San Isidro: Talavante y “Ganador” firman Tarde de Leyenda

San Isidro: Talavante y “Ganador” firman Tarde de Leyenda

09.05.2026  05:29 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

La apertura de la Feria de San Isidro 2026 dejó una tarde marcada por la emoción, la bravura y el peso de Madrid. El extraordinario “Ganador”, de Núñez del Cuvillo, encontró en Alejandro Talavante a un intérprete inspirado que cuajó una de las faenas más rotundas de los últimos tiempos en Las Ventas. Mientras Juan Ortega luchó por encontrar armonía en un lote complejo y Tristán Barroso confirmó alternativa con firmeza y valor, el coso venteño vivió una jornada de intensidad taurina que terminó convertida en acontecimiento.

Arbeláez - Colombia. Madrid volvió a demostrar por qué Las Ventas es la plaza que mide la verdad del toreo. Allí no bastan los nombres, ni las intenciones, ni las expectativas. Hace falta toro, profundidad y verdad. Y precisamente esas tres condiciones terminaron confluyendo en el cuarto capítulo de una corrida desigual de Núñez del Cuvillo que encontró en “Ganador” un ejemplar de bravura superior y en Alejandro Talavante un torero plenamente entregado a la inspiración.

La tarde comenzó entre dudas y protestas. Parte del encierro apareció excesivamente fino para el rigor de Madrid y varios toros dejaron sensación de falta de fuerza, poder y entrega. Sin embargo, el hierro gaditano también mostró detalles de clase y movilidad en algunos ejemplares, especialmente en el primero y el quinto, aunque sería el cuarto el encargado de cambiar definitivamente el rumbo del festejo. “Ganador”, colorado chorreado en verdugo, salió al ruedo con más cuajo, más seriedad y mayor presencia que sus hermanos. Toro montado, de hechuras cilíndricas y expresión imponente, escondía detrás de su aparente mansedumbre inicial una embestida de enorme calidad. En el caballo se defendió, rehuyó el castigo y dejó ciertas reservas, pero conforme avanzó la lidia comenzó a desarrollar transmisión, largura y un ritmo extraordinario.

Talavante lo entendió desde el primer cite. Inició su labor por estatuarios, quieto como una columna, sometiendo las primeras arrancadas de un toro que humillaba mejor por abajo y que buscaba el engaño con celo creciente. La faena tomó vuelo rápidamente y Madrid comenzó a percibir que estaba ocurriendo algo distinto. El extremeño se abandonó en el toreo al natural. Allí apareció el Talavante de las grandes ocasiones: asentado, profundo, roto por dentro y con la muñeca desmayada para llevar cosida la embestida hasta el final del viaje. Las tandas surgieron ligadas, mandonas y rematadas con cambios de mano y circulares de enorme plasticidad. Todo sucedía en línea curva, reduciendo la acometida del toro hasta límites de absoluta pureza. La conexión con los tendidos fue inmediata. Cada natural aumentaba el clamor y la emoción crecía hasta convertir la plaza en un hervidero. El toro embestía con clase sublime y Talavante administraba aquella bravura con inteligencia, temple y una inspiración arrebatadora. Hubo momentos de absoluto abandono artístico, de esos que hacen olvidar el tiempo y convierten el silencio expectante de Madrid en un rugido colectivo. La estocada puso punto final a una obra rotunda. Las dos orejas fueron concedidas con fuerza y unanimidad, mientras “Ganador” daba la vuelta al ruedo entre ovaciones cerradas. La imagen del toro recorriendo el anillo venteño quedó como símbolo de una tarde donde la bravura encontró recompensa y el toreo alcanzó dimensión de arte mayor.

Pero más allá del triunfo grande de Talavante, la corrida dejó también capítulos de esfuerzo y dignidad por parte de Juan Ortega y Tristán Barroso.

El sevillano se enfrentó a un lote exigente y de escaso lucimiento. Su primero, “Niñato”, llegó ya condicionado por protestas debido a su justa presencia y terminó confirmando las dificultades que apuntaba desde salida. Animal incómodo, falto de poder y con defectos de visión que descomponían cada embestida, impidió que Ortega pudiera desarrollar el toreo cadencioso y armónico que persigue constantemente. Aun así, insistió con paciencia y oficio, intentando pulsear las arrancadas y buscar naturalidad donde apenas había opciones. Más contenido tuvo su actuación frente al quinto, “Encumbrado”, un toro encastado y móvil que, aunque manseó en los primeros tercios, conservó transmisión en la muleta. Ortega dejó destellos de exquisitez sobre el pitón derecho, intentando siempre ralentizar la velocidad de las embestidas y sujetar al animal en la tela. Hubo pasajes de enorme pureza estética, especialmente cuando consiguió enganchar al toro adelante y llevarlo cosido hasta el final, aunque la faena nunca terminó de romper por la falta de entrega total del jabonero.

Tristán Barroso, por su parte, comparecía en Madrid para confirmar alternativa, una responsabilidad máxima para cualquier torero joven. Y el francés respondió con personalidad y firmeza. Con “Ventoso”, el toro de la ceremonia, mostró capacidad para entender las condiciones de un animal que exigía distancia y suavidad. Comenzó de rodillas, apostando desde el primer instante, y posteriormente construyó una faena inteligente, basada en las tandas cortas y el temple. El toro tuvo calidad, pero siempre al borde de perder las manos, lo que obligó a Barroso a medir cada exigencia. La espada le privó de un reconocimiento mayor.

Sin embargo, sería ante el sexto, “Tabacalero”, donde dejaría la imagen más sólida de la tarde. El toro salió con seriedad imponente, agresivo de pitones y con un comportamiento áspero desde el inicio. Tras un fuerte castigo en varas y evidentes síntomas de mansedumbre, el de Cuvillo llegó a la muleta sin entrega ni claridad. Barroso decidió entonces jugarse el todo por el todo. Se fue a los medios y comenzó de hinojos, desafiando la aspereza del animal. Una violenta voltereta no alteró su planteamiento y continuó firme, muy cruzado y siempre colocado en el sitio exacto. La faena no tuvo brillantez porque el toro nunca terminó de romper hacia adelante, pero sí dejó patente el valor, la serenidad y la capacidad del confirmante. Madrid percibió el esfuerzo de un torero que jamás volvió la cara y que supo mantenerse entero en la tarde más importante de su carrera.

La corrida de Núñez del Cuvillo terminó así convertida en una montaña rusa de emociones. Hubo protestas, toros deslucidos y momentos de incertidumbre, pero también apareció la bravura verdadera, la inspiración del artista y el compromiso de quienes entienden que Madrid exige entrega absoluta. Y cuando el público abandonó lentamente los tendidos de Las Ventas, quedaba la sensación de haber presenciado algo más que una corrida: la confirmación de que el toreo todavía puede estremecer el alma cuando un gran toro y un gran torero se encuentran en el instante preciso.

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