Sevilla: Naturales de Peso en la Maestranza

Sevilla: Naturales de Peso en la Maestranza

20.04.2026  03:54 p.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

Borja Jiménez firmó en Sevilla una actuación de gran calado, cimentada en un toreo al natural de alto voltaje técnico frente a un exigente lote de Victorino Martín, especialmente en el cuarto, donde cuajó una faena profunda malograda con la espada. Manuel Escribano, por su parte, dejó una tarde de máxima entrega, marcada por su disposición y momentos de valor en un festejo condicionado por la irregularidad del encierro.

Lenguazaque – Colombia. La Real Maestranza vivió una de esas tardes de aristas, donde la exigencia del toro de Victorino Martín se impuso como eje de un mano a mano que dejó poso más allá de los trofeos. En ese contexto, emergió con fuerza la figura de Borja Jiménez, quien encontró en el pitón izquierdo el cauce para construir una obra de enorme contenido, mientras Manuel Escribano sostuvo la tarde desde la entrega, el oficio y la exposición.

El sevillano Borja Jiménez estructuró su actuación sobre una lectura precisa de la embestida victorina: medir los tiempos, administrar las inercias y, sobre todo, entender que la clave residía en el embroque y en el trazo largo por abajo. Ya en su primero dejó claro que el natural sería su argumento principal. Ante un toro de buen fondo pero exigente en la continuidad, el diestro planteó una faena de inteligencia, donde cada muletazo era casi un ejercicio de disección del comportamiento del animal. La embestida, con tendencia a venirse sobre las manos, obligaba a espaciar, a dar aire entre pases y a conducir con temple para evitar el derrote final. Ahí, en ese terreno técnico, Borja creció, logrando naturales de mano baja, tirando del toro con firmeza y encajándose en los terrenos paralelos a tablas, donde el recorrido se hacía más franco. La petición de oreja, no atendida, evidenció la dimensión de la obra.

Pero fue en el cuarto donde alcanzó su cénit. Un toro con mayor transmisión por el pitón izquierdo le permitió desarrollar un trasteo en progresión, de menos a más, asentado en el pulso y en la colocación. Desde el inicio al natural, Borja entendió que debía llevar cosida la embestida a los vuelos, evitando la brusquedad y favoreciendo la cadencia. Cuando logró ese ajuste, la faena tomó vuelo: series ligadas con naturalidad, la muleta arrastrada, el cite frontal y el remate atrás, dibujando una línea curva de gran pureza. Hubo dos tandas finales que condensaron la esencia del toreo fundamental: ritmo, profundidad y gobierno. Fue una faena de peso, de las que calan en el aficionado, pero nuevamente la espada diluyó el triunfo, dejando todo en una vuelta al ruedo que supo a poco.

El sexto, con clase, pero menos entrega, volvió a ofrecerle opciones por el izquierdo, aunque la irregularidad del animal y su tendencia a perder las manos condicionaron el resultado. Aun así, Borja insistió en la vía correcta: suavizar el embroque, alargar el muletazo y no forzar la ligazón cuando el toro no lo permitía. La falta de acierto con los aceros cerró una tarde importante sin el refrendo estadístico que merecía.

Frente a ese toreo de análisis y poso, Manuel Escribano opuso una tauromaquia de entrega absoluta. Desde su recibo a portagayola en varios turnos dejó claro su compromiso con la plaza. En su primero, condicionado por el viento y por un toro de corto viaje, logró momentos de mérito al natural, especialmente cuando encontró el sitio en el tercio y apostó por el uno a uno, dejando la muleta puesta y tirando del animal con los vuelos. Fue una labor de paciencia, de insistencia, donde cada pase tenía un componente de riesgo añadido.

En el tercero, tras otro arranque a portagayola de máxima exposición, Escribano conectó con el público gracias a un tercio de banderillas vibrante y a un inicio de muleta con emoción. El toro, con humillación y calidad inicial, permitió una primera serie notable por el pitón derecho, pero la faena se fue diluyendo al perder acople al natural y al decrecer la entrega del animal. Aun así, el sevillano mantuvo el interés, sin terminar de redondear.

Su lote se cerró con un quinto deslucido, sin opciones reales, en medio de un ambiente enrarecido por las protestas del público hacia la presentación del encierro. Allí, más que torear, tocó abreviar ante un oponente sin humillación ni recorrido, que imposibilitó cualquier construcción.

La corrida, marcada por la desigualdad en presentación y comportamiento, tuvo sin embargo un hilo conductor claro: la exigencia técnica que impone el hierro de Victorino Martín. En ese terreno, Borja Jiménez dio un paso adelante, firmando pasajes de toreo al natural de gran pureza y profundidad, especialmente en una cuarta faena que quedó como lo más rotundo del festejo. Escribano, por su parte, sostuvo la tarde desde el compromiso y la verdad, conectando con los tendidos a base de valor y disposición.

Sevilla, juez implacable, reconoció el esfuerzo y el contenido. Pero también dejó claro que, en la Maestranza, la espada sigue siendo la llave definitiva del triunfo.

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