
28.04.2026 08:45 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
Un encierro de Miura, fiel a su leyenda de dureza y sentido, puso a prueba a una terna firme y entregada en Sevilla. Entre la seriedad del lote, destacó la capacidad de Manuel Escribano, la disposición de Pepe Moral y, sobre todo, la dimensión de Román, quien firmó una faena de enorme calado frente a un lote exigente, bordeando siempre el límite del percance.
Lenguazaque - Colombia. La Real Maestranza vivió una de esas tardes que engrandecen la liturgia del toreo, donde el hierro de Miura volvió a imponer su carácter innegociable, ese que convierte cada embestida en un examen sin concesiones. No fue una corrida cómoda ni agradecida; fue, en esencia, una prueba de fuego donde la técnica, el valor y la cabeza se convirtieron en herramientas imprescindibles para descifrar un encierro tan interesante como complejo.
Desde la salida del primero, el ambiente quedó marcado por la seriedad del conjunto: toros largos, con cuajo, de mirada exigente y comportamiento variado, pero siempre dentro de ese denominador común de casta áspera y sentido en evolución. “Desterrado” abrió plaza sin entrega franca, obligando a Manuel Escribano a construir una faena de oficio, basada en la colocación y el conocimiento de los terrenos. Sin humillar, el toro exigía pulso y paciencia, y el sevillano respondió con firmeza, logrando momentos de mérito en una labor de menos a más que, sin embargo, quedó diluida por el acero.
El segundo titular, “Dantesco”, evidenció pronto su falta de fuerza, siendo devuelto tras un comportamiento incierto. Su lugar lo ocupó “Gallero”, un sobrero imponente que ofreció una embestida con tranco en los primeros compases, pero que se fue orientando con rapidez. Pepe Moral, valiente desde la misma puerta de chiqueros, planteó una lidia de mucha exposición, condicionada por el viento y por la creciente inteligencia del animal. La faena se desdibujó conforme el toro desarrolló sentido, dejando patente la dificultad intrínseca del encierro.
Pero sería el tercer turno el que marcaría uno de los puntos álgidos de la tarde. “Lamparillo”, con clase y ritmo dentro del rigor de la casa, permitió a Román desplegar un toreo de gran dimensión. El valenciano entendió pronto las teclas del astado: distancia justa, muleta ofrecida con suavidad y un temple que logró someter la embestida. Hubo series ligadas, de trazo curvo y mando, especialmente sobre la diestra, donde el toro llegó a volcar la cara con entrega. La música acompañó una faena de peso, maciza, que se sostuvo sobre la verdad del cite y la profundidad del muletazo. La espada, sin embargo, enfrió el premio que parecía seguro.
El cuarto, “Montesino”, permitió a Manuel Escribano redondear una tarde de gran solvencia. Con un toro justo de poder, el sevillano tiró de inteligencia y suavidad, administrando los tiempos y cuidando cada embroque. Destacó especialmente su toreo al natural, de trazo limpio y templado, en una faena construida con exquisitez técnica. La estocada, esta vez certera, le valió una oreja de peso que refrendó su compromiso y conocimiento del encaste.
El quinto, “Abutardo”, resultó ser uno de los ejemplares más exigentes del festejo. Con movilidad en el cuello y una embestida siempre alerta, puso en aprietos a Pepe Moral, que no volvió la cara en ningún momento. Fue un toro de los que piden mando absoluto y precisión quirúrgica, y aunque el sevillano lo intentó con entrega, la dificultad superó cualquier posibilidad de lucimiento. Su actuación, no obstante, quedó marcada por la disposición ante uno de los toros más complejos de la feria.
Y llegó el sexto, “Palillero”, un ejemplar musculado, de notable presencia y con un comportamiento que sintetizó la esencia del encierro: prontitud inicial, desarrollo de sentido y una exigencia constante. Desde el capote, Román percibió la calidad en la humillación, pero también la trampa en la continuidad. Ya en la muleta, el toro planteó una lidia de máxima tensión, obligando a una firmeza inquebrantable.
Román se jugó la vida en cada embroque. No hubo concesiones. Cada muletazo fue un pulso directo con el peligro, especialmente cuando el toro, más largo por el pitón derecho y reacio a salir a los medios, exigía precisión milimétrica en los terrenos cercanos a tablas. La ligazón era un reto casi imposible más allá del tercer pase, pero el valenciano insistió en provocar la embestida, en someter la incertidumbre y en mantener la compostura donde otros hubieran claudicado.
Fue una faena de exposición extrema, de las que no se miden en trofeos sino en la dimensión del torero frente a la dificultad. La transmisión llegó cuando consiguió hilvanar tandas aisladas, arrancándole al toro embestidas que parecían negadas. La estocada, en buen sitio, puso punto final a una obra que quedó grabada por su autenticidad y por la capacidad de Román para imponerse a un Miura de los que marcan época.
La terna, en conjunto, ofreció una lección de profesionalidad y entrega. Escribano, con su solvencia; Moral, con su valor seco; y Román, con su dimensión y verdad, engrandecieron una tarde en la que Miura volvió a recordar que su leyenda no es un relato del pasado, sino una realidad viva que sigue exigiendo lo máximo a quien se pone delante.
Porque en Sevilla, cuando Miura sale por chiqueros, no hay engaño posible: solo quedan el toro, el torero… y la verdad.








