Viñeta: Aquellos Sesenta… (VIII)

Viñeta: Aquellos Sesenta… (VIII)

13.04.2026  11:53 a.m.

Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes - https://todotoroblog.blogspot.com - Web Aliada

Una generación crece entre el asombro juvenil y la afición por la tauromaquia, que acompaña su paso a la adultez entre recuerdos, figuras y vivencias en las plazas. Con el tiempo, y en medio de un contexto histórico marcado por la violencia y los cambios culturales, esta pasión se vuelve más reflexiva y tradicional, viendo en el toreo un símbolo permanente de la naturaleza humana y sus contradicciones.

Cali - Colombia. Sin saber cómo ni cuándo nuestra generación de incipientes aficionados entró a esa década. Con menos de quince años, los ojos y el asombro muy abiertos. Incluidos nosotros mismos, todo nos era nuevo, abismal, retador. La vida, el universo, el arte, la autoridad ubicua, las clases, los logaritmos, la tabla periódica…

Pero el toreo ya estaba. Venía desde los primeros recuerdos infantiles. En los juegos. En las coloridas imágenes. En las conversaciones de mayores. En sus relatos épicos. En los libros, (leíamos lelos); el Belmonte de Chávez, el “Maera” de Hemingway. el Gallardo de Blasco... El Cossío, que lo contenía todo. Nos llegaba la música valiente; Gallito, Manolete, Silverio… En la radio, que en feria transmitía día y noche. En la televisión. En las viejas películas; Tyrone Power y Anthony Queen (Armillita), toreándose uno a otro en la plaza, y Rita Hayworh (buenísima), toreándolos a ellos en la alcoba. Y Currito de la Cruz (Pepín Martín Vázquez), provocador y beneficiario de la muerte mano a mano de “Romerita” su suegro… Y claro, en las corridas a veces, felices veces, junto al padre, que pagaba, que sabía, que explicaba, que había visto a Manolete, Arruza, Garza…

Algunos, los menos, querían ser toreros. Otros, nosotros, los más, aficionados. Qué serlo “bueno” era más difícil que ser figura del toreo. Oíamos que había dicho Guerrita. Y como si lo hubiera dicho el Papa. Era ser santo. No caer en falta. Hallar siempre la verdad en la contradicción eterna.

¿Quién la tenía? Los que renegaban: ya no es como antes, ya no hay toros, se acabaron los toreros. Los que alababan: hoy se torea mejor que nunca, el toro y los toreros de ahora son más, vean las películas mudas sí no. Y qué íbamos a decir. Lo que veíamos, lo que sentíamos.

Y entonces, de pronto, nos íbamos a los sorteos, y a ver los toreros de cerca en los hoteles, y desde muy temprano a la plaza. Los primeros. Ya sin padre. Con los amigos, al tendido general, y bajo el sol abrazador, alborotados, nos quitábamos la camisa y le pegábamos a la bota sin preguntar, y jaleábamos durísimo. Éramos hombres ¿no? Había que serlo.

El asunto era el valor. A vida y muerte. Vivir más de veinticinco años era indecencia, escribió Andrés Caicedo (y lo cumplió). Como antes James Dean y después Janis Joplin (ídolos), y como tantos jóvenes por todas partes, en oscuras guerras, guerritas y guerrillas…

Mejor en medio de una fiesta. La Fiesta de las fiestas. No hay gloria más gloriosa que la de un torero, decía Antonio Caballero, uno más entonces. El toro grande y poderoso. la portagayola, las banderillas de poder a poder, el molinete de rodillas, el cambiado por la espalda, los desplantes entre pitones, los volapiés frontales…, eso era, sí o no. El resolver en un instante, con alegría y gracia la desgracia de la naturaleza. Lo coreábamos a gritos. Melenudos como Beatles, libres como hippies, burlones como El Cordobés que lo hacía de todos, y sobre todo de él mismo.

Contra el orden, que dictaba ser héroe y martir, pero sin alzar la voz, sin “tremendismo”, con santidad estoica, sosegada y veraz. Y a nosotros libertinos heréticos, nos costaba entenderlo, mejor, sentirlo. Y fue luego, ya salidos de la pubertad y de la universidad, entrados los setenta, cuando comenzamos a cambiar, a tener pareja, hijos, trabajos, hipotecas. Cuando volvimos al tendido numerado, ahora por cuenta propia, y fuimos parando, humillando, y plegándonos cada vez más al aguante, al mando, al temple, a la noria de la ligazón y a la devoción por la liturgia y los cánones inscritos con sangre sobre la piel del toro, por la tradición milenaria. 

Sobre la piel del toro, que sigue como siempre, inmutable, soberbio, bravo y fiel a sí mismo. Dispuesto a matar y morir por ello, donde y cuando toque.

Los que entramos niños y salimos hombres de aquellos años mediales del siglo XX, que ha sido señalado por los historiadores, como de cambios culturales y logros técnicos maravillosos, y al mismo tiempo como “el más violento de la historia humana”. Esos años, cuando tras dos hecatombes mundiales sucesivas levantaron el muro de Berlín. Asesinaron a los presidentes: Patricio Lumumba y John F. Kennedy y a su hermano Robert candidato presidencial imparable, y a Martin Luther King máximo defensor de los derechos humanos. Cuando la crisis de los misiles en Cuba puso el mundo al borde del apocalipsis. Cuando la guerra de Vietnam y la sucia en América Latina escalaron ferozmente. Cuando los estudiantes, que no querían, protestaron en todas partes y fueron masacrados en La Plaza de las Tres Culturas de México D.F, diez días antes de la lujosa inauguración allí mismo de los Juegos Olímpicos de 1968…

Esa época “de platino” para el toreo, hacia la cual los sobrevivientes, que fuimos perdiendo por el camino tantas cosas amadas, volvemos los ojos cansados. Con la memoria llena, las ilusiones vacías y la lección impuesta.

No fue una revolución, fue una ilusión, otra revuelta vencida. El Cordobés y los Beatles se hicieron millonarios. Y la historia siguió pasando y volviendo. Con el hombre ahí, como el toro, siempre el mismo, en su diferencia. El animal más inteligente y peligroso de la tierra, cuya ventaja, el progreso técnico, en lugar de hacerle más humano y más sabio, afila su instinto bestial. Fatalidad biológica, pecado original, que la hoy perseguida corrida continúa conjurando y purgando.

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