San Isidro: El Mando Sobre el Miedo

San Isidro: El Mando Sobre el Miedo

03.06.2026  07:28 p.m.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora

La vigesimotercera de San Isidro dejó mucho más que una oreja para José Garrido. Con una exigente corrida de Montalvo, Ismael Martín convirtió las banderillas en épica y Samuel Navalón firmó la faena de mayor emoción de la tarde. Más allá de los trofeos, Madrid vivió una corrida donde la verdad y la profundidad del toreo se impusieron sobre el efectismo.

Arbeláez - Colombia. Hay tardes en Las Ventas donde el resultado numérico termina siendo anecdótico frente al peso real de lo sucedido en el ruedo. La vigesimotercera de San Isidro 2026 fue exactamente eso: una corrida donde la estadística quedó pequeña para explicar el fondo taurino de una función que puso sobre la mesa el valor seco, la inteligencia lidiadora y la dimensión espiritual del toreo de tres nombres que entendieron que Madrid no perdona la impostura.

La oreja concedida a José Garrido tuvo justicia reglamentaria, pero la tarde no puede resumirse únicamente en el trofeo. Porque el verdadero argumento del festejo estuvo en la forma en que los tres espadas enfrentaron una corrida de Montalvo exigente, cambiante y llena de matices técnicos que obligaban a tomar decisiones en décimas de segundo. No hubo toro cómodo. No hubo embestida completamente franca. Y precisamente por eso la corrida tuvo tanta importancia.

Madrid asistió a una de esas funciones donde el torero no podía esconderse detrás de la estética. Aquí todo pasaba por el gobierno de las alturas, las distancias, los tiempos y, sobre todo, por la capacidad de someter animales que pedían mando verdadero.

GARRIDO Y LA REIVINDICACIÓN DEL TEMPLE CON AUTORIDAD

La oreja de José Garrido no nació del tremendismo ni del efectismo superficial. Nació de la comprensión profunda de un toro que necesitaba pulso, suavidad y colocación exacta.

El extremeño entendió desde el primer momento las condiciones del primero bis, un animal de Casa de los Toreros que pedía distancia y naturalidad para romper hacia adelante. Lo verdaderamente importante de la faena no fue el volumen, sino la forma de construirla. Garrido toreó para el toro antes que, para la galería, y eso, en Madrid, tiene un mérito enorme.

Hubo especialmente una lectura muy lúcida del pitón izquierdo. Allí aparecieron los naturales más profundos de la tarde del extremeño, embarcando la embestida desde adelante y rematando detrás de la cadera con un trazo largo y poderoso. El viento molestó cuando la faena pedía mayor rotundidad, pero el torero ya había dejado clara su dimensión técnica.

La gran estocada terminó de inclinar una petición que fue creciendo hasta convertirse en premio. Sin embargo, más importante que la oreja fue el mensaje: Garrido volvió a mostrarse como un torero capaz de sostenerse en Madrid desde el gobierno y la solvencia, no desde el artificio.

Su segundo toro confirmó además la seriedad de la corrida de Montalvo. Un animal con transmisión inicial, pero que terminó rajando complejidad en el último tercio. Allí apareció nuevamente el oficio del extremeño, tirando siempre del engaño por abajo y entendiendo que el toro exigía continuidad para no descomponerse. El final perdió brillo porque el animal se vino abajo físicamente, pero quedó otra vez la sensación de torero firme y asentado.

ISMAEL MARTÍN: LA REVOLUCIÓN DEL RIESGO INTELIGENTE

Lo de Ismael Martín tuvo un peso emocional enorme. Madrid descubrió algo más que un torero espectacular: encontró a un lidiador con cabeza privilegiada y una capacidad de interpretación impropia de su juventud.

Su tarde estuvo atravesada por la épica desde el mismo instante en que el quinto lo prendió violentamente en la puerta de chiqueros. Aquella voltereta brutal pudo haber fracturado la corrida emocionalmente. Pero lejos de disminuir, el salmantino regresó con más determinación y terminó firmando una de las actuaciones más impactantes del ciclo.

El sobrero de Fermín Bohórquez no tenía armonía en las hechuras ni una embestida limpia, pero sí un enorme fondo de importancia. Y ahí apareció la inteligencia de Ismael Martín. Entendió que el toro no admitía ligazón compulsiva ni sometimientos violentos. Había que darle tiempos, oxigenarlo y construir la faena desde el temple y la pausa.

Eso es precisamente lo que convirtió su labor en algo tan valioso. No toreó para acumular pases; toreó para someter una condición complicada sin romper al animal.

El tercio de banderillas fue sencillamente monumental. Madrid se puso en pie porque lo que hizo el salmantino tuvo verdad física, exposición y una concepción clásica del riesgo. Ese tercer par, clavando prácticamente en la cara y saliendo hacia atrás, tuvo dimensión de acontecimiento.

Pero sería injusto reducir su tarde al espectáculo banderillero. La verdadera dimensión apareció con la muleta. Allí se vio un torero templado, sereno y con enorme capacidad de cálculo. Especialmente importante fue cómo administró los terrenos y cómo evitó obligar en exceso a un toro largo que tendía a venirse por dentro cuando se le exigía de más.

El final por bernadinas tuvo dramatismo puro. Aquello dejó de ser una faena para convertirse en una pelea de supervivencia estética entre hombre y toro. Madrid entendió perfectamente el mensaje y la vuelta al ruedo supo más a reconocimiento de figura emergente que a simple compensación.

SAMUEL NAVALÓN Y LA MADUREZ DE QUIEN NO NEGOCIA LA ENTREGA

Si alguien salió fortalecido en términos de proyección artística fue Samuel Navalón. El valenciano mostró en Madrid algo dificilísimo de encontrar en toreros jóvenes: capacidad para crecerse frente a la adversidad.

Su primero tuvo poca transmisión, pero el de Ayora decidió apostar por el temple antes que por el recurso fácil. Toreó con suavidad exquisita, llevando siempre la embestida cosida a la muleta y entendiendo que aquel toro no admitía brusquedades. Fue una faena de enorme responsabilidad técnica, aunque quizás menos comprendida por la falta de emoción del animal.

Pero el sexto cambió completamente el panorama.

Desde la portagayola quedó claro que Navalón quería discutir seriamente la tarde. Y lo hizo desde la verdad absoluta. El toro de Montalvo, bravo y con entrega, tenía sin embargo un punto de rectitud y un embroque comprometido que obligaba a exponerse mucho.

El valenciano respondió con firmeza extraordinaria.

La cornada de la tarde pudo llegar cuando el toro lo prendió por la corva izquierda al natural. Ahí apareció uno de los momentos más importantes de toda la corrida: Navalón decidió no mirarse, permanecer en la cara del toro y seguir toreando con una serenidad impropia de la situación. Madrid percibe esas cosas inmediatamente. Porque ahí desaparece el teatro y aparece el torero de verdad.

La faena creció desde entonces hacia cotas de enorme profundidad. Hubo muletazos muy mandones, tirando del toro por abajo y llevándolo cosido hasta el final. Pero sobre todo hubo una actitud de dominio emocional absoluto. El final en cercanías tuvo vibración auténtica porque el valenciano nunca perdió la colocación ni la verdad.

Los aceros dejaron la sensación de triunfo grande evaporado, pero la plaza ya había tomado nota. Y en Madrid eso vale mucho más que cualquier estadística pasajera.

MONTALVO Y UNA CORRIDA PARA TOREROS

La corrida de Montalvo tuvo el mérito de obligar a pensar. No fue un envío de triunfos fáciles ni de embestidas dulzonas. Hubo animales con movilidad, otros con transmisión y algunos con limitaciones de fuerza, pero casi todos exigieron técnica y colocación.

El sexto destacó por bravura y entrega; el cuarto tuvo emoción en los primeros compases; el segundo y el tercero evidenciaron menor poder; y el primero bis de Casa de los Toreros aportó calidad y profundidad interior. En conjunto, fue una corrida seria, con presencia y con un comportamiento que permitió medir de verdad a los toreros.

Y eso, precisamente, explica la importancia del festejo.

Porque en tiempos donde tantas corridas parecen diseñadas para el lucimiento automático, Madrid vivió una tarde donde cada pase hubo que conquistarlo.

UNA TARDE QUE DEJA MÁS QUE TROFEOS

La vigesimotercera de San Isidro dejó una conclusión poderosa: el relevo generacional no quiere esperar permiso.

José Garrido reafirmó madurez y oficio; Ismael Martín sacudió Madrid desde la autenticidad del valor; y Samuel Navalón mostró una dimensión de entrega y serenidad que apunta hacia cotas mayores.

La oreja fue para Garrido. Pero la verdadera victoria de la tarde fue otra: comprobar que todavía existen toreros capaces de jugarse el prestigio desde la pureza, el temple y la verdad.

Y eso, en la plaza más exigente del mundo, sigue siendo el triunfo más difícil de todos.

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