
12.10.2026 08:44 p.m.
Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes - https://todotoroblog.blogspot.com - Web Aliada
Mirada reflexiva y nostálgica sobre el público taurino de la década de los sesenta, examinándolo como un fenómeno histórico, social y antropológico único en el que la masa, el toro y el torero coexistían en perfecta sincronía. A través de la memoria personal del autor, desde sus vivencias de juventud en las plazas de Colombia y sus estudios de medicina hasta los lazos afectivos compartidos con entrañables figuras del medio, el relato contrasta la autenticidad, la pasión y el estatus cultural del aficionado de antaño con las dinámicas de la tauromaquia actual. Con ello, la obra no solo evoca la atmósfera de una época dorada de la afición, sino que también analiza la naturaleza pasional e instintiva de las multitudes y la pérdida paulatina de la individualidad frente a las corrientes contemporáneas.
Cali - Colombia. El público de los sesenta, como el de cada época expresó con sus generalidades y particularidades el espíritu de la suya, que fue muy particular.
Englobado como siempre ha ocurrido, con los otros elementos de la corrida; el toro, el torero y el toreo. Fuera de su contexto histórico no hubiese sido lo que fue como en efecto ya no lo fue cuando cambiaron los tiempos. ¿Qué pasó primero? Nada, todo pasó en sincronía surgieron unos con otros, unos por otros y unos para otros.
Entonces la fiesta no solo no estaba en discusión, ni bajo la sindicación de barbarie. Por el contrario, aun gozaba de alto estatus cultural, respeto y aura romántica. Pese, o gracias mejor a la ya lejana y casi olvidada épica prebelmontina. Cuando según la historia, el tercio de varas era fundamental, la lidia y la ritualidad de la faena tenían como fin único y acto culmen la suerte suprema. Cuando todo se supeditaba a ella. Cuando la fiereza natural y la imponencia del toro, la dificultad y el riesgo heroico del toreo, el valor y la destreza del torero eran la belleza, que precedió a Belmonte y sus estilismos conmovedores, y luego a las sublimidades de Chicuelo y Manolete que después ascendieron a canon de la estética moderna. Cuando la corrida era más realidad que arte, más catarsis que diversión, más emoción que idea.
Pero también, cuando aún el público, nunca homogéneo, nunca autónomo, siempre pasional, siempre terrígeno, siempre humano, mantenía las bases antropológicas que han justificado sus comunes epítetos en la literatura: El cónclave, el respetable, el que paga, el soberano, el voluble, el caprichoso, el que da y quita, el “monstruo de mil cabezas”, que con sus tiranas mayorías puede ser tan cruel, o tan piadoso, tan equívoco o acertado, tan justo, o tan injusto..., en la misma corrida, en la misma faena y hasta en la misma suerte. Tan instintivo siempre, y por ello mismo tan vulnerable a la manipulación y tan dado a la imposición en montonera.
Como en la tragedia y el ágora griegas, que condenaron a Sócrates, y cuyos dislates multitudinarios, mal mayor de la democracia, Platón y Polibio aborrecieron por considerarla nunca del todo consciente de la verdad, la justicia, ni siquiera de su propio bien, y por lo tanto no ideal para el gobierno. Como las multitudes inclementes del circo, y melifluas del triunfo romanos. Como las que clamaron en Jerusalem ¡A Barrabás, a Barrabás! Cómo la que hiciera gritar a “Valerito” en La Maestranza, mostrando la mano ensangrentada tras la cornada mortal de “Bombito”: “Ya me la ha pegao, ya os habéis salío ustees con la suya”. Como la elección casi unánime de tanto líder loco, Como tantas y tantas decisiones de la “sagrada mayoría” que fatigan la historia.
Así el público, nosotros, gregario, instintivo, nunca racional, nunca unánime, nunca infalible, siempre impositivo que como el de ahora y el de siempre cambia de rumbo en la misma corrida, en la misma faena y hasta en la misma suerte. Ese que para los interesados siempre tiene la razón. Bueno, para sus excesos están el reglamento y a autoridad que se supone no se debe dejar subyugar.
Recuerdo, desde mis vivencias y puntos de vista personales, que fueron variando con la edad. Al principio, quinceañero, la corrida era eso, una fiesta desaforada, una liberación. Al final, ya bien adulto, un rito, una liturgia, una preceptiva, una racionalización que se pretendía (en vano) independiente de la masa.
Progresivamente, desde tales perspectivas, quizá involucionantes, evoco yo aquellas concurrencias de las que hacía parte por esos años, en las plazas colombianas de diversa categoría, pero más frecuentemente: Bogotá, Cali, Medellín, Cartagena… Y a referencia, mediante publicaciones allegadas y los programas de radio y televisión (blanco y negro). También de lo que llamaban afición (sin fronteras), parte del “mundo del toro”, la gran asamblea, para la cual nombres como: Madrid, Sevilla, Bilbao, Pamplona, México, Lima, Quito, Caracas… eran centros de gravedad, idealizados escenarios de proezas improbables, realizadas por los héroes de la torería mundial. Relatos revisteros grandilocuentes, que despertaban la necesidad de repetirlos en la temporada nacional alternando con las figuras y el toro americanos.
Vivíamos (y aún), una fiesta sucedánea, imitativa, quizá emburbujada, sin los suficientes parámetros comparativos. La nuestra. Pero, en fin, por encima de sus vaivenes psicomotrices, cada público, cada plaza, cada individuo tienen su idiosincrasia, su propio sitio, su propia corrida, su microcosmos girando en el macrocosmos taurino. Su manera de vivir las leyes universales del toreo. De sufrir la gravedad central que mantiene las órbitas. Y así, “a la tierra que fueres haz lo que vieres”, alega todavía el viejo aficionado trashumante Rafael Giraldo, que igual, integrado a cada masa, protesta, jalea o tira el sombrero en Las Ventas, La Maestranza o Acho.
Yendo de lo particular a lo general; y comparando con el actual, quiero recordar al “respetable” de aquel decenio, como más copioso, más democrático, más cosmopolita, más extrovertido, más fervoroso, más canónico, más jerarquizado, y aunque parezca contradictorio, lo evoco menos frívolo, menos ingenuo, menos mediático, menos pastoreado, menos idólatra, y más biológico que el de hoy.
Aunque años tengo para eso, no creo estar apegándome al senil: “todo tiempo pasado fue mejor”, cuando veo que en este presente tan hiper comunicado, la individualidad tiende a diluirse más, a masificarse más, y a estar sujeta a las conveniencias de quienes teledirigen la manada. Las culturas desaparecen para fundirse en una sola, prevista. Y quizá esa sea una de las mayores razones del brote internacional y autoritario de animalismo inhumano, que paradójicamente condena el culto del toro.
Cuando retrocedo al microcosmos personal de aficionado en aquellos sesenta, que pasé casi todos en la facultad de medicina de la Universidad Nacional de Colombia, no puedo evitar las imágenes de personajes que los marcaron: Virgilio Olano Bustos, mi profesor de anatomía, (“el que no sabe anatomía no es médico”), quien tanto me hizo sufrir con su exigencia magistral en la morgue y los torreones, y con quien luego, en las plazas, tuve una amistad tan entrañable. Gran cirujano, que lo fue también de la Plaza de Santamaría. Hombre de inteligencia renacentista; dandi, escritor, hispanista, bolivariano, historiador, diplomático, académico de la lengua, dramaturgo, compositor, poeta y aficionado sin par.
A Ricardo Mora Izquierdo mi condiscípulo y cómplice de periódicos estudiantiles clandestinos (que por poco nos cuestan la expulsión), fundador de la Peña taurina de la facultad. Luego brillante psiquiatra forense. Y a mí otro compañero de curso, Francisco Sánchez Valencia, a quien llamábamos “El torero” porque a la par que médico quería serlo, toreando becerros y novillos, y de cuya cicatriz en el labio superior nunca quise preguntar la causa, para seguir imaginándola producto de alguna heroica cornada. Ellos también formaron parte del público de aquellos sesenta.
Errata: En la viñeta anterior, mi buen amigo banderillero Rafael Gómez “El Pollo”, me corrige: El toro “Golpeado” de las Mercedes fue indultado por “El Puno”. Tiene razón, le agradezco, Dámaso le cortó las dos orejas ese día citado, fue al 4º toro de “Aguas Vivas”, tras estoquearlo bien. Vale.








