San Isidro: Pureza y Pundonor en Las Ventas

San Isidro: Pureza y Pundonor en Las Ventas

05.06.2026  08:14 p.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

La 24ª de San Isidro dejó una tarde marcada por la intensidad y la verdad taurina. Emilio de Justo cuajó dos importantes faenas a un gran lote de Jandilla, aunque falló con la espada, mientras Víctor Hernández emocionó a Las Ventas con una actuación heroica y llena de pundonor frente a un peligroso toro de Santiago Domecq. Más allá de los trofeos, la corrida reivindicó el toreo puro y el valor auténtico.

Arbeláez – Colombia. La Feria de San Isidro suele distinguir entre las tardes de triunfo y las tardes de verdad. Y aunque el parte estadístico de la vigesimocuarta corrida apenas registre silencios y ovaciones, la memoria taurina conservará esta función como una de las más hondas y emocionalmente crudas del serial. Porque hubo algo más importante que los trofeos: hubo pureza, hubo casta, y hubo hombres capaces de quedarse quietos cuando la lógica exigía huir.

La corrida transitó sobre dos ejes perfectamente definidos: la dimensión artística de Emilio de Justo frente al mejor lote de la tarde y la estremecedora capacidad de resistencia de Víctor Hernández, quien convirtió el ruedo de Las Ventas en un territorio donde el miedo dejó de tener dominio. Todo ello frente a un encierro con matices, exigente y encastado, donde Jandilla aportó bravura y Santiago Domecq colocó el drama.

Desde que apareció el primero de la tarde, largo, serio y con ese aire ofensivo tan característico de los toros de Madrid, se intuyó que aquello no sería una corrida cómoda. El toro tuvo movilidad encastada y pidió mano firme, temple y mando. Emilio de Justo entendió pronto las condiciones del animal y decidió apostar por el camino menos fácil: el de la ligazón comprometida y el sometimiento progresivo. El extremeño abrió faena con trincherazos de exquisita torería y después construyó una labor de mucha exposición y vibración interna.

Pero lo verdaderamente importante no fue la cantidad de muletazos, sino la manera de interpretar cada embroque. Emilio toreó con la verdad del cite frontal, llevando siempre al toro metido en la muleta y obligándolo a romper hacia adelante. Especialmente profundas resultaron las tandas al natural, donde consiguió que el Jandilla humillara y repitiera con largura. Ahí apareció el torero maduro, el lidiador que entiende las distancias y que conoce el secreto de las embestidas encastadas: no violentarlas jamás, sino someterlas desde el gobierno de los vuelos.

Sin embargo, Madrid es una plaza que no perdona la espada. Y lo que apuntaba a oreja de peso terminó desembocando en frustración. El descabello emborronó una obra de altos vuelos y el tendido, que ya acariciaba el reconocimiento, acabó derivando hacia la impaciencia. Fue la primera gran lección de la tarde: en Las Ventas la gloria no se insinúa, se remata.

Lejos de venirse abajo, Emilio de Justo volvió a demostrar en el cuarto una dimensión extraordinaria. Aquel toro, bravo y codicioso, fue posiblemente uno de los animales más completos de todo San Isidro. Embestía con alegría, profundidad y transmisión, y el diestro extremeño respondió con una faena poderosa, ligada y de enorme compromiso técnico.

Quizá faltó cierta pausa para redondear la obra desde el clasicismo absoluto, pero sobró entrega. Hubo tandas de enorme firmeza, remates de categoría y una sensación constante de mando sobre un toro que exigía sitio y decisión. La faena tuvo el perfume del toreo caro: ese que nace cuando el torero se impone sin brusquedad y domina sin perder la estética.

Otra vez apareció el verdugo de la espada. Otra vez los avisos. Otra vez la sensación amarga de un triunfo diluido. Pero reducir la actuación de Emilio de Justo a los aceros sería profundamente injusto. Porque el extremeño dejó algo mucho más difícil de conseguir: la sensación de autenticidad. Y en la plaza de Madrid, donde tantas veces triunfa el artificio, eso posee un valor inmenso.

Mientras tanto, la tarde iba preparando su capítulo más estremecedor.

Víctor Hernández no salió a Las Ventas a justificar una presencia; salió a jugarse la carrera y quizá algo más. Ya con el tercero dejó una imagen de torero firme y muy asentado. El animal, defensivo y reacio, exigía colocación exacta y una cabeza despejada. Hernández respondió con serenidad impropia de un torero tan joven. Sin alardes innecesarios, siempre bien colocado, consiguió extraer muletazos meritorios de un toro incómodo y cambiante.

Pero todo lo ocurrido hasta entonces quedó empequeñecido cuando apareció el sexto.

Aquerenciado, orientado, reservón y desarrollando peligro desde el primer tercio, el toro de Santiago Domecq fue un auténtico examen de supervivencia. Y ahí emergió la versión más brutalmente sincera del toreo. El primer derrote dejó una cogida espeluznante por la cintura. Muchos habrían entendido aquello como una advertencia suficiente. Víctor Hernández, no.

Regresó al sitio exacto donde el toro imponía el terror. Y volvió a quedarse quieto.

El segundo percance, violentísimo, heló los tendidos. El toro lo prendió por el pecho y destrozó el chaleco mientras Madrid contenía la respiración. Sin embargo, lo verdaderamente impresionante no fue la cogida, sino lo que ocurrió después. Víctor no buscó gestos teatrales, no miró al tendido, no pidió compasión; simplemente volvió a ponerse delante.

Ahí reside el auténtico pundonor taurino. No en la temeridad vacía, sino en la decisión consciente de asumir el riesgo como parte inseparable del oficio. Muy hundido en la arena, tragando una barbaridad ante un animal que nunca entregó una embestida franca, logró arrancarle naturales de mérito descomunal. Muletazos nacidos desde el convencimiento interior y desde una fe absoluta en sí mismo.

La plaza comprendió entonces que estaba asistiendo a algo excepcional. No a una faena redonda desde el punto de vista artístico, sino a una demostración humana de enorme profundidad. Fue el triunfo moral del valor sereno sobre el miedo inevitable. El descabello volvió a negar la puerta grande emocional que merecía la obra, pero ya nada podía borrar lo vivido. Porque hay tardes que se cuentan por orejas y otras que se recuerdan por la intensidad de sus cicatrices.

La corrida también dejó el esfuerzo honrado de Borja Jiménez, condicionado por el viento y por un lote áspero y poco colaborador. El sevillano mostró disposición y oficio, especialmente ante animales incómodos y violentos, aunque nunca encontró la fluidez necesaria para romper la tarde.

Pero el corazón del festejo estuvo en otro lugar.

Estuvo en la pureza irreductible de Emilio de Justo, capaz de cuajar dos toros bravos desde la verdad del cite y el gobierno de la embestida. Y estuvo en el pundonor heroico de Víctor Hernández, que convirtió la arena venteña en una frontera física y emocional entre el hombre y el miedo.

San Isidro, feria tantas veces devorada por el triunfalismo superficial, encontró esta vez una tarde distinta. Una tarde donde no hizo falta cortar orejas para recordar por qué el toreo sigue siendo un arte tan profundamente humano: porque enfrenta belleza y tragedia en el mismo instante. Y pocas veces ambas cosas convivieron con tanta intensidad como en esta 24ª de feria.

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