Sevilla: Valor y Verdad Ante la Exigencia

Sevilla: Valor y Verdad Ante la Exigencia

23.04.2026  05:52 a.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

Una tarde de alto contenido técnico y emocional en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla dejó como eje la entrega sin reservas de David de Miranda, la obra de pureza sin premio de Diego Urdiales y la firmeza estoica de Emilio de Justo frente a un encierro exigente y de matices complejos de El Parralejo.

Arbeláez - Colombia. La undécima cita de la Feria de Abril de Sevilla se escribió con letras de autenticidad, de esas que no siempre encuentran reflejo en los trofeos, pero sí en la memoria del aficionado. Un lleno absoluto en la Maestranza fue testigo de una corrida de contrastes, donde la movilidad se impuso a la entrega y donde el genio, la falta de humillación y las embestidas inciertas exigieron el máximo de los espadas.

Desde la apertura del festejo, el encierro marcó territorio: toros de hechuras diversas, con más intención que clase en varios pasajes, obligando a los toreros a un ejercicio constante de inteligencia, técnica y valor. En ese escenario, emergieron tres discursos distintos, cada uno con su peso específico.

LA DIMENSIÓN DE UN TORERO EN PLENITUD: DAVID DE MIRANDA

La tarde encontró su cenit en la figura de David de Miranda, quien firmó una actuación de profundo calado artístico y emocional. Su primero, un toro de gran condición, le permitió construir una faena de estructura creciente, donde el temple y la ligazón fueron imponiéndose con naturalidad. La muleta siempre puesta, el mando firme y la capacidad de reducir la embestida marcaron una obra rotunda, coronada con una estocada de efecto fulminante que desató la concesión de las dos orejas.

Pero fue en el sexto donde el torero dejó patente su verdadera dimensión. Ante un ejemplar áspero, sin entrega y de embestida descompuesta, el onubense tiró de recursos técnicos y de una serenidad admirable. Midió los tiempos, sostuvo las embestidas imposibles y logró hilvanar muletazos donde no parecía haberlos. La firmeza a pies juntos, el ajuste extremo y un final por manoletinas de máxima exposición encendieron los tendidos. Fue una faena de imposición, de querer ser más que el toro, rubricada con una estocada efectiva. La presidencia, en criterio medido, concedió una oreja, negando la segunda pese a la fuerte petición.

EL TOREO ETERNO SIN ECO: DIEGO URDIALES

La tarde tuvo también un capítulo de injusticia, protagonizado por Diego Urdiales. Su labor en el cuarto toro fue una lección de clasicismo, de ese toreo que no necesita estridencias para alcanzar la categoría. Cada muletazo tuvo embroque, trazo limpio y remate, llevando siempre toreada la embestida.

Sin embargo, la condición del toro, de clase intermitente y escasa continuidad, impidió la ligazón necesaria para redondear la faena en términos de mayor impacto. Urdiales supo leerlo con precisión, cortando las series cuando era preciso y apostando por la pureza en cada cite. La estocada, de ejecución impecable, parecía abrir la puerta al reconocimiento, pero la respuesta del público fue sorprendentemente fría. La ovación final supo a poco, a premio escaso para una obra de alto contenido artístico, muy en la línea del toreo sevillano más ortodoxo.

LA FIRMEZA SIN RECOMPENSA: EMILIO DE JUSTO

Por su parte, Emilio de Justo dejó constancia de su solidez y compromiso en una tarde cuesta arriba. Sus dos oponentes carecieron de las condiciones necesarias para el lucimiento: desrazados, con embestidas descompuestas y escasa voluntad de seguir la muleta.

Lejos de venirse abajo, el extremeño mantuvo en todo momento la compostura y la entrega, intentando siempre construir faena desde la técnica y el conocimiento. Su labor fue más de contención que de expresión, más de oficio que de inspiración. Aun así, dejó detalles de su torería y una actitud irreprochable, demostrando que la grandeza también reside en saber estar cuando el triunfo no es posible.

UN ENCIERRO DE INTERÉS Y EXIGENCIA

La corrida de El Parralejo ofreció un conjunto interesante desde el punto de vista ganadero. Destacó de manera sobresaliente el tercero, premiado con la vuelta al ruedo por su bravura y calidad, mientras que el cuarto apuntó virtudes de clase. El resto presentó complicaciones: falta de entrega, embestidas a media altura y comportamientos marcados por el genio.

Fue, en definitiva, un encierro que puso a prueba a los toreros, obligándolos a exponer y a demostrar su capacidad de resolver en terrenos adversos.

La tarde se cerró con la sensación de haber asistido a un espectáculo de verdad: de lucha, de técnica y de entrega. La Puerta del Príncipe quedó entreabierta para quien más la rozó, pero el poso que dejó la corrida trasciende los trofeos. Porque cuando el toreo se expresa desde la autenticidad, como lo hicieron David de Miranda, Urdiales y Emilio de Justo, el resultado va más allá del marcador: se instala en la memoria.

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