
13.04.2026 11:50 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
El rejoneador colombiano Andrés Vélez falleció el pasado 10 de abril, dejando una huella profunda en la tauromaquia nacional. Formado entre Colombia y España bajo la guía de grandes maestros, su carrera estuvo marcada por destellos de figura, técnica depurada y circunstancias adversas que le impidieron alcanzar la cima que muchos le auguraban.
Arbeláez - Colombia. En el recogimiento que envuelve a la tauromaquia tras la pérdida de uno de sus hombres, el tiempo parece detenerse entre recuerdos de faenas, sonidos de clarines y el rumor lejano de los tendidos. La partida de Andrés Vélez irrumpe como un golpe de realidad que trasciende lo individual, para instalarse en la memoria colectiva del toreo a caballo. No se trata únicamente de la ausencia física de un rejoneador, sino del silencio que deja una historia construida con disciplina, riesgo y una profunda conexión entre jinete, caballo y toro, elementos que en su conjunción dieron sentido a su vida artística.
Hablar de su adiós es, al mismo tiempo, evocar la esencia del rejoneo como una de las expresiones más complejas y estéticas de la lidia. En ese universo de precisión milimétrica, donde cada embroque exige dominio absoluto de la montura y lectura exacta del comportamiento del astado, Vélez supo escribir páginas de autenticidad. Su tránsito por los ruedos, ahora cerrado por la inevitable condición humana, invita a mirar más allá del resultado inmediato y reconocer en su trayectoria el testimonio de un torero que, aun frente a las adversidades, defendió su vocación hasta el último aliento, dejando una huella que el tiempo no podrá borrar.
LA PARTIDA DE UN TORERO A CABALLO QUE ROZÓ LA GRANDEZA
El mundo del toreo a caballo se encuentra de luto tras la partida a la eternidad del Rejoneador colombiano Andrés Vélez, ocurrida el viernes 10 de abril. Su deceso, consecuencia de una enfermedad que fue minando su fortaleza física en los últimos años, pone fin a una vida consagrada al arte de lidiar reses bravas desde la grupa, con temple, elegancia y una vocación que nunca claudicó.
Vélez no fue un improvisado. Su tauromaquia tuvo raíces firmes en la escuela colombiana, bajo la tutela del maestro Dayro Chica, quien supo ver en él condiciones excepcionales para el rejoneo. Fue precisamente en los ruedos de provincia, cuando Chica dirigía la plaza La Nacional, donde el joven caballista comenzó a forjar su personalidad torera, enfrentando encastes diversos y aprendiendo el oficio desde la base, con disciplina y sacrificio.
Sin embargo, como ocurre con los toreros llamados a trascender, su horizonte no se limitó al ámbito nacional. España, cuna del rejoneo moderno, se convirtió en su siguiente destino. Allí encontró cobijo y enseñanza al lado del maestro Manuel Vidrié, figura indiscutible del toreo a caballo, bajo cuya dirección Vélez pulió su técnica, afinó su concepto y elevó su expresión artística. Fue en ese contexto donde su nombre comenzó a sonar con fuerza en círculos especializados.
Publicaciones taurinas de prestigio como Aplausos ya advertían su proyección con titulares que lo situaban al borde de la consagración. No era una ilusión desmedida: el propio Ginés Cartagena, una de las grandes figuras del rejoneo mundial, llegó a afirmar en un acto público que Vélez estaba destinado a superar a muchos y a convertirse en figura del escalafón. Aquella sentencia no era gratuita, sino el reconocimiento a un concepto depurado, basado en la doma clásica, la precisión en la colocación de rejones y banderillas, y un sentido del temple poco común.
Uno de los momentos más recordados de su trayectoria tuvo lugar en 1994, en Cartagena, donde dejó constancia de su categoría. Aquella tarde, frente a un astado de nombre “Clarín”, Vélez ejecutó una faena de altos vuelos: rejón de castigo bien colocado, seis banderillas clavadas con limpieza y exposición, y un certero rejón de muerte que rubricó una labor premiada con dos orejas. Fue una actuación que sintetizó su esencia: dominio del caballo, lectura del toro y conexión con los tendidos.
Pero la carrera de un torero no siempre se mide únicamente por su talento. En el caso de Andrés Vélez, múltiples circunstancias adversas, desde limitaciones estructurales del medio hasta dificultades personales, impidieron que consolidara una trayectoria en la élite internacional. Aquella figura que muchos vislumbraban quedó, en cierta forma, contenida, como una promesa que nunca terminó de desplegar todas sus alas.
Aun así, su legado permanece. Vélez representó una generación de rejoneadores colombianos que lucharon por abrirse paso en un circuito exigente, llevando el nombre del país con dignidad y entrega. Su estilo, sobrio y técnico, será recordado por quienes valoran el rejoneo auténtico, donde la armonía entre jinete y caballo se convierte en lenguaje artístico.
Hoy, su partida deja un vacío en el escalafón histórico del rejoneo colombiano. Se ha ido un torero que vivió con pasión cada salida al ruedo, que entendió el arte como disciplina y que, pese a las adversidades, nunca dejó de creer en su destino.
En la arena de la memoria, Andrés Vélez cabalga ya en la eternidad, allí donde solo habitan los que hicieron del valor, la técnica y el arte, una forma de vida.








