
04.05.2026 11:48 a.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
En una tarde de máxima expectación y lleno absoluto, la última clasificatoria de la Copa Chenel 2026 dejó a Juan Miguel como triunfador tras una faena de gran calado y una oreja de peso, aunque el fallo con el acero le privó de salir a hombros. Fernando Plaza firmó momentos de gran pureza al natural, mientras que Alberto Durán sufrió un grave percance que marcó el dramatismo del festejo.
Arbeláez – Colombia. La plaza de toros de Valdemoro volvió a vestirse de gala para acoger una de esas tardes que definen el pulso de la temporada: la última corrida clasificatoria de la Copa Chenel 2026. Con el cartel de “No hay billetes” colgado por tercer año consecutivo, el coso madrileño se convirtió en epicentro de emoción, técnica y verdad, en una función marcada por el triunfo, la entrega y el infortunio.
El nombre propio del festejo fue, sin discusión, Juan Miguel. El espada madrileño dejó constancia de su evolución artística y madurez lidiadora, firmando una actuación de gran dimensión frente a un lote que permitió el lucimiento. Su primero, segundo de la tarde, un ejemplar de López Gibaja con transmisión y humillación, fue entendido desde los primeros compases. Juan Miguel lo recibió con firmeza y, ya en el tercio de muleta, construyó un trasteo basado en el temple, la colocación y el sometimiento progresivo de la embestida. Hubo muletazos largos, ligados y de gran ajuste en terrenos comprometidos, culminando con manoletinas ceñidas que encendieron los tendidos. La estocada, ejecutada con precisión, rubricó una labor que fue premiada con una oreja de ley.
El quinto, de Baltasar Ibán, elevó aún más el listón de la tarde. Toro encastado, de salida vibrante y comportamiento exigente, que obligaba a mando y cabeza fría. Juan Miguel lo toreó con inteligencia, administrando las embestidas y extrayendo tandas por ambos pitones con cadencia y profundidad. Hubo pasajes de gran belleza, especialmente al natural, donde el torero logró ralentizar la acometida del astado. La faena, de estructura sólida y contenido técnico, parecía destinada al triunfo grande; sin embargo, el acero se convirtió en obstáculo. Tras una estocada efectiva, el desacierto con el descabello diluyó el premio. El toro, ovacionado en el arrastre, recibió la vuelta al ruedo, mientras el torero saludaba desde el anillo tras una petición insuficiente.
Fernando Plaza dejó su sello de torería y concepto en dos actuaciones de notable calado, aunque sin refrendo en el marcador. Su labor ante el tercero destacó por un toreo al natural de gran pureza, con muletazos templados, largos y cargados de intención estética. Plaza mostró asiento, firmeza y una notable capacidad para estructurar la faena, cerrando con bernadinas muy ajustadas. El fallo con la espada le privó del trofeo.
En el sexto, volvió a evidenciar su progresión y oficio, lidiando con serenidad y pulso un toro que exigía precisión. Plaza se mostró como un torero hecho, con una firmeza impropia de su trayectoria reciente. Logró momentos de gran profundidad, especialmente en naturales ceñidos y verticales que conectaron con los tendidos. De nuevo, la espada —trasera y tendida— y el posterior uso del descabello le negaron un triunfo que parecía seguro.
La cruz de la tarde la encarnó Alberto Durán. El torero zamorano dejó detalles de buen concepto en su primero, donde, a base de paciencia, logró hilvanar una faena con sentido, aprovechando la movilidad del astado de López Gibaja. Sin embargo, un pinchazo previo a la estocada final enfrió las opciones de premio.
El drama llegó en el cuarto, un toro de Baltasar Ibán de marcada exigencia. En una tanda sobre la izquierda, el animal se venció con violencia, prendiendo a Durán de manera aparatosa por la zona escrotal. La escena, de gran impacto, paralizó la plaza. El torero, consciente de la gravedad, fue rápidamente auxiliado y trasladado a la enfermería, mientras el silencio sobrecogedor del público evidenciaba la dureza del percance. Juan Miguel se hizo cargo de la muerte del astado.
En conjunto, el encierro ofreció diversidad de comportamientos, destacando el quinto por su bravura y calidad, seguido de un buen sexto. Los toros de López Gibaja resultaron manejables y con clase, mientras que el cuarto fue el de menor lucimiento, aunque el más dramático en consecuencias.
La tarde en Valdemoro no solo definió clasificaciones, sino que reafirmó trayectorias. Juan Miguel se posiciona como firme candidato en la Copa Chenel, Fernando Plaza confirma su poso y proyección, y Alberto Durán deja en el ruedo una muestra de la cara más dura del toreo: la del riesgo real, sin concesiones.
Una corrida que, más allá de los trofeos, quedará en la memoria por su autenticidad, su intensidad y su capacidad de emocionar desde la verdad del toreo.








