
15.05.2026 07:13 p.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
La corrida de El Torero en Las Ventas dejó mucho más que un simple balance de trofeos. Fue una tarde áspera, exigente y profundamente reveladora sobre el momento actual de la plaza: un encierro con matices de importancia, un Diego Urdiales incomprendido por parte del palco y sectores del público, el valor seco y dramático de Jiménez Fortes frente al peligro, y una nueva controversia alrededor de Fernando Adrián, cuya conexión con los tendidos volvió a dividir opiniones en una tarde cargada de emoción, dureza y debate taurino.
Arbeláez - Colombia. La séptima cita de San Isidro 2026 no fue una corrida cómoda ni para los toreros ni para los aficionados con criterio. El encierro de El Torero, serio de presentación, variado de comportamiento y con un fondo de exigencia nada complaciente, terminó destapando todas las costuras de una plaza que hoy vive instalada entre la emoción inmediata y la profundidad del toreo verdadero. Las Ventas salió dividida, enfrentada casi filosóficamente, en una tarde donde cada espada representó una manera distinta de entender la lidia y el compromiso.
La corrida tuvo una lectura mucho más compleja de lo que reflejan las dos orejas paseadas por Fernando Adrián o la solitaria oreja de Fortes. Porque detrás del balance estadístico hubo toros sin entrega, embestidas a media altura, viajes defensivos y animales que obligaban a construir las faenas desde la técnica, la colocación y la inteligencia, no desde la simple acumulación de pases. Ahí apareció, precisamente, el primero de los grandes debates de la tarde.
LA INJUSTICIA SILENCIOSA CON DIEGO URDIALES
Lo ocurrido con Diego Urdiales dejó una sensación amarga entre los aficionados más sensibles al toreo clásico. El riojano volvió a demostrar que sigue siendo uno de los lidiadores más puros y honestos del escalafón, pero también volvió a sufrir esa desconexión cada vez más evidente entre ciertos sectores del público y el toreo de hondura.
Su lote fue probablemente el menos agradecido de la corrida. El primero, “Buscón”, jamás descolgó ni entregó el cuello. Fue un toro montado, informal en los embroques y con la cara siempre arriba, negando cualquier posibilidad de ligazón. Sin embargo, Urdiales insistió desde la colocación exacta, intentando siempre conducir una embestida que jamás quiso humillar. El silencio posterior tuvo algo de indiferencia injusta hacia quien había estado muy por encima del material.
Pero fue con el cuarto, “Batallador”, donde la tarde alcanzó uno de sus momentos más incomprendidos. El toro salió descoordinado, sin fuerza en los cuartos traseros, desplazándose sobre las manos y sin capacidad real de entrega. Era un animal imposible para el lucimiento superficial. Y precisamente por eso cobró enorme valor lo realizado por Urdiales.
El riojano entendió desde el inicio que aquella faena no podía construirse desde la ligazón sino desde el pulso, el temple y el uno a uno. Toreó siempre de frente, dando el pecho, especialmente al natural, tragando mucho ante una embestida descompuesta y sin final. Fue una labor de enorme sinceridad taurina, de esas que en Madrid tradicionalmente terminaban premiadas con una vuelta al ruedo de peso. Sin embargo, el palco permaneció frío y parte del público confundió la ausencia de transmisión fácil con falta de mérito.
Lo más preocupante no fue la negativa presidencial, sino la incapacidad de muchos tendidos para valorar la dimensión técnica de una faena hecha contra natura. Se premió durante la tarde el movimiento del toro, aunque no hubiera entrega, y se castigó al torero que verdaderamente logró imponerse a las dificultades del encierro. Madrid, por momentos, pareció más pendiente de la espectacularidad que del toreo profundo.
FORTES Y EL VALOR QUE NO ADMITE MAQUILLAJE
Si hubo un torero que convirtió la tarde en un drama real, ese fue Jiménez Fortes. Lo suyo no fue una actuación estética: fue una pelea desnuda contra el peligro.
Desde el segundo toro quedó claro que Fortes iba a jugarse literalmente el físico. “Dardillo” desarrolló sentido rápidamente, especialmente por el pitón izquierdo, por donde se vencía violentamente hacia dentro. El malagueño sufrió una voltereta durísima ya en el capote y volvió a ser empalado durante la faena de muleta. Y aun así continuó.
Lo admirable de Fortes no fue solamente aguantar las embestidas inciertas, sino insistir en hacer el toreo correcto cuando el toro exigía soluciones defensivas. Buscó siempre el pitón contrario, trató de embarcar la embestida con pureza y asumió un riesgo seco, sin gestos de cara a la galería. El parte médico posterior confirmó una cornada en la pierna derecha, pero lo verdaderamente importante fue la manera en que sostuvo la tarde desde la verdad más absoluta.
Con el quinto llegó la recompensa artística. “Vivaracho” tuvo mucha más calidad que sus hermanos, especialmente en la arrancada, aunque seguía siendo un toro de muletazo único y sin posibilidad de abuso. Ahí emergió el mejor Fortes de los últimos años. Muy despacio, adelantando la suerte y citando siempre con pureza, logró naturales de enorme profundidad.
Fue probablemente el toreo más caro de toda la tarde. No hubo alivios ni ventajas. Cada muletazo nació desde el sometimiento técnico y desde una exposición brutal. La oreja fue merecida, aunque incluso ese premio quedó pequeño para la dimensión emocional y física de su actuación.
FERNANDO ADRIÁN Y LA ETERNA DIVISIÓN DE MADRID
La figura de Fernando Adrián volvió a convertirse en el gran punto de fricción de la tarde. Y quizá eso sea, precisamente, lo más significativo de su relación actual con Las Ventas: nadie queda indiferente.
Su primero, “Encarcelado”, fue un toro con movilidad y emoción, pero sin entrega real. Uno de esos animales que entusiasman al sector menos exigente porque se mueven mucho, aunque técnicamente permitan pocas opciones de toreo ligado y templado. Adrián optó por el camino de la firmeza y la exposición, tragando mucho los viajes por dentro y apostando por una faena de emoción directa. El público volvió a dividirse. Unos valoraban el aguante y la entrega; otros cuestionaban la colocación y la estructura de la obra.
La oreja terminó cayendo en medio de esa atmósfera de discusión permanente que parece acompañar cada actuación del madrileño en su plaza.
Pero fue el sexto el que terminó de incendiar el debate. “Herrerillo” fue el toro más importante del encierro: serio, bravo por momentos, exigente y con transmisión. Ya desde el inicio sembró el caos, derribando al caballo y provocando una tremenda cogida al banderillero Curro Javier, levantándolo hasta en tres ocasiones en una escena escalofriante.
Fernando Adrián entendió rápidamente que el toro necesitaba firmeza y mando desde el embroque. La faena tuvo intensidad, emoción y momentos de enorme conexión con los tendidos. Especialmente cuando el matador decidió quedarse muy quieto en terrenos comprometidos, metiéndose entre los pitones en la recta final de la obra.
Sin embargo, nuevamente apareció la polémica. Parte de la plaza protestó abiertamente la colocación del torero, entendiendo que muchas veces toreaba en paralelo y fuera del sitio exacto que exigía la embestida del animal. Otros defendían que la importancia del toro y la exposición justificaban plenamente el premio.
Y ahí estuvo la verdadera fotografía de la tarde: Madrid fracturada entre quienes priorizan la pureza técnica y quienes valoran, por encima de todo, la emoción inmediata.
UN ENCIERRO QUE DIJO MUCHO
La corrida de El Torero tuvo más fondo del que algunos balances simplistas reflejarán. No fue un encierro fácil ni lineal. Hubo mansedumbre en varas, falta de entrega en varios ejemplares y toros que jamás terminaron de humillar. Pero también hubo emoción, casta, movilidad y un sexto de verdadera importancia.
Precisamente por eso la tarde exigía toreros capaces de interpretar matices. Y cada uno lo hizo desde su personalidad: Urdiales desde la pureza y la técnica silenciosa; Fortes desde el dramatismo heroico; y Fernando Adrián desde la exposición vibrante que conecta, y divide, a la plaza.
San Isidro encontró en esta corrida uno de esos capítulos que permanecen más allá de las orejas concedidas. Porque hubo discusión, controversia, emoción y verdad. Y cuando Madrid discute apasionadamente después de una corrida, significa que el toreo, al menos por una tarde, sigue muy vivo.








