San Isidro: Valor Entre la Decepción

San Isidro: Valor Entre la Decepción

15.05.2026  05:11 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

La corrida de Ganadería Vellosino dejó en Plaza de Toros de Las Ventas una sensación amarga marcada por la falta de raza, fuerza y transmisión de un encierro voluminoso pero vacío de emoción. En medio de un ambiente áspero y de una plaza especialmente exigente, sobresalió la dimensión técnica y el compromiso de Daniel Luque, acompañado por la firmeza de David de Miranda y la voluntad de Sebastián Castella.

Arbeláez - Colombia. La tarde dejó una de esas conclusiones que solo Madrid sabe dictar con crudeza: no siempre el fracaso ganadero invalida el mérito torero. Porque bajo el peso de una corrida aparatosa, larga y ofensiva por delante, pero carente de casta y motor, hubo hombres capaces de sostener la liturgia del toreo desde el oficio, la inteligencia y el compromiso. La sustitución de los toros de Ganadería El Parralejo por los de Ganadería Vellosino terminó condicionando una función donde el volumen jamás encontró correspondencia en la bravura. Mucho continente y muy poco contenido para una plaza que no concede tregua cuando la emoción desaparece.

El encierro acusó desde salida una evidente falta de poder. Animales largos, cuesta arriba, descompensados en hechuras y sostenidos más por la inercia que por la fortaleza real de sus remos. En otro escenario menos severo quizá la corrida habría permitido lecturas más complacientes, pero en Madrid cada embestida se mide bajo el prisma de la autenticidad. Y ahí los de Vellosino se quedaron en un término indefinido: ni completamente inválidos ni claramente aptos para romper hacia adelante. Les faltó raza para repetir, entrega para humillar y transmisión para emocionar.

Dentro de ese contexto emergió con enorme dimensión técnica la figura de Daniel Luque. El sevillano volvió a demostrar que atraviesa uno de los momentos más sólidos y maduros de su carrera. Su labor no se sostuvo en el efectismo, sino en la comprensión exacta de las limitaciones del toro. Especialmente importante fue su actuación frente al quinto, un ejemplar gigantesco y de viaje mortecino al que logró construirle pasajes de ligazón a base de colocación, tiempos y un admirable juego de piernas.

Allí donde el animal se vencía, protestaba o se quedaba corto, Luque encontró soluciones desde el conocimiento profundo del embroque y la distancia. Parte del público reclamaba terrenos imposibles para un toro incapaz de sostener una colocación franca. Pero precisamente ahí residió el mérito del sevillano: no violentar nunca las condiciones del animal y exprimir hasta el último gramo de recorrido posible. Fue una faena de contenido silencioso, de técnica depurada y valor seco, de esas que exigen entender el toreo más allá del entusiasmo superficial. La ovación final reconoció apenas una parte de una actuación mucho más importante de lo que reflejó el resultado oficial.

También dejó una impresión de enorme seriedad David de Miranda. El onubense mantuvo toda la tarde una actitud firme, serena y honesta frente a dos toros completamente deslucidos. Su primero nunca terminó de pasar ni de entregarse; el sexto fue directamente la negación de la bravura, un animal defensivo, sin humillación ni celo, que convirtió cada muletazo en un esfuerzo estéril. Y aun así, David permaneció centrado, sin perder el sitio ni renunciar al gobierno de la lidia. Hubo verdad en su disposición y honestidad en su planteamiento.

Por su parte, Sebastián Castella se encontró con dos toros desagradecidos, especialmente el cuarto, un ejemplar desestructurado y sin ritmo que jamás permitió continuidad. El francés apostó por el oficio y trató de provocar inercia donde apenas existía desplazamiento. Su voluntad chocó constantemente con una embestida defensiva, apagada y sin transmisión. La espada terminó por emborronar todavía más una actuación condicionada desde el inicio por la imposibilidad del lucimiento.

La corrida dejó además una reflexión ganadera inevitable. El exceso de volumen terminó agravando la sensación de pesadez general del encierro. Fueron toros muy serios de cara, pero vacíos por dentro. En plazas de máxima responsabilidad como Las Ventas no basta con la presencia; el toro debe tener capacidad de empuje, transmisión y duración para sostener el rito. Y esa ausencia de fondo convirtió la tarde en una batalla de resistencia para toreros y espectadores.

Aun así, la corrida no fue un páramo absoluto. Quedó la sensación de que hubo toreros empeñados en dignificar una función cuesta arriba. Quedó el poso técnico de Luque, la serenidad de David de Miranda y la profesionalidad de Castella. Y quedó también la certeza de que Madrid, incluso en las tardes más ásperas, sigue siendo el escenario donde el mérito auténtico termina sobreviviendo por encima de los trofeos y del ruido.

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