Sevilla: Morante Abre la Eternidad

Sevilla: Morante Abre la Eternidad

04.06.2026  03:32 p.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

La corrida del Corpus en la Real Maestranza de Sevilla se convirtió en un hecho memorable gracias a la extraordinaria actuación de Morante de la Puebla, quien logró conquistar la Puerta del Príncipe con una demostración de dominio, inteligencia y gran calidad artística. Aunque la corrida estuvo marcada por un encierro irregular y con toros faltos de fuerza, también destacaron Juan Ortega y Pablo Aguado, quienes, con entrega estética y creatividad, mantuvieron el interés y la emoción de una tarde en la que el protagonismo recayó más en el talento de los toreros que en la bravura de los animales.

Arbeláez – Colombia. La corrida del Corpus en Sevilla no dejó únicamente un resultado estadístico de puertas grandes, orejas u ovaciones. Lo que ocurrió en la Real Maestranza fue algo mucho más profundo: una reivindicación del toreo como arte de creación frente a la adversidad del toro moderno. Porque el gran argumento de la tarde no fue la excelencia del encierro, sino la capacidad de tres toreros sevillanos para sostener la liturgia de la tauromaquia cuando la materia prima amenazaba con derrumbarla.

Y ahí emergió, inmenso, Morante de la Puebla. Su Puerta del Príncipe no puede explicarse únicamente desde los trofeos. Sería reducir una obra artística a un dato administrativo. Lo verdaderamente trascendente fue contemplar cómo un torero logró convertir toros sin excesiva raza, escasos de fuerzas y limitados de fondo en vehículos para la emoción estética. Morante no toreó únicamente a los toros; toreó sus defectos, administró sus debilidades y sublimó sus carencias.

La tarde comenzó torcida. El primero, “Mariposo”, evidenció desde salida una alarmante invalidez que obligó al presidente a ordenar su devolución antes incluso del caballo. Aquello pudo enfriar una plaza abarrotada en día grande. Sin embargo, el sobrero de Garcigrande, “Lancero”, abrió la puerta de la inspiración. Desde el recibo capotero empezó a percibirse algo distinto. Morante ralentizó el tiempo. Cada verónica parecía suspendida en el aire sevillano con una lentitud imposible, como si la embestida tuviera que obedecer al compás del torero y no al revés. No fue un toro fácil: protestó, dudó y necesitó constantes ventajas. Pero ahí apareció la inteligencia lidiadora del de La Puebla.

La gran lección técnica llegó en la muleta. Mientras muchos hubieran intentado someter al toro desde abajo, exigiéndolo hasta quebrarlo, Morante entendió exactamente la altura que necesitaba el animal para mantenerse vivo en la embestida. Ese dominio de las alturas, tan olvidado en el toreo contemporáneo, fue el eje de una faena construida desde la suavidad, la pausa y el gobierno emocional del toro.

No hubo violencia ni imposición. Hubo comprensión. Y cuando apareció aquel natural casi circular entre las rayas del tercio, Sevilla explotó en un olé profundo, de esos que no nacen del entusiasmo superficial, sino del reconocimiento colectivo de estar viendo algo irrepetible. La estocada, ejecutada en la suerte contraria con pureza clásica, terminó de redondear una obra de torero grande.

Pero lo verdaderamente histórico estaba aún por llegar. Con el cuarto, un toro protestado y de limitadísimo fondo, Morante firmó una de esas faenas que sólo pueden explicarse desde el misterio del arte. Porque no había materia aparente para semejante dimensión estética. El animal marcó querencia, salió suelto del caballo y jamás transmitió sensación de plenitud. Sin embargo, el torero convirtió aquel material deslucido en un monumento al temple.

Los naturales surgieron ligados en apenas un palmo de terreno, con el cite adelantado y la muleta arrastrando suavemente la embestida hasta detrás de la cadera. Cada pase parecía durar una eternidad, y ahí reside precisamente el secreto del gran toreo: no hacer más cosas, sino hacer que el tiempo pese más.

La Maestranza terminó entregada, coreando el nombre de “José Antonio Morante de la Puebla”, mientras sonaban palmas por tangos en un ambiente de absoluta comunión emocional. La espada, otra vez ejecutada con verdad, terminó de abrir la Puerta del Príncipe y de confirmar que Sevilla no estaba premiando sólo una actuación, sino una manera de entender la tauromaquia.

Porque esta Puerta del Príncipe tiene un valor simbólico enorme. Llega en un momento donde el debate taurino suele reducirse a cifras, polémicas o extremos ideológicos. Y Morante recordó que la esencia del toreo sigue estando en la emoción artística, en la capacidad de conmover desde la belleza.

En ese contexto también merece reconocimiento la actuación de Juan Ortega. Su tarde no se mide por trofeos, sino por la fidelidad a un concepto. Toreó con enorme delicadeza a un segundo toro muy justo de fuerzas, cuidándolo desde el inicio y construyendo momentos de exquisita estética. Hubo cambios de mano de enorme profundidad y remates desmayados que volvieron a evidenciar que Ortega pertenece a esa minoría de toreros que entienden el toreo como armonía y no como simple dominio. Sin embargo, el quinto exigía otra condición más poderosa, más firme y autoritaria. El toro de Garcigrande pedía mando desde el primer muletazo y la faena nunca terminó de romper. Aun así, Ortega dejó claro algo importante: su tauromaquia no se negocia, incluso cuando el resultado no acompaña.

También Pablo Aguado sostuvo el tono artístico de la corrida desde el valor sereno y la personalidad sevillana. Su recibo a porta gayola al tercero fue toda una declaración de compromiso con la tarde. Después llegaron verónicas arrebatadas que pusieron a la plaza en pie y una faena basada en la inteligencia frente a un toro discontinuo, sin ritmo ni entrega completa. Aguado entendió perfectamente que aquel animal necesitaba pausas, distancias y tiempos muertos entre muletazos. Hubo detalles de enorme sabor, especialmente en los pases de las flores y en los remates ligados con circulares que despertaron el runrún de la Maestranza. El sexto, sin raza ni transmisión, apenas ofreció opciones reales.

La corrida dejó también un debate inevitable sobre el encierro. El conjunto de Hnos. García Jiménez, junto al ejemplar de Olga Jiménez y los remiendos de Garcigrande, ofreció una corrida muy desigual, de escasa presentación en algunos toros y limitada de fuerzas en demasiados momentos. Hubo movilidad intermitente y algunos animales permitieron el lucimiento, pero faltó esa emoción íntegra que nace de la bravura encastada.

Y quizá por eso la dimensión de lo realizado por Morante adquiere todavía más relevancia. Porque las grandes tardes no siempre nacen de los toros perfectos. A veces surgen precisamente cuando un torero es capaz de imponer su genio sobre las limitaciones del contexto. Y eso fue lo que ocurrió en Sevilla: un torero convirtiendo la fragilidad del toro en argumento artístico. La Puerta del Príncipe no fue únicamente un triunfo. Fue una reivindicación del toreo eterno. Y Sevilla, que tantas veces juzga con dureza, terminó rendida ante un hombre que logró algo extraordinario: hacer que toda una plaza olvidara las carencias del encierro para abandonarse, sencillamente, a la emoción de la belleza.

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