
16.05.2026 10:10 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
Cada 16 de mayo se conmemora el Día de la Tauromaquia, una fecha dedicada a reconocer la historia, el arte y la tradición cultural que durante siglos ha acompañado a las plazas de toros del mundo hispano. En Colombia, la tauromaquia ha sido escenario de grandes gestas, figuras legendarias y profundas expresiones populares que aún sobreviven entre la pasión, la controversia y la defensa de las tradiciones. Hoy, aficionados, ganaderos, toreros y escuelas taurinas recuerdan el legado de la Fiesta Brava como parte de la identidad cultural y artística del país.
Arbeláez – Colombia. Cada 16 de mayo, los aficionados taurinos levantan la voz para rendir homenaje a una de las tradiciones más antiguas y simbólicas del mundo iberoamericano: la tauromaquia. Más que un espectáculo, la Fiesta Brava representa para miles de personas una expresión artística donde convergen el valor, la estética, la liturgia del ruedo y el respeto por el toro bravo como animal de linaje y bravura excepcional.
La historia de la tauromaquia se remonta a siglos atrás. Sus primeras manifestaciones organizadas surgieron en la península ibérica durante la Edad Media, cuando nobles y caballeros enfrentaban toros como demostración de destreza y honor. Con el paso del tiempo, aquella práctica ecuestre evolucionó hasta convertirse en el toreo a pie que hoy se conoce, estructurado bajo reglas, suertes y tercios que dieron forma al ritual taurino moderno.
España consolidó la corrida como una manifestación cultural profundamente arraigada, y desde allí la tradición cruzó el Atlántico durante la época colonial. En América Latina, países como México, Perú, Venezuela, Ecuador y Colombia acogieron la Fiesta Brava como parte de sus celebraciones populares y religiosas, construyendo una identidad taurina propia que perdura hasta nuestros días.
EL NACIMIENTO DE LA TRADICIÓN TAURINA EN COLOMBIA
La tauromaquia en Colombia posee una tradición de más de cuatro siglos de historia. Los primeros festejos taurinos registrados se remontan a la época virreinal, cuando las corridas se celebraban en plazas improvisadas para conmemorar festividades religiosas, homenajes monárquicos y acontecimientos civiles de gran relevancia.
Con el crecimiento de las ciudades y el auge cultural del siglo XIX, comenzaron a construirse plazas permanentes que marcaron el desarrollo de la fiesta brava en el país. Escenarios emblemáticos como la Plaza de Toros La Santamaría en Bogotá, la Plaza de Toros Monumental de Manizales, la Plaza de Toros de Cañaveralejo y la Plaza de Toros La Macarena se consolidaron como auténticos templos taurinos, por donde desfilaron las más grandes figuras del toreo mundial.
Durante décadas, Colombia fue considerada una de las aficiones taurinas más entendidas y exigentes de América. El público colombiano alcanzó reconocimiento internacional por su profundo conocimiento del arte taurino, su respeto por el toro encastado y su sensibilidad frente al temple, la ligazón y la pureza de las faenas.
Ganaderías históricas como Mondoñedo, Dosgutiérrez, Vistahermos, Achury Viejo, Clara Sierra, Icuasuco, Cabrera, Garzón Hermanos, Ernesto Gutiérrez Arango, Suescún, Encenillo, Guachicono, Santa Bárbara, Las Ventas del Espíritu Santo entre muchas otras, contribuyeron a consolidar la reputación del toro bravo colombiano, reconocido por su casta, movilidad y capacidad de transmisión en el ruedo.
GRANDES FIGURAS QUE MARCARON LA HISTORIA
La historia taurina colombiana también ha sido escrita por hombres de luces que dejaron una huella imborrable en los alberos nacionales e internacionales. Figuras como Joselillo de Colombia, Manolo Zúñiga, Vásquez II, Jaime González “El Puno”, Morenita del Quindío, Pedrín Castañeda, Enrique Calvo “El Cali”, Jorge Herrera, Alberto Ruiz “El Bogotano”, Jairo Antonio Castro, Leónidas Manrique, José Porras, Fernando Rozo, Alberto Mesa, Carlos Fuentes, Raúl Gómez “El Rey de Ubaté”, Gitanillo de América, Cristóbal Pardo “Cordobés Colombiano”, Héctor Jiménez “El Gitano Rubio”, Joselito Borda, César Camacho, Guillermo Perla Ruiz, Noel Petro “El Burro Mocho”, Pepe Manrique, José Gómez “Dinastía”, Ricardo Gómez, Sebastián Vargas, Alejandro Gaviria, Valentín Báez, Ramiro Cadena y, sin duda alguna, el maestro Pepe Cáceres, considerado el máximo ídolo taurino colombiano, llevaron el nombre de Colombia a las más importantes ferias taurinas del mundo.
Cada uno de ellos aportó valor, entrega y arte a la fiesta brava, consolidando una tradición que durante décadas despertó admiración dentro y fuera del país. En especial, Pepe Cáceres sobresalió por su serenidad frente al toro, la elegancia de su capote y su extraordinaria capacidad lidiadora, cualidades que lo convirtieron en una auténtica leyenda de la afición taurina colombiana.
En la década de 1980 emergió con fuerza el nombre de César Rincón, quien alcanzó la gloria universal al abrir en cuatro ocasiones consecutivas la Puerta Grande de la Plaza de Toros de Las Ventas, una hazaña reservada únicamente para las máximas figuras de la historia del toreo. Su temple, quietud y profundidad artística marcaron una de las épocas más brillantes de la tauromaquia colombiana.
Junto a los ya mencionados, también merecen especial reconocimiento toreros como Paco Perlaza, José Arcila, Luis Bolívar y Guerrita Chico, Manuel Libardo, Juan de Castilla, quienes han contribuido a mantener viva una tradición que, pese a los cambios sociales y las dificultades contemporáneas, continúa ocupando un lugar significativo dentro de la historia cultural y taurina de Colombia.
MÁS QUE UNA CORRIDA: UNA CULTURA COMPLETA
Para los defensores de la Fiesta Brava, la tauromaquia no se limita únicamente al instante de la lidia. Se trata de un universo cultural que involucra música, literatura, pintura, escultura, gastronomía, crianza ganadera y conservación ambiental.
El toro bravo, eje central de esta tradición, requiere amplias extensiones de campo para su crianza, lo que ha permitido preservar ecosistemas y dehesas ganaderas donde conviven diversas especies de flora y fauna. Muchas ganaderías colombianas han mantenido durante generaciones prácticas de conservación rural ligadas al manejo del ganado de lidia.
Asimismo, la tauromaquia ha inspirado obras literarias, poemas, pasodobles y expresiones artísticas que forman parte del patrimonio cultural hispanoamericano. El lenguaje taurino, lleno de simbolismo y técnica, refleja valores asociados al honor, la disciplina, el coraje y la estética del riesgo.
UNA TRADICIÓN QUE PERMANECE VIVA
En la actualidad, la tauromaquia atraviesa tiempos de incomprensión y cuestionamientos promovidos, en muchos casos, desde visiones superficiales, desinformadas o alejadas del verdadero conocimiento de la tradición taurina. Con frecuencia, las opiniones más estridentes nacen del desconocimiento de su historia, de su dimensión artística y cultural, e incluso de posturas influenciadas por emociones alteradas o percepciones distorsionadas sobre el significado de la Fiesta Brava.
Pese a ello, la tauromaquia continúa viva gracias al arraigo popular, a la defensa de las libertades culturales y al compromiso de miles de aficionados que siguen viendo en el ruedo una manifestación de arte, disciplina, valor y tradición. Las escuelas taurinas, las nuevas generaciones de toreros y la permanencia de ganaderías históricas demuestran que la esencia del toreo aún conserva fuerza y vigencia en el mundo hispano.
Este 16 de mayo, el Día de la Tauromaquia vuelve a convertirse en una fecha de memoria, identidad y reconocimiento para quienes consideran que el arte de lidiar toros forma parte del patrimonio cultural de los pueblos. En Colombia, la afición recuerda que detrás de cada pase, cada muletazo y cada tarde de gloria existe una herencia centenaria que ha resistido el paso del tiempo gracias a la pasión, la entrega y la convicción de quienes continúan defendiendo la Fiesta Brava como una expresión profundamente humana y artística.








