
28.05.2026 12:05 p.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
La presencia del fotógrafo colombiano William Cortés en el homenaje que la Comunidad de Madrid rindió a los fotógrafos taurinos en la Plaza de Las Ventas no solo representó un reconocimiento individual, sino también la reivindicación del oficio de quienes, desde Colombia, continúan defendiendo con su lente la memoria visual de la tauromaquia. Su participación simboliza la vigencia y la dignidad de una profesión que transforma cada instante del ruedo en patrimonio histórico y emocional.
Arbeláez - Colombia. En la tauromaquia existen protagonistas silenciosos cuya importancia suele medirse únicamente cuando el tiempo convierte sus imágenes en memoria. El fotógrafo taurino pertenece a esa estirpe. Su labor no se limita a documentar una faena ni a congelar un natural templado o una estocada efectiva; su verdadera dimensión consiste en interpretar la emoción del rito y otorgarle permanencia a lo efímero. Por eso, el homenaje realizado por la Comunidad de Madrid a los fotógrafos taurinos en la Plaza de Las Ventas adquiere una dimensión histórica que trasciende el simple acto protocolario.
Y en medio de ese reconocimiento universal al lente taurino, la presencia del colombiano William Cortés tuvo un significado profundamente simbólico. No acudió únicamente como profesional acreditado, sino como representación viva de todos aquellos fotógrafos colombianos que, pese a las dificultades actuales que atraviesa la tauromaquia en el país, continúan defendiendo con rigor y pasión la memoria gráfica de las plazas, las ferias y las figuras del toreo.
Porque mientras muchas veces el debate taurino se concentra exclusivamente en el ruedo, pocas veces se dimensiona el valor de quienes construyen el archivo emocional de la fiesta. Cada fotografía taurina encierra conocimiento técnico, intuición y lectura exacta del cite. El fotógrafo debe anticipar el embroque, interpretar la colocación del torero, entender la distancia y presentir el instante irrepetible donde confluyen estética, riesgo y verdad. No hay margen para la improvisación. El buen fotógrafo taurino “torea” también desde el callejón.
La historia de esta profesión ha sido escrita por nombres inmensos que hicieron del objetivo una herramienta artística y testimonial. Desde Francisco Cano “Canito”, capaz de inmortalizar algunos de los episodios más trascendentales de la historia taurina, hasta las grandes sagas fotográficas españolas que convirtieron el ruedo en patrimonio visual de generaciones enteras. En Colombia, esa huella tuvo igualmente un capítulo de enorme valor con Manuel H., cuya obra permitió conservar la grandeza de la Santamaría y de la época dorada del toreo nacional.
En ese contexto, William Cortés aparece como parte de una continuidad histórica que hoy adquiere todavía más relevancia. Su presencia en Madrid no fue anecdótica. Representó la resistencia cultural y profesional de un gremio que sigue trabajando en plazas colombianas donde la fotografía taurina continúa siendo testimonio, identidad y archivo de una tradición profundamente arraigada.
El homenaje realizado en Las Ventas también deja un mensaje poderoso: la tauromaquia necesita de la comunicación visual para sobrevivir en la memoria colectiva. En una época dominada por la inmediatez digital, la imagen taurina se ha convertido en una herramienta fundamental para transmitir emoción, autenticidad y verdad. Una fotografía bien lograda puede contener toda la profundidad de una tarde: el drama del pitón, la suavidad del temple, el silencio expectante de los tendidos o la expresión exacta del miedo y el valor.
Por eso cobra tanta importancia que Colombia haya tenido representación en este reconocimiento internacional. La presencia de William Cortés reivindica el nivel profesional de los fotógrafos taurinos colombianos y confirma que el país sigue teniendo voz dentro de la narrativa visual de la tauromaquia mundial. Más aún en tiempos donde muchas ferias sobreviven gracias al esfuerzo silencioso de aficionados, periodistas y fotógrafos que continúan creyendo en la dimensión artística y cultural de la fiesta.
El azulejo descubierto en Las Ventas no honra únicamente a quienes aprietan el disparador de una cámara. Honra a quienes han entendido que el toreo no solo se vive en el instante, sino también en el recuerdo. Y allí, precisamente, radica la verdadera importancia de William Cortés en este acto: haber llevado el nombre de Colombia al escenario más universal de la tauromaquia, demostrando que el lente colombiano sigue teniendo sensibilidad, jerarquía y capacidad para inmortalizar la verdad del toro bravo.








