
20.08.2026 03:01 p.m.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora
En una La Malagueta de “No hay billetes”, la corrida de Núñez del Cuvillo puso a prueba el oficio, la técnica y la capacidad de imponerse a las circunstancias. Morante de la Puebla dejó una tarde de categoría y profundidad; Diego Urdiales sostuvo con dignidad un lote de escasas posibilidades, y Jiménez Fortes convirtió la adversidad en argumento para firmar una actuación de enorme mérito. Málaga no vivió simplemente una corrida: vivió una lección de tauromaquia sobre cómo el verdadero torero encuentra caminos incluso cuando el toro, el viento y la espada se empeñan en cerrarlos.
Arbeláez – Colombia. La tarde de La Malagueta tuvo algo más profundo que una sucesión de faenas, orejas, ovaciones y avisos. Tuvo el pulso de una corrida en la que el toreo debió abrirse paso entre dificultades reales. El viento, la irregularidad de los toros y la desigualdad en sus condiciones obligaron a los toreros a demostrar algo que no siempre aparece en una ficha: la capacidad de pensar delante de la cara del toro. Y ahí estuvo, precisamente, el verdadero valor de lo ocurrido en Málaga.
Con lleno de “No hay billetes”, en el marco de la feria del 150 aniversario de La Malagueta y en una corrida homenaje al Málaga C.F., el hierro de Núñez del Cuvillo puso sobre el ruedo una corrida que exigió respuestas diferentes. Hubo toros con movilidad, otros con nobleza pero escaso fondo, alguno defensivo y varios condicionados por una embestida que no terminaba de entregarse. No fue, por tanto, una tarde para el toreo automático. Fue una tarde para el oficio, la inteligencia y la personalidad.
Y si hay una imagen que resume la jornada, es la de Morante de la Puebla toreando contra lo que parecía estar en contra del toreo. El cuarto, de embestida apagada y con un viento incómodo que condicionó permanentemente la colocación de la muleta, no parecía destinado a convertirse en materia prima para una faena de alta expresión. Sin embargo, el sevillano entendió que aquella faena no podía construirse desde la exigencia, sino desde la paciencia. Hubo que esperar, templar, corregir y mandar. Morante no peleó contra el toro: buscó convencerlo.
Desde una verónica excepcional por el pitón derecho, el de La Puebla comenzó a escribir una faena en la que la técnica quedó subordinada al arte. El inicio a dos manos, el recurso de la rodilla en tierra y, sobre todo, la capacidad para encontrar el sitio cuando el viento concedió una tregua, fueron dibujando una obra de enorme categoría. Pero fue al natural donde la tarde alcanzó una dimensión especial. Media muleta arrastrada, cintura gobernando la embestida y naturales largos, hondos, de esos que no necesitan velocidad porque encuentran su fuerza en el tiempo.
Aquello fue importante por una razón que trasciende la estética: Morante demostró que el toreo de calidad no depende exclusivamente de la condición ideal del toro. También consiste en descubrir lo que puede llegar a ser una embestida aparentemente menor. Cuando el viento dejó de mandar sobre la tela, llegaron aquellos naturales de mayor profundidad y la faena adquirió una dimensión de obra terminada. La espada, sin embargo, obligó al descabello y dejó el premio reducido a una ovación tras aviso. El resultado administrativo fue menor que la dimensión artística de lo realizado.
Y ya había dejado su tarjeta de presentación en el primero. Aquel toro, serio y ofensivo, tenía fuerza justa y una entrega cogida con alfileres. Morante volvió a imponerse desde la inteligencia: doblones de mucho gobierno, toreo a media altura y una diestra que supo administrar la poca gasolina disponible. Una voltereta, provocada durante un desplante, pudo haber cambiado el curso de la faena, pero el torero regresó a la cara del toro. Ese gesto tuvo más valor que cualquier estadística. Después llegaron naturales de trazo curvo y una estocada fulminante que dejó abierta la puerta del premio. La petición de oreja no fue atendida por la presidencia, y el torero saludó una ovación que, por el contenido de la faena, tuvo el peso de un reconocimiento colectivo.
Pero Málaga también fue la plaza de Jiménez Fortes. Y probablemente ninguna actuación explicó mejor la palabra “mérito”. El malagueño no tuvo delante un escenario cómodo: tuvo que torear con el viento, con un toro que amagaba con marcharse y con la obligación añadida de responder ante su gente. En el tercero, la movilidad inicial del animal permitió ilusionar al tendido, pero pronto aparecieron las dificultades. Fortes decidió entonces que la faena no se mediría por la facilidad del toro, sino por la capacidad del torero para sostenerla.
Se arrodilló en los medios y ligó una serie en redondo que hizo levantarse a La Malagueta. Después, cuando el toro comenzó a enseñar sus dudas y el viento siguió poniendo obstáculos, el malagueño no retrocedió. Cambió la estrategia, no la ambición. Toreó por ambas manos, corrigió terrenos, asumió riesgos y terminó con unas manoletinas ceñidas que elevaron la temperatura de la plaza. La espada le privó de una recompensa mayor, pero la oreja obtenida después del aviso confirmó algo que estaba por encima del trofeo: Fortes había construido una faena desde la resistencia y no desde la comodidad.
Y si en el tercero hubo entrega, en el sexto apareció la madurez. Allí estuvo quizá el Fortes más completo de la tarde. Su recibo capotero tuvo variedad y personalidad: verónicas, galleo por chicuelinas y un quite por tafalleras que demostraron que el malagueño no había salido simplemente a cumplir. Después de brindar la faena a Morante de la Puebla, se enfrentó a un toro pronto, pero lleno de dificultades técnicas. No era una embestida para dejarse llevar; había que descifrarla.
El de Cuvillo se salía de los vuelos, embestía con el pitón de fuera y, en determinados momentos, se venía por dentro. Fortes tuvo que torear y corregir al mismo tiempo, una de las tareas más complejas que puede afrontar un matador. Las mejores soluciones aparecieron sobre la mano derecha, mientras el pitón izquierdo ofrecía una respuesta más defensiva. Y fue precisamente ahí donde la faena adquirió verdadero valor: el torero no maquilló las dificultades, las asumió.
La obra tuvo algo de reivindicación. Fortes toreó con la cabeza, con las piernas y con el corazón. Tragó cuando había que tragar, corrigió cuando era necesario y expuso cuando el toro exigía una moneda más. En el tramo final aumentó todavía más la apuesta y terminó encontrando una recompensa rotunda: dos orejas. La estocada caída puede figurar en la estadística, pero no explica el fondo de una faena que fue, ante todo, una demostración de madurez y de capacidad para convertir un toro complicado en una oportunidad de toreo.
Entre ambos nombres quedó la figura serena de Diego Urdiales, cuyo paso por Málaga tuvo una dimensión distinta, quizá menos visible en los trofeos, pero igualmente significativa. Su segundo toro tuvo movilidad insuficiente, poca continuidad y un fondo demasiado corto para permitir el vuelo natural de una faena ligada. Urdiales entendió pronto que insistir en una estructura convencional carecía de sentido. Optó por el toreo de uno en uno y encontró algunos naturales de calidad, aunque sin posibilidad de alcanzar la intensidad que el tendido reclama cuando el toro no sostiene la faena.
Con el quinto, las circunstancias fueron todavía más ásperas. El animal, basto de hechuras y defensivo desde el comienzo, caminó más sobre las manos que hacia adelante. Urdiales intentó abrirle los caminos y poner orden donde apenas había entrega. Fue una pelea de oficio contra la imposibilidad, y el riojano respondió con seriedad, sin buscar artificios ni esconder las limitaciones del oponente. La gran estocada final fue el mejor resumen de su actuación: limpia, contundente y digna de un torero que sabe que también hay tardes en las que el mérito consiste en sostener la categoría cuando el triunfo no está al alcance de la mano.
Lo ocurrido en Málaga deja, por eso, una lectura que va mucho más allá del resultado numérico. La corrida mostró que el toreo no se sostiene únicamente sobre la nobleza del toro ni sobre la facilidad de la embestida. Cuando aparecen el viento, la falta de fondo, la defensa o la incertidumbre, emerge otra tauromaquia: la de la colocación, el conocimiento de los terrenos, la administración de las distancias y la capacidad de leer al animal en cada muletazo.
También dejó una paradoja hermosa: la tarde no necesitó una corrida rotunda para ser una tarde importante. Necesitó toreros capaces de extraer valor de la dificultad. Morante puso la dimensión artística y la paciencia; Urdiales, la sobriedad y el oficio; Fortes, la entrega, la adaptación y el riesgo. Tres maneras distintas de entender una misma obligación: mandar sobre la adversidad sin perder la personalidad.
Hubo además gestos que enriquecieron el carácter de la tarde. El homenaje al Málaga C.F. al término del paseíllo vinculó la corrida con la identidad de una ciudad que vivió el festejo como una celebración propia. El reconocimiento a Curro Vivas y Gómez Pascual después de su gran tercio de banderillas en el tercero, y el posterior homenaje a Juan José Trujillo tras parear al sexto, recordaron que la tauromaquia no se escribe solamente con nombres de matadores. La cuadrilla también torea, también arriesga y también construye la emoción de una tarde.
Así terminó Málaga: con una plaza llena, con el viento como incómodo protagonista, con una corrida que exigió mucho más de lo que concedió y con tres toreros que respondieron desde registros diferentes. Pero, sobre todo, terminó dejando una certeza: cuando el toro no regala el camino, el torero verdadero lo construye.
Y eso fue, en esencia, lo ocurrido en La Malagueta. No una tarde de facilidad, sino una tarde de carácter. No una sucesión de trofeos, sino una demostración de que el toreo grande también puede aparecer cuando todo parece empeñado en impedirlo. Málaga vio cómo el arte de Morante, la seriedad de Urdiales y la entrega de Fortes convirtieron la dificultad en materia de tauromaquia. Y quizá ahí estuvo la verdadera grandeza de la corrida: en demostrar que, cuando hay inteligencia, temple y valor, hasta el viento puede terminar formando parte de la faena.








