Viñeta: Aquellos Sesenta… (XXXII)

Viñeta: Aquellos Sesenta… (XXXII)

05.10.2026  05:02 a.m.

Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes - https://todotoroblog.blogspot.com - Web Aliado

Se evoca, con profunda admiración y nostalgia, el primer encuentro del autor con Dámaso González en Cañaveralejo, en 1969, cuando el torero aún era un desconocido para buena parte del público. Frente a un aficionado ya curtido y escéptico, Dámaso sorprendió con un toreo austero, quieto, valiente y entregado, que terminó conquistando la plaza y devolviéndole, por un instante, la inocencia perdida. A partir de aquella tarde, el autor siguió su trayectoria hasta verlo convertirse en una figura consagrada, recordándolo siempre no solo por sus triunfos, sino por aquel humilde torero que un día cambió para siempre su manera de sentir el toreo.

Cali - Colombia. Vi a Dámaso por primera vez, la tarde de su debut en América, (29 de diciembre de 1969, Cali). Seis meses antes de que Madrid lo recibiera como matador de toros y lo confirmara. Pero no mucho después de que la revista El Ruedo nos trajese noticias de sus hazañas novilleriles recientes.

19 de marzo en Barcelona, cuatro orejas y rabo. 8 de junio en Las Ventas, a hombros sin haber cortado oreja. 15 de junio en La Maestranza, tres orejas. 21 de junio, encerrona en la Monumental de Valencia; siete orejas y rabo, tres días antes de que Miguelín y Paquirri le cedieran en Alicante el toro “Gañafote” de su alternativa y terminara herido la corrida.

Escéptico ante las rimbombantes reseñas le vi. Sin sospechar siquiera lo que nos traerían los años. Cruzaba yo también un momento personal determinante. Finalizaba la década, por primera vez abonado en propiedad a dos en aquel tiempo “imposibles” barreras de sol en el tendido 3. Ya no me tomaba por lo que se dice un aficionado incipiente. Me daba ciertos aires. Cumplía el año de internado, último de la carrera, en el desaparecido hospital San Antonio de Tuluá, 100 kilómetros al norte de Cañaveralejo. Quería ser cirujano.

En mi transcurrir por hospitales, había asistido a muchas tragedias, muertes y sufrimientos. También a muchas corridas. Había visto torear prácticamente a todas las figuras de la época, y algunas de la generación anterior, la de los cincuenta.

Esas experiencias, pasadas y repasadas a través de los años en largas conversaciones con mayores, lecturas y películas, podría decirse que habían sacado hacía rato mi afición de la adolescencia. O, mejor dicho, había perdido la inocencia para siempre.

Iniciaba esa edad en la que no se quiere aceptar nada diferente a lo que se cree perfecto. Esa edad que mi sabio amigo Toño Almanza llama “la travesía del desierto”. Por la que más o menos pasamos todos los aficionados, y en la que algunos, como las vacunas calaveras peladas de las películas del lejano oeste, se quedan tirados para siempre.

Además, como cualquier colombiano estaba tocado de una u otra manera por la atroz guerra interna, no declarada, que nuestro país vivía sin pausa desde hacía veintiún años. No era fácil entonces que me conmocionara, como de niño, con inminencias reales o tremendismos, en la plaza o fuera de ella. Estaba curtido en el estrés.

Sin embargo, me pasó en aquella tarde llena, soleada y caliente de Cañaveralejo. Cuando Dámaso y yo, cada uno en su particular circunstancia, coincidimos por primera vez en la plaza. De pronto le vi allí parado en la puerta de cuadrillas, de humilde caña y oro (creo recordar). No era de los que le cuadraba el traje de luces. Montera en mano, pequeño, esmirriado, poca cosa, con la palidez del invierno español, desentonando entre el natural garbo de Paco Camino, y el atildamiento del aún apuesto Joselillo de Colombia (ídolo local).

Pese a sus antecedentes recientes, la multitud que en mayoría los ignoraba no se había congregado precisamente por él. Tercero en jerarquía, y aunque novedad, no era tampoco, ni mucho menos una de las atracciones en los carteles de la feria. Los cuales anunciaban para las ocho corridas, fuera de los tres que teníamos a la vista en esta ya cuarta de abono, a don Ángel Peralta y su hermano Rafael, José Fuentes, Paquirri, Ángel Teruel, Manolo Martínez, Miguel Márquez, Vásquez II, El Chano, Pedro Domingo y Curro Vásquez, también debutante.

Antes de caminar tras los alguacilillos miró como sorprendido a lo alto de los bulliciosos tendidos. Le seguía su hermano Julio como una copia fiel. Su cráneo ligeramente dólico, peinado con carrera por la izquierda, largas patillas, frente adelantada, pobladas cejas que ensombrecían y hundían sus pequeños y juntos ojos, encima de una nariz aguileña, le daban un aspecto más bien melancólico. Avanzaba con cortos y rápidos pasos como tratando de no desalinearse con los otros. La antítesis del tronío. Quién se iba a fijar en él, a no ser por su contraste desangelado. --Aunque algo debía tener, así las noticias no fuesen ciertas, pues lo traía Pepe Camará el mismo apoderado que fue de Manolete desde novillero hasta su gloriosa muerte –Me decía.

De entrada, el primer fuentelapeña le pegó una cornada fuerte a Joselillo cuando sus primeros lances habían alborotado el paisanaje. Se lo llevaron a la enfermería, para no regresar. Quedando la cosa en un imprevisto mano a mano entre la máxima figura y el extraño debutante. Camino, con su docta facilidad lució y estoqueó al heridor, cortándole una oreja. Que luego sumó a otra de uno de los de su sorteo, asegurando el triunfo, más no la puerta grande que aquí requiere al menos dos en la misma faena. Era lo menos que se esperaba de él.

Corrieron turnos en consecuencia, y el tercero lo echaron segundo. Quizá novillo –refunfuñé-- pero alto, abanto, remató en tablas. Julio le paró y Dámaso se adelantó hacia él ofreciéndole la capa. Las verónicas fueron intercaladas con chicuelinas más bien raudas, de mano alta y sin pretensiones diferentes a las de hacerse al toro y cumplir el tercio. El público las coreó más por costumbre que por emoción.

Tras varas y banderillas de cuyas ejecuciones no puedo acordarme, y el brindis protocolario a la plaza. Despacio, engarzando la punta del ayudado en la franela se aproximó al animal, y sin dejar de mirarlo, se le puso por la cara, frente con frente, tal era la proporción de tamaños. Y allí se quedó toda la faena. En los terrenos del toro. Quieto, aguantado, con la cabeza hundida entre los hombros. Dejando su integridad solo confiada al mando del trapo. Parando y obligando pallá y pacá, con una tozudez desacostumbrada en esos años, muy anteriores a la llegada de Ojeda.

Cierto, la mano alta o a media altura en los embroques y algunos vaciados, pero con la tela planchada, intacta, y el bulto siempre a disposición de los pitones. Estóico, sin quitarse, sin posar. A verdad desnuda, larga e increíblemente. Sudoroso, el cuello desabotonado, la corbata torcida en el fragor. Metido entre las puntas, oscilando la muleta tras el cuerpo por uno y otro lado, mirando a las filas de arriba, con la boca entreabierta y el gesto ausente, abandonado, dejando pasar los segundos que se hacían minutos, como en vocación de martirio. A contra del canon estético en boga. Pero embellecida patéticamente y engrandecida su triste figura, hecha ofrenda propiciatoria. La vieja razón del rito.

Ofició así, como iluminado cura pobre sus tres faenas y salió a hombros con tres orejas. Para regresar a los cuatro días, “corrida del toro”, ya en el año siguiente (1970) y repetir el triunfo indultando a “Golpeado” de Las Mercedes. Volvió a nueve ferias, en las que cortó 28 orejas, indultó dos toros, y ganó el trofeo “Señor de los Cristales” dos veces. Lo seguí a otras plazas. Llegó a la élite. Dijo adiós a Cali el 2 de enero de 1988, desorejando el toro de la despedida... La última vez que le vi torear, fue en la Feria de julio de Valencia 1992, el martes 21, con toros de Victorino Martín. Al regreso de su primera retirada. Ya no éramos los mismos. Murió glorioso hace nueve años.

Cuando pienso en él, no pienso en la figura del toreo. Pienso en ese desaliñado torerito que, abandonando su bicicleta de lechero, lanzó su fe por las capeas pueblerinas, el toreo bufo, la dura novillería…, y en aquella tarde remota de Cali, cuando por momentos me devolvió a la inocencia.

Volver

Contacto

En el Callejón
Finca Buenos Aires
Vereda San Miguel Bajo
Arbeláez - Colombia

(057) 311 5129275

© 2025 Todos los derechos reservados.