento ganadero del hierro de Partido de Resina. La seriedad externa y el respeto histórico permanecen intactos, pero la bravura moderna exige un mínimo de repetición, entrega y emoción que esta corrida nunca ofreció. La mansedumbre terminó devorando el espectáculo y obligando a la terna a sobrevivir más que a torear.
En medio de aquella espesura, quedó en pie la figura de Antonio Ferrera, capaz de dignificar la tarde desde el conocimiento del oficio, la inteligencia lidiadora y la serenidad de quien entiende que también existe grandeza en enfrentarse a lo imposible sin perder nunca el sentido del toreo.








