Viñeta: Aquellos Sesenta… (XII)

Viñeta: Aquellos Sesenta… (XII)

12.05.2026  04:56 p.m.

Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes - https://todotoroblog.blogspot.com - Web Aliada

Combinación de una corrección histórica sobre la participación colombiana en la feria de San Isidro con una evocación nostálgica de grandes figuras y momentos memorables de la tauromaquia en los años sesenta. A través de recuerdos, reflexiones y referencias taurinas, destaca las faenas históricas de Antoñete y El Viti en Las Ventas, mientras analiza la evolución del toreo y revive el ambiente apasionado de una época considerada una de las más brillantes del mundo taurino.

Madrid - España. Comienzo con una obligada fe de errata. En mi viñeta anterior escribí sobre el San Isidro de 1962: “…por primera vez participan en la feria tres colombianos: Joselillo de Colombia..., Pepe Cáceres… y Alfonso Vázquez II quien doblemente ovacionado debuta con novillos de Pallarés el viernes 29.”

Corrección: este 29 sí fue, pero de julio, ya no era San Isidro, y mal podría debutar Alfonso en la feria. Porque ya lo había hecho fuera de ella como novillero en 1958, y luego, tomado y renunciado alternativa, antes de volver en la ocasión citada. Todo eso me fue señalado generosamente por mi querido amigo, Alberto Lopera “Loperita”, erudito historiador taurino, autor del libro “Colombia tierra de toros” (Espasa-Calpe, Madrid 1989).

El proceso de la enmienda, con las obvias constataciones bibliográficas, (la memoria es más incierta que la letra), dio pie a otras más de nuestras conversaciones (Cali-Medellín), para mí siempre enriquecedoras. Alberto, que por aquellos años que nos ocupan, pisó el ruedo como novillero, colgó los trastos e inició su carrera como narrador y comentarista radial, muy popular.

Andando el tiempo fuimos, él y yo, habituales de la gran feria madrileña con un grupo entrañable de amigos, de acá y de allá: Quinito II, matador de toros, Vicente Blanco, periodista español-caleño, Antonio Caballero, escritor y cronista, los buenos aficionados Germán Wolff (mi colega cirujano), Jorge Agudelo (ex novillero y empresario), y el inolvidable maestro Miguel Ángel Moncholi. Todos ya desaparecidos.

Ahora, sigo volviendo al San Isidro, hasta sin la compañía de Alberto. Como un Pedro Páramo, sobreviviente solitario con su fardo de apariciones de aquel mundo desaparecido. Mundo que aquí, en la inamovible plaza, se siente más ido y más presente. Como en Comala, suertes, toros, rostros, voces, actitudes, cosas, hechos, fechas…, vienen y se van.

Pero retomemos ese hilo dejado hace una semana, en el advenimiento del 66, sesenta años ha hoy. Momento que, José Luis Suarez Guanes, en su libro: “Madrid Cátedra del toreo (1931-1990), define con un modesto, pero avariento subtítulo: “La feria más completa de la historia. El toro “blanco” de Antoñete y el “colorao” de El Viti”.

Era 15 de mayo, día del santo, con lleno de “no hay billetes”. El cuarto se llamó “Atrevido”, de Osborne, ensabanado, de 486 kilos, el más ligero de la corrida.  Antoñete, que con sus fluctuaciones anímicas e intermitencias había ido diluyendo su figura de figura en el imaginario colectivo, lo brindó al presidente electo de Colombia, el liberal Carlos Lleras Restrepo, (Por cierto; “Remache” le gritábamos entonces los estudiantes en la calle, por su corta estatura y dureza).

La faena, “con clasisismo, con arte estrujado hasta que diera su última gota de belleza”, dijo en su momento Gonzalo Carvajal, ha perdurado, se ha vuelto lugar común y referencia. Terminó con dos pinchazos, una estocada corta atravesada y un descabello. Cómo sería, que le dieron una oreja, le pidieron la otra y el diario El Pueblo, reseñó: “Antoñete rey de Las Ventas (faena histórica del madrileño…)”. Ahora con estatua frente a la plaza.

La de El Viti, al “colorao” tercero de Manuel Francisco Garzón, fue el 25. Lo desorejó y salió a hombros por la Puerta grande destacando entre Litri y Diego Puerta, y confirmándose una vez más, no como un, sino como “el” torero de Madrid. Y por ello, pese a que nos hemos propuesto en estas entregas últimas, enfocarnos en cómo se vivió la década en la feria de San Isidro, no podemos ignorar la obra que el mismo maestro realizara un mes antes, (abril 20 en Sevilla), con el negro zaíno, “Peinadito”, sexto de Samuel Flores, 462 kilos.

“Usted fue todo un torero del universo, consagrado por La Maestranza” le dijo arrobado el notario de la época Gonzalo Carvajal. Mientras, por su lado, S.M. se confesaba: “Fue una faena muy sencilla…, me di cuenta qué había cortado una oreja del tercero y podía salir por la Puerta del Príncipe…, dieciséis pases más, pero lo pinché cinco veces recibiendo… No creí que me fueran a pedir ni siquiera una vuelta al ruedo”. Pero así fue. Y no solo eso, sino que, junto a la de Antoñete con “Atrevido”, figuran como antológicas, a página seguida, entre las “Grandes faenas del siglo XX”, del ya citado libro de Arnouil y Cossío. Y vale reiterar, que ambas bregas concluyeron con desatinadas ejecuciones de la suerte suprema.

¿Era ya, cada vez más, torear una cosa y matar otra? ¿Dónde se comenzó a extraviar esa unidad ontológica, que hacía del trasteo solo el necesario preámbulo al honroso y limpio sacrificio ceremonial del toro, alegoría de la naturaleza, auténtica razón de ser del rito? ¿Acaso con el cierre que fue Joselito del romántico siglo XIX, y la asunción que fue Belmonte del modernista siglo XX? ¿Prevalencia de la forma sobre la esencia, de la negación de la muerte? Goya nos muestra que la contradicción era más vieja.

Pero disquisiciones aparte. Aquel mismo año en San Isidro, justificando el subtítulo de Suarez Guanes, el sábado 28 de mayo, Antonio Bienvenida y Curro Romero, mano a mano, abren con sus particulares tauromaquias, la puerta grande de Las Ventas. Toros de Antonio Pérez de San Fernando. Desorejando el uno al quinto y el otro al cuarto.

Y en esas llegó noviembre como un, “recuerda que eres polvo”. La feria de Lima no tuvo triunfador. Tan gris fue. Sin embargo, el feliz año remontó, cerrando, triunfal y triunfalista en Cali, el treinta de diciembre, con una corrida brava de Fuentelapeña, plaza llena y gran fiesta: Bernardino Landete (rejoneador) y Luis Miguel Dominguín (oreja cada uno), Jaime Ostos (en blanco), Gregorio Sánchez, Pepe Cáceres y Paco Camino (dos orejas cada uno y Puerta Grande). Al final el trofeo Señor de los Cristales se lo llevó Gregorio Sánchez. Pero sumando, Camino encabezó lejos las estadísticas del año en el mundo…, el que más quisieron ver. El que más vendió.

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