San Isidro: Sin Toro No Hay Gloria

San Isidro: Sin Toro No Hay Gloria

08.06.2026  04:57 p.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

Borja Jiménez se enfrentó en solitario a una tarde de enorme responsabilidad en Las Ventas, pero la corrida terminó dejando una conclusión tan antigua como vigente en la tauromaquia: sin materia prima no existe triunfo posible. Entre toros sin fuerza, sobreros inválidos y embestidas apagadas, el sevillano sostuvo la tarde con firmeza, exposición y verdad, aunque los premios se esfumaron porque el toro, salvo contadas excepciones, nunca terminó de romper.

Arbeláez – Colombia. La corrida In Memoriam dedicada a Ignacio Sánchez Mejías había sido anunciada como una de esas citas destinadas a marcar el pulso de la temporada madrileña. Un “No hay billetes”, un torero en solitario y una plaza predispuesta a exigir grandeza componían el escenario perfecto para una tarde de dimensión histórica. Pero el festejo terminó derivando hacia una verdad incómoda que el aficionado auténtico conoce bien: la voluntad del torero jamás basta cuando el toro no sostiene la obra.

Porque si algo dejó claro la encerrona de Borja Jiménez fue precisamente eso. Hubo actitud, hubo exposición, hubo concepto, hubo capacidad técnica y una determinación innegociable. Lo que faltó fue el socio imprescindible de toda gran tarde: el toro íntegro, fuerte y duradero que permita construir emoción verdadera.

La función arrancó ya bajo el signo de la tensión. El sevillano abrió la tarde a portagayola, gesto de compromiso absoluto ante una plaza que no concede tregua. Sin embargo, el primero de la tarde, aun dejando momentos de calidad y cierta clase en la embestida, comenzó pronto a acusar su escasa fortaleza. Ahí apareció el oficio de un torero maduro, capaz de administrar distancias, alturas y tiempos para intentar mantener en pie una faena que pedía profundidad. Pero el animal terminó agotándose antes que la obra pudiera despegar definitivamente.

Y esa sería la constante del festejo. Los toros comenzaron a desfilar entre caídas, protestas y pañuelos verdes. La corrida fue descomponiéndose bajo el peso de la falta de fuerza y de la inconsistencia ganadera. Madrid, plaza que detecta la fragilidad al instante, fue entrando en un clima de desencanto progresivo. No era una tarde sencilla para nadie. Mucho menos para quien cargaba en solitario con toda la responsabilidad del espectáculo.

El segundo titular y el tercero evidenciaron nuevamente la debilidad estructural de una corrida incapaz de sostener la exigencia del ruedo venteño. Incluso los sobreros, pese a aportar movilidad o algún detalle de clase, jamás terminaron de ofrecer esa continuidad necesaria para el triunfo rotundo. La sensación era evidente: Borja Jiménez toreaba constantemente contra la condición de los animales, no junto a ella.

Y eso, en el toreo, cambia absolutamente todo. Porque cuando el toro no humilla, no repite o se defiende, el matador deja de interpretar para pasar a resolver problemas. El lucimiento desaparece y emerge únicamente la capacidad de aguante, colocación y recursos técnicos. El sevillano tuvo precisamente que refugiarse en eso durante buena parte de la tarde: en el valor seco, en la firmeza y en la inteligencia para intentar sostener embestidas desordenadas, medidas o directamente agotadas.

La tarde encontró su único gran punto de inflexión en el cuarto, un ejemplar de Toros de Cortés que sí permitió entrever lo que podía haber sido la corrida. Ahí sí apareció la emoción auténtica. Ahí sí hubo transmisión. El toro tuvo prontitud, clase y repetición en los primeros compases, y Borja Jiménez respondió con mando, asiento y profundidad. Madrid comenzó entonces a despertar. La faena tomó vuelo porque, por fin, había un animal que ofrecía opciones reales de construir toreo ligado y sentido.

Sin embargo, incluso ese toro terminó viniéndose abajo fruto de la exigencia y del desgaste. Otra vez la misma historia. Otra vez la sensación de que la obra quedaba incompleta no por falta de capacidad del torero, sino porque la materia prima no alcanzaba para llegar al final con plenitud.

Y cuando parecía que la tarde se extinguía definitivamente, apareció el sobrero de El Torero. El único animal con verdadera emoción en la embestida. Un toro con ritmo, transmisión y ese punto de incertidumbre que convierte el toreo en algo grande. Allí emergió la mejor versión de Borja Jiménez: relajado, profundo, mandón y dispuesto a cruzar todos los límites. Las series al natural tuvieron eco de acontecimiento. El sevillano pisó terrenos comprometidos y sometió embestidas complejas con autoridad y temple.

Fue el momento más rotundo del festejo. Madrid rugió porque entendió que allí sí había verdad grande. Pero incluso esa posibilidad terminó desmoronándose con la espada. Los pinchazos dejaron sin premio una faena de enorme peso. Y esa circunstancia terminó simbolizando toda la corrida: esfuerzo inmenso, verdad incontestable y recompensa mínima.

Más allá de los trofeos, la encerrona deja varias lecturas profundas. La primera, que Borja Jiménez confirmó una vez más su condición de torero sólido, preparado para soportar presión y capaz de mantener el sitio incluso en contextos adversos. La segunda, mucho más preocupante para el espectáculo, es la evidencia de una crisis recurrente en el toro moderno: animales con presencia discutida, fuerza insuficiente y duración limitada para plazas de máxima exigencia.

Porque el problema no fue únicamente la ausencia de premios. El verdadero problema fue la imposibilidad de que la emoción creciera de manera sostenida. Y eso siempre nace desde el toro.

La corrida terminó convirtiéndose en un ejemplo perfecto de una máxima histórica de la tauromaquia: el torero puede poner valor, técnica y disposición; pero la grandeza solo aparece cuando el toro también pone su parte.

En Madrid quedó demostrado.

Y quedó demostrado además ante una plaza que, pese a la frustración acumulada, supo reconocer el esfuerzo del sevillano. La ovación final no fue un premio artístico, sino un reconocimiento moral. El público entendió que hubo entrega absoluta. Lo que no hubo fue un lote capaz de sostener una tarde grande.

Porque en el toreo, como tantas veces ha ocurrido en la historia de Las Ventas, la épica también puede terminar en silencio cuando el toro no ayuda. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Contacto

En el Callejón
Finca Buenos Aires
Vereda San Miguel Bajo
Arbeláez - Colombia

(057) 311 5129275

© 2025 Todos los derechos reservados.

Creado con Webnode