
18.08.2026 07:09 a.m.
Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes - https://todotoroblog.blogspot.com/ - Web Aliada
Aquel lunes, la tranquilidad se convirtió en miedo cuando la tierra comenzó a estremecerse y, en pocos segundos, todo a su alrededor pareció perder estabilidad. Entre el desconcierto, la búsqueda angustiosa de sus seres queridos, la solidaridad y las noticias de devastación, el narrador descubre la profunda fragilidad del ser humano frente a la fuerza de la naturaleza. Al final, las palabras de Montaigne recuerdan que, pese a creernos dueños del mundo, seguimos siendo vulnerables ante su inmensidad.
Cali - Colombia. El lunes pasado, a dos horas de haber enviado mi anterior viñeta, la tierra tembló. Permanecía en la biblioteca del segundo piso de mi casa, trabajando, descalzo, sin camisa, con solo una pantaloneta. La noche y la madrugada habían sido calurosas.
Al principio la silla se meció suavemente sobre sus rodachinas. Los gritos de mi mujer alertaban pidiendo que saliéramos —Calma, calma, ya pasará —le dije seguro, tratando de serenarla. Los temblores leves aquí no son raros.
—¡No! Salgamos, salgamos ya —me ordenó angustiada, mientras echaba mano del celular, arrancaba el cargador del enchufe y corría gradas abajo.
Sonreí. Pero a través de las persianas en vaivén, vi que la copa del árbol frente a la ventana se sacudía como azotada por el viento. Los pájaros de aquella y de otras ramazones, volaban trinando en desbandada. Dante, mi perro, ladraba nervioso y corría de un lado a otro, como queriendo avisar, quizá sí. Los vecinos salían a la calle confundidos, mirando en diferentes direcciones. Algunos con prendas leves y pijamas, una señora tenía colocado el sostén al revés sobre la blusa. El vigilante había disparado la sirena de alarma y más allá otras ululaban. El clamor, los chillidos, los ladridos, las invocaciones, el ruido sordo de la tierra y las cosas aturdían.
El trepidar in crescendo de todo se hacía frenético, caían libros, cuadros, portarretratos, botellas, la casa estremecida, como sacudida por las manos de un gigante loco, crujía. También los vidrios, los estantes. Los muebles patinaban como sobre la cubierta de un barco en la tormenta.
Me incorporé y corrí por un pantalón que me puse tratando de mantener el equilibrio. Abroché un canguro el cual mantengo a mano con cosas esenciales para mis paseos matinales con Dante. Agarré de carrera una camiseta del perchero y me la fui poniendo con gran dificultad mientras rebotaba entre la pared y el pasamanos.
En la puerta exterior, Imaginé que el balcón y el tejado se nos venían encima. Gritábamos a nuestra hija que saliera, y ella, con uno de sus gatos, “Lulo”, bajo el brazo se internó hacia el patio trasero buscando al otro y diciendo: Sin “Tutú” no me voy. —No pudimos detenerla. Cuando ganamos la calle, buscando alejarnos de las zarandeadas edificaciones y las cuerdas primarias de la electricidad, el pavimento ondeaba, los postes bailaban y el tendido de cables culebreaba.
Una señora negra y gruesa que pasaba, no conocida, no vecina, se arrodilló con los brazos en cruz orando y suplicando a gritos. Los mangos maduros de en frente caían como aguacero, la calle se cubrió con ellos. La implorante, se levantó de repente, sacó de su bolso una talega plástica y comenzó a llenarla de fruta sin dejar de rezar.
Levanté la vista hacia el edificio de doce pisos, una cuadra tras de mi casa, donde habita mi nieto con sus padres en el noveno, y lo vi surfear como barco en lontananza. Sentí miedo por él, por todos y esperé lo peor. Arriba, a la izquierda, sobre las estribaciones de la cordillera occidental, las altas torres de apartamentos parecían querer venirse con ellos en avalancha. El caos y la sensación de acto final eran generales.
De pronto, tras un eterno minuto y medio, todo se fue calmando, calmado, como por encanto. Y unos con pavor, otros con risa comenzamos a mirarnos las caras, a darnos cuenta de que habíamos sobrevivido y a preguntarnos por los que no veíamos. Los acabados de las fachadas y tejas de algunas casas se habían desprendido sobre los antejardines. Revisamos la nuestra estaba milagrosamente intacta.
Tratamos de llamar por teléfono a los parientes y amigos. No había comunicación. Tampoco Internet. Entramos aun inseguros. “Tutú” que se había escondido no supimos dónde, apareció como si no hubiese pasado nada. Tampoco había energía ni agua. La puerta del garaje no funcionaba. Ruby volvió a salir apresurada con Mar hacia la avenida 52, en busca de transporte para ir a comprobar el estado de su madre. Luego me enteré de que lo halló pronto, un viejo y amable taxista que huía la llevó y la trajo. Mi suegra estaba bien, solo aterrorizada.
Me vestí, busqué mi pequeño radio inalámbrico, ya nadie los usa, yo, solo en las transmisiones de las corridas, y mientras escuchaba los primeros informes de intensidad y extensión del terremoto, me dirigí con Dante a buscar mis familiares más cercanos: hijo mayor, nuera y nieto.
Ansioso recorrí el callejón, crucé la avenida, doblé la esquina. Fuera, la multitud evacuada hablaba simultáneamente, miraba y señalaba los pisos superiores. Pregunté por los míos al portero quien me informó que el citófono y los ascensores no funcionaban, y me pidió no entrar, sugiriendo que buscara entre la gente agolpada en la ancha zona verde. Lo hice sin encontrarlos. Por lo menos el edificio está en pie, me dije, sin dejar de pensar en los otros.
De regreso, los hallé fuera de mi casa. También me buscaban. Nos abrazamos —¿Te dio susto? —pregunté a mi nieto. —No, igual se muere uno ahora que después, pero mi mamá se disgustó porque no me asusté —se quejó extrañado.
Nos fuimos casa tras casa de familiares. Salvo pérdidas materiales, desalojos y conmoción, se habían salvado. De regreso a la mía, mucho desorden. Marcos y cristales rotos, caros recuerdos por el suelo… En el bar del fondo, caídos y maltrechos, los carteles de Manolete en Linares 1947…, de Paquirri en Pozoblanco 1982…, de Pepe Cáceres en Sogamoso 1985…, El dedicado de Rincón en el Puerto de Santa María 1992… Recogiéndolos uno por uno y apilándolos contra la pared, recordé la frase de Antonio Caballero: “No hay gloria más gloriosa que la de un torero”.
Por los audífonos me llegaban las noticias: devastación de una gran zona del país; Chocó, Caldas, Risaralda, Quindío, Valle del Cauca…, muertos…, desaparecidos…, solidaridad masiva, inmediata, espontánea, desesperada, escarbando escombros con uñas, baldes, palas…, dolor, lágrimas…, un bebé rescatado vivo bajo el cadáver de la mujer que lo había protegido con su cuerpo hasta el último aliento…, y claro, como en toda catástrofe, también algunos alardes de impiedad, oportunismo y grotesca vanagloria…
Subí a donde estaba cuando todo empezó. Comencé a recoger libros, levanté los “Ensayos de Montaigne”, y en ellos con el marcador aun entre las páginas de su “Apología de Raimundo Sabunde”, releí el clásico y amargo párrafo de hace 450 años:
“¿Quién ha convencido al hombre de que este formidable movimiento de las bóvedas celestes, la luz eterna de esas antorchas que giran con tanta fuerza sobre su cabeza, las espantosas sacudidas de ese mar infinito, han sido establecidos y permanecen durante tantos siglos para su conveniencia y servicio? ¿Es posible imaginar algo más ridículo que esta insignificante criatura, que no es dueña ni de sí misma, expuesta a los ataques de todas las cosas, se diga dueña y soberana…?”








